«La historia es memoria. Perder la historia es perder la memoria»
«La historia es memoria. Perder la historia es perder la memoria»

Escribo, no como observador distante, sino como alguien que vivió en carne propia los días en que El Salvador olía a pólvora y miedo. Barrios incendiados por la violencia, familias huyendo con lo poco que podían cargar. Comprender los hechos y aprender de ellos es la única manera de no repetirlos. Hay causas y causantes.
La estabilidad de un sistema político liberal depende de normas que limiten la coerción. La organización del Estado siempre supone conflictos, y en nuestro país esos conflictos se convirtieron en violencia abierta.
Recuerdo bien: «Las constituciones liberales siempre han tenido grandes dificultades para tratar los conflictos internos y a quienes los provocan». La Fuerza Armada defendió al país de una agresión totalitaria, preservando la institucionalidad aun con sus defectos, pero superior a los regímenes autoritarios que acechaban. HÉROES DE UN DÍA.
En los años 80, El Salvador era un caos. Tropas en las calles, saqueos en San Salvador, barrios incendiados, secuestros y asesinatos de empresarios. Las radios transmitían arengas revolucionarias, muchas financiadas por ONG o bajo amenazas. El conflicto interno era cotidiano: disparos indiscriminados, persecuciones y un mar de víctimas que aún hoy son estadísticas. Yo mismo caminé por el centro de San Salvador cuando las llamas consumían edificios y el olor a pólvora se mezclaba con el miedo. Vi a soldados exhaustos, con la mirada fija en un horizonte que parecía no tener salida.
La primera Junta Revolucionaria de Gobierno se disolvió. Sindicatos, partidos de izquierda, academia y sector privado se retiraron, alegando que sectores conservadores de la FAES preparaban un contragolpe. Mientras tanto, proliferaban grupos revolucionarios: BPR, LP, CRM, FAPU, MPL, MERS, federaciones sindicales y fuerzas clandestinas como PC, FPL, ERP, RN y PRTC. En 1980, con el apadrinamiento de Fidel Castro, se unificaron en el FMLN. FDR, mercaderes de la violencia, ellos dicen; yo pasando iba.
El 10 de enero de 1981, el FMLN lanzó su ofensiva final, buscando una insurrección nacional y la instauración de la dictadura del proletariado. Fue un momento crítico: la posibilidad real de que tomaran el poder. La FAES respondió con lealtad a la patria, defendiendo la democracia imperfecta pero necesaria. Fueron héroes de un día, con la voluntad de reconstruir la nación.
La justicia se convirtió en un vacío durante la campaña militar de 1980-1992. Mi enfoque no es reabrir los hechos, sino analizar cómo hoy se manipulan los procesos judiciales. Es tiempo de introspección. Quienes vivimos los aciagos años 80 y 90 debemos reconocer errores y sanar heridas. De lo contrario, la historia nos condenará a repetir sus tragedias. Yo estuve allí, en trincheras improvisadas, escuchando el silbido de las balas y el rugido de los morteros. Vi caer compañeros que nunca volvieron a casa. Vi madres llorar en silencio, con la esperanza rota. Esa memoria no se borra, y es desde ella que escribo.
El Salvador reconoció la jurisdicción de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos con la reserva de que solo aplicaría a hechos posteriores al 6 de junio de 1995. En 2012, la Corte Interamericana validó esa limitación en el caso Serrano Cruz. Sin embargo, ese mismo año, en el caso El Mozote, se ignoró la reserva y la constitucionalidad, declarando que no era oponible. Lo que nace ilegítimo, nada lo legitimará en el tiempo.
El Estatuto de Roma solo aplica desde 2015. No puede haber retroactividad ni invención de delitos imprescriptibles. Se violenta el principio de preexistencia de la ley. Sin ley no hay pena. Sin embargo, se imputan cargos sin comprobación, muchos ya prescritos.
Los hechos ya fueron juzgados en 1992 por el juez Zamora, con condenas de treinta años, el máximo del Código Penal vigente. En julio de 2026 se reabrió el juicio por la masacre de los jesuitas, señalando autoría intelectual a personas no procesadas en 1992, incluidos el presidente Cristiani y Rodolfo Parker. Se rechazaron recursos de la defensa pese a irregularidades y falta de pruebas. Se aplicó la figura de encubrimiento, que ni siquiera está contemplada en el Estatuto de Roma. Además, se juzga en ausencia, pese a que la reforma que lo permite no es retroactiva.
Existen causas de nulidad: hechos prescritos, inaplicabilidad de tratados, invención de delitos inexistentes. Violación del principio de preexistencia de la ley. La justicia no puede construirse sobre la manipulación.
La historia no debe ser utilizada como arma política. La memoria es necesaria para sanar, no para perpetuar venganzas. La democracia se fortalece con verdad, justicia y transparencia, no con irregularidades judiciales ni narrativas ideologizadas.
Yo escribo desde la trinchera de la memoria, con el peso de lo vivido y la certeza de que el país necesita mirar hacia adelante. Reconocer errores, sí; pero también construir un futuro donde la justicia sea imparcial y la memoria sirva para aprender, no para dividir.
General (r) de la Fuerza Armada de El Salvador.
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