Todos hemos tenido días en los que sentimos la cabeza “topada”. Nos cuesta concentrarnos, olvidamos cosas simples, leemos un párrafo tres veces y no entendemos nada. Es fácil asustarse y pensar: “¿Será que estoy perdiendo la memoria?” “¿Ya está el alemán en mi cerebro?”. Pero muchas veces lo que se está perdiendo no es la memoria, sino la calidad de atención, y eso está muy ligado al estrés.
Imaginemos que la mente tiene un ancho de banda, como el internet de casa. Si solo hay una persona viendo un video, todo va fluido. Pero si tres están viendo series, dos jugando en línea y alguien más descargando archivos, la conexión se vuelve lenta. Con la memoria pasa algo parecido.
El cerebro necesita recursos para hacer bien su trabajo. Cuando estamos tranquilos, descansados y con pocas cosas a la vez, esos recursos se usan para observar, aprender y recordar. Pero cuando estamos estresados, preocupados por mil asuntos, con prisa, sin dormir bien, la energía mental se va en “apagar incendios internos”. La memoria queda relegada a un segundo plano.
La memoria de trabajo, que es la que sostiene la información a corto plazo, sufre especialmente. Si en esa “pizarra mental” además de las tareas del día tenemos preocupaciones constantes (“¿y si me enfermo?”, “¿y si me despiden?”, “¿y si no me alcanza?”), no queda espacio para lo demás. Por eso nos cuesta recordar una simple lista de compras o una indicación que nos dieron hace un minuto.
El estrés también afecta la calidad del sueño. Y el sueño es fundamental para la memoria. Mientras dormimos, el cerebro reorganiza información, selecciona lo que se queda y lo que se va. Es como si durante el día hubiera tomado apuntes rápidos y por la noche los pasara en limpio. Si dormimos mal, ese proceso se interrumpe. No solo amanecemos cansados, sino también más olvidadizos.
Otra fuente de cansancio para la memoria es la sobrecarga de estímulos. Vivimos rodeados de pantallas, notificaciones, ruidos, mensajes, anuncios. Cada vez que el celular suena, nuestra atención se corta. El cerebro tiene que volver a enfocarse, y eso tiene un costo. A la larga, esa fragmentación de la atención hace que la memoria se debilite.
Importante: sentir olvidos “tontos” en épocas de estrés no significa necesariamente que tengas un problema grave de memoria. Es la forma en que el cerebro te dice: “necesito aire”. El problema es cuando normalizamos ese estado y vivimos así durante años.
¿Qué se puede hacer? Lo primero es bajar la velocidad. Suena imposible, pero pequeños cambios hacen una gran diferencia. Por ejemplo, hacer una cosa a la vez en lugar de tres. Comer sin revisar el teléfono. Cerrar pestañas innecesarias en la computadora. Decir que no a una actividad extra cuando ya estamos saturados.
También ayuda mucho escribir. Cuando tenemos muchas cosas rondando en la cabeza, hacer una lista libera espacio mental. La memoria de trabajo descansa cuando sabe que algo está anotado y no depende solo de recordar.
La respiración consciente es otra herramienta sencilla. Detenerse unos minutos a respirar profundo ayuda a bajar el nivel de tensión corporal y mental. No solucionará todos los problemas, pero le da a la memoria un entorno más amable para funcionar.
Y, por supuesto, hay que revisar cómo estamos durmiendo. Acostarnos todos los días a una hora parecida, evitar pantallas justo antes de dormir, crear un pequeño ritual de cierre del día (leer unas líneas, agradecer algo, estirarse). Todo eso favorece el descanso y, por ende, la memoria.
La idea no es vivir obsesionados con recordar todo, sino crear condiciones para que el cerebro haga su trabajo sin estar siempre al límite. La memoria es fuerte, pero también necesita cuidado. Igual que el corazón o los pulmones, forma parte de nuestro cuerpo y responde al estilo de vida que llevamos.
Si notas que estás más olvidadizo en épocas de estrés, no te castigues. En lugar de decir “qué bruto soy”, pregúntate: “¿qué puedo hacer hoy para darle un respiro a mi mente?”. Tal vez sea una siesta, una caminata corta, apagar notificaciones o escribir lo importante. Cuidar tu memoria es también un acto de cariño contigo mismo. ¡Hasta la próxima!
Médica, Nutrióloga y Abogada
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