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Cuaresma a las puertas en un país de primer mundo: la compasión activa

La reflexión es inevitable: ¿es posible pasar de una Cuaresma centrada en la tradición a una Cuaresma basada en la acción? ¿Estamos dispuestos a vincular nuestra fe con decisiones concretas, incluso si implican renuncias personales, como destinar recursos propios a causas sociales?

El miércoles 18 de febrero se celebra el Miércoles de Ceniza. Ese día, como es tradición, muchos niños llegan tarde al colegio y el tráfico se intensifica en los alrededores de las parroquias. La razón: salir con la cruz de ceniza en la frente. Y no está mal. El problema surge cuando la cruz se impone por costumbre, sin asumir el sentido de los cuarenta días que siguen, y la Cuaresma termina reducida a una tradición más, diluida entre vacaciones y rutinas. La pregunta de fondo es si la ceniza simboliza un verdadero deseo de cambio o solo el cumplimiento de una práctica social.

El Salvador ha sido, históricamente, un país religioso. Los desayunos de oración, la fe expresada en el transporte público con frases como “Solo Dios sabe si volveré” o imágenes de Cristo, y la amplia participación en actividades litúrgicas son parte del paisaje cotidiano. Durante la Cuaresma circulan mensajes de todo tipo, desde supuestas dispensas atribuidas al Papa Francisco —como la idea errónea de que se puede comer carne sin restricciones— hasta decisiones personales como dejar de usar redes sociales. Son gestos respetables, pero plantean una interrogante: ¿qué sentido tienen si no responden a un propósito profundo? Sin una convicción real, estas acciones pueden convertirse en prácticas superficiales frente a las necesidades urgentes que existen, muchas veces, a pocas cuadras de casa.

En contraste, la experiencia de la Iglesia en Alemania ofrece un enfoque distinto. Desde 1958, la Iglesia católica alemana impulsa una campaña nacional llamada Misereor. El término combina una palabra alemana con una latina y se traduce como una iniciativa de compasión activa. En este país, la Cuaresma no se limita a sacrificios simbólicos ni a prácticas aisladas. Se vive como un compromiso personal y social orientado a la transformación concreta de la realidad.

La campaña inicia el primer domingo de Cuaresma con una misa solemne y se desarrolla durante seis semanas en torno a tres ejes. El primero es la sensibilización, que busca conectar la fe con la justicia social y visibilizar la pobreza y la desigualdad. El segundo es la recaudación organizada de fondos. El tercero es la cooperación internacional.

La colecta principal se realiza el Domingo de Ramos, aunque las donaciones se reciben durante todo el período cuaresmal. Estos aportes financian proyectos de agricultura sostenible, salud, nutrición, educación, derechos humanos, justicia climática y fortalecimiento comunitario, especialmente en países del sur global.

El principio central es claro: la compasión cristiana debe traducirse en acciones estructurales, no limitarse a gestos momentáneos. La Cuaresma, en este contexto, no busca únicamente una vivencia espiritual individual, sino una transformación personal que impacte también a la sociedad.

Mientras tanto, en el contexto latinoamericano, persisten tensiones. Sacerdotes que señalan la pobreza de sus comunidades como obstáculo para planificar proyectos, líderes religiosos que necesitan donantes para iniciativas básicas como el acceso al agua y fieles que, con frecuencia, perciben las campañas como simples solicitudes de dinero.

La reflexión es inevitable: ¿es posible pasar de una Cuaresma centrada en la tradición a una Cuaresma basada en la acción? ¿Estamos dispuestos a vincular nuestra fe con decisiones concretas, incluso si implican renuncias personales, como destinar recursos propios a causas sociales?

La respuesta es individual. Sin embargo, la esencia de la conversión no radica en gestos aislados ni en sacrificios temporales, sino en cambios permanentes. Porque, de lo contrario, la ceniza seguirá siendo solo un símbolo cultural, y no el inicio de una transformación real.

Educadora.

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