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Cuando sufrir no significa ser culpable

Alguien pierde su libertad, recibe una acusación o atraviesa una desgracia, y enseguida aparece una voz dispuesta a explicar lo ocurrido: «Por algo será». Qué facilidad tenemos para encontrar culpables cuando el sufrimiento pertenece a otro

Jaime Ramírez Ortega

Hay dolores que se vuelven dos: el que una persona está viviendo y el que le añadimos cuando la juzgamos sin conocer su historia. Alguien pierde su libertad, recibe una acusación o atraviesa una desgracia, y enseguida aparece una voz dispuesta a explicar lo ocurrido: «Por algo será». Qué facilidad tenemos para encontrar culpables cuando el sufrimiento pertenece a otro. Desde la comodidad de nuestra propia vida, una frase basta para cerrar un asunto que quizá mantiene a una familia entera esperando respuestas.

Como abogado y pastor considero que debemos detenernos ante esa ligereza. El sufrimiento merece ser examinado con seriedad y acompañado con humanidad. Hay personas que enfrentan las consecuencias de sus actos; también las hay que padecen errores, falsas acusaciones, abusos de confianza o circunstancias que jamás provocaron. Una detención no demuestra por sí sola la culpabilidad, del mismo modo que una enfermedad no revela la calidad moral de quien la padece. Para comprender lo que le sucede a alguien necesitamos más que una impresión, un comentario o una fotografía.

El apóstol Pedro escribió a creyentes que conocían el rechazo y la hostilidad por su fidelidad a Jesucristo. Su exhortación comienza así: «Amados, no os sorprendáis del fuego de prueba que os ha sobrevenido, como si alguna cosa extraña os aconteciese» —1 Pedro 4:12—. Aquellos cristianos habían abrazado el evangelio, pero su conversión no había eliminado las dificultades. Seguir al Señor podía traerles desprecio, insultos y sufrimiento. El apóstol Pedro les enseñaba a comprender esa experiencia sin concluir que Dios los había abandonado.

Hay una ternura profunda en la primera palabra: «Amados». Antes de hablar del fuego, el apóstol Pedro les recuerda que son amados. Quien atraviesa una prueba necesita escuchar esa verdad, porque el dolor suele alterar la manera en que se mira a sí mismo. Una persona humillada puede terminar creyendo que carece de valor; alguien rechazado puede sentir que ya no tiene lugar entre los demás. Incluso un creyente puede preguntarse si su angustia significa que el Señor se ha apartado de él. La palabra apostólica devuelve firmeza a una conciencia golpeada: la prueba no ha cancelado el amor de Dios.

Pensemos en quienes padecen una detención injusta. El encierro afecta su libertad, pero también interrumpe el trabajo, las responsabilidades familiares y los proyectos que daban orden a sus días. El tiempo adquiere otro peso cuando se espera una respuesta que no llega. Cada noticia puede despertar esperanza; cada demora puede hundirla. Y mientras la persona intenta sostenerse, afuera su familia debe resolver necesidades que antes compartía con ella. El sufrimiento alcanza al hijo que pregunta, a la esposa que reorganiza la casa, a los padres que buscan información y a quienes hacen cuentas para cubrir los gastos.

A esa carga se añade, muchas veces, el daño sobre el nombre. La sospecha circula con rapidez; las aclaraciones avanzan más despacio. Basta que alguien haya sido señalado para que otros comiencen a tratarlo como si toda su historia estuviera resuelta. Por eso debemos ser cuidadosos con lo que repetimos. Un comentario pronunciado sin pensar puede convertirse en una vergüenza que alcance a sus hijos o en una puerta que se cierre cuando intente recuperar su vida. La prudencia también es una forma de respeto hacia el sufrimiento ajeno.

Existen, además, encierros sin barrotes. Una persona puede caminar libremente y sentirse atrapada por una enfermedad, una pérdida o una humillación persistente. Hay quienes cuidan durante años a un familiar dependiente; quienes enfrentan un duelo mientras deben seguir trabajando; quienes sufren una traición y no encuentran palabras para contarla. No todos los dolores se ven, y no todos los que sufren saben pedir ayuda. Algunas personas continúan cumpliendo sus obligaciones con una entereza que los demás confunden con tranquilidad.

El apóstol Pedro no ofrece una explicación superficial para esas experiencias. Al hablar del «fuego de prueba», reconoce que el padecimiento puede ser intenso. El fuego incomoda, consume fuerzas y expone nuestra fragilidad. En el caso de sus destinatarios, la prueba estaba vinculada con su fidelidad a Cristo. Esa precisión debe conservarse: el pasaje no permite llamar persecución cristiana a cualquier dificultad. Sí nos enseña que una vida fiel a Dios puede atravesar sufrimientos reales y que la presencia del Señor no debe medirse únicamente por la comodidad de nuestras circunstancias.

También debemos cuidar lo que decimos al intentar consolar. Frases como «no llores», «ya supéralo» o «todo pasa por algo» pueden resultar insuficientes ante una herida profunda. Quizá nacen de una buena intención, pero a veces expresan nuestra prisa por dejar de escuchar un dolor que nos incomoda. Quien sufre necesita espacio para hablar, para guardar silencio y para reconocer su agotamiento. La fe no exige fingir serenidad. Nuestro Señor Jesucristo lloró ante la muerte de Lázaro; sus lágrimas nos recuerdan que el amor sabe detenerse frente a la pérdida.

En Jesucristo encontramos, además, a quien conoce el padecimiento injusto. Fue acusado falsamente, humillado y condenado siendo inocente. El apóstol Pedro ya había escrito acerca de él: «Quien cuando le maldecían, no respondía con maldición; cuando padecía, no amenazaba, sino encomendaba la causa al que juzga justamente» —1 Pedro 2:23—. Esta enseñanza ofrece una dirección espiritual a quien ha sido agraviado: puede llevar su causa delante de Dios sin permitir que el deseo de venganza termine dominando su vida. Buscar la verdad y pedir que se corrija una injusticia es compatible con conservar la integridad.

El mismo apóstol Pedro distingue el sufrimiento por Cristo de las consecuencias de hacer el mal. Su advertencia en 1 Pedro 4:15 impide utilizar la religión para encubrir conductas dañinas. Pero esa distinción debe llevarnos a examinar cada situación con mayor cuidado. Acompañar a una persona no exige justificar todo lo que haya hecho, y esperar el esclarecimiento de los hechos no nos impide atender su necesidad. Podemos actuar con prudencia y, al mismo tiempo, preocuparnos por su salud, su familia y su dignidad.

La compasión cristiana tiene que hacerse concreta. Si una familia ha perdido su sustento, necesita algo más que palabras alentadoras. Si alguien atraviesa una enfermedad, quizá necesita compañía, transporte o ayuda para cumplir tareas cotidianas. Si una persona enfrenta una situación injusta, puede requerir orientación profesional y apoyo para que su voz sea escuchada. Orar por ella es valioso; preguntarle qué necesita también lo es. Una iglesia que predica el amor de Jesucristo debe aprender a reconocer las cargas que sus miembros y sus vecinos llevan en silencio.

A veces, después de una primera muestra de solidaridad, todos vuelven a sus ocupaciones y quien sufre permanece en el mismo lugar. La atención disminuye, pero la necesidad continúa. Acompañar exige cierta perseverancia: volver a llamar, recordar una cita, cumplir la ayuda ofrecida, escuchar sin impaciencia una preocupación que ya conocemos. El dolor prolongado puede resultar agotador también para quienes están cerca, pero precisamente entonces una presencia constante adquiere mayor valor. Ser recordado cuando el asunto ha dejado de interesar a los demás puede devolverle ánimo a una persona.

La esperanza cristiana tampoco nos autoriza a prometer soluciones rápidas. Hay injusticias que tardan en esclarecerse y heridas que necesitan tiempo aun después de recuperada la libertad o superada la crisis. Debemos hablar con honestidad. Podemos afirmar la fidelidad de Dios sin anunciar fechas que él no nos ha dado. Podemos animar a alguien a perseverar sin exigirle que deje de sentirse cansado. La confianza en el Señor permite llevarle nuestras preguntas, incluso aquellas para las que todavía no encontramos respuesta.

El apóstol Pedro concluye con una exhortación que merece permanecer en nuestra memoria: «Encomienden sus almas al fiel Creador, y hagan el bien» —1 Pedro 4:19—. Para sus destinatarios, significaba confiar su vida a Dios mientras padecían por su fidelidad a él. En esa unión entre confianza y obediencia encontramos una enseñanza poderosa: aun dentro de circunstancias que no podemos controlar, podemos acudir al Señor y cuidar nuestras decisiones. El sufrimiento puede explicar nuestro enojo; no tiene por qué decidir en qué personas nos convertiremos.

Quisiera que aprendiéramos a acercarnos con mayor respeto a quienes sufren. Que no necesitáramos vivir su misma tragedia para reconocer su peso. Que nuestra primera reacción no fuera buscar una culpa, sino comprender una historia. Y que, cuando estuviera en nuestras manos ayudar, no sustituyéramos esa responsabilidad con una frase religiosa.

A quien ha sido herido injustamente, Jesucristo le ofrece un Salvador que conoce la humillación y escucha su clamor. A quienes podemos acompañarlo, el evangelio nos llama a poner amor donde el sufrimiento ha dejado soledad. Cuando una persona ya está cargando con una injusticia, cuidemos de no convertirnos en otra carga sobre sus hombros. Acerquémonos, escuchemos y ayudemos. Que al encontrarse con nosotros descubra que todavía hay una mano dispuesta a sostenerla y una razón para seguir esperando.

Jaime Ramírez Ortega

Abogado y teólogo

Legales Obituarios Epaper