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Cruzadas imposibles

No se trata solo de una discusión doméstica. Es el choque entre dos posturas profundamente distintas ante la vida en comunidad. Kathy representa la ética de la responsabilidad social, la iniciativa y el cuidado comunitario. Amadeo, en cambio, encarna la autoprotección, la evitación del conflicto y la adaptación resignada al entorno.

El olor acre y punzante de la gasolina —mezcla de metal caliente, aceite y vapor proveniente de la excesiva cantidad de vehículos en circulación— hacía desagradable la respiración. La calle estaba igual que siempre: una mezcla de polvo, bolsas arrastradas por el viento y ese silencio resignado de las colonias donde nadie espera demasiado.

Kathy descendió del vehículo. Persiguió varias bolsas abiertas que saltaban por la acera frente a su casa al ritmo de la brisa. Miró hacia el portón del pasaje. Había más bolsas moviéndose sobre el asfalto y los arriates, restos desparramados como si la calle fuera una extensión natural de un basurero.

—Voy a hablar con los vecinos —dijo, sin volverse—. Hay que pedirles que no tiren basura en la calle.

Su esposo, Amadeo, no levantó la mirada de la cerradura que intentaba abrir. Sus dedos giraban la llave de forma mecánica, indiferente.

—¿Y cuándo te vas a cansar de tus cruzadas imposibles? —soltó, casi sin emoción, como quien repite una frase gastada.

Ella se acercó lentamente. Del antebrazo le colgaba la cartera; en las manos llevaba las bolsas abiertas que había recogido.

—No es una cruzada —respondió—. Es sentido común.

Él recorrió el pequeño pasillo que conducía a la puerta interior de madera y la abrió.

—¡Sentido común! —repitió, elevando la voz—. Ya estoy harto de tus cruzadas. Lo único que vas a lograr es que nos ganemos enemigos. Aquí la gente no quiere que nadie le diga qué hacer.

Ella lo miró en silencio. No era la primera vez. Conocía exactamente ese tono, esa mezcla de fastidio y miedo disfrazado de desprecio.

—¿Entonces qué? —preguntó—. ¿Nos quedamos viendo cómo se arruina nuestro pasaje?

Él se encogió de hombros.

—Así es la gente. ¿Qué nos importa?

Entraron a la casa.

Pasaron los meses. La lluvia trajo los zancudos y, con ellos, un zumbido persistente que se colaba por las noches como una amenaza invisible.

Ella tenía una lista en la mano.

—Me ofrecieron una fumigación para el vecindario —dijo—. Voy a avisarles a los vecinos. Hay muchos niños… podrían enfermarse.

El esposo soltó una carcajada breve, amarga.

—¡Otra vez vos! —dijo, levantándose de la silla—. ¡Tus cruzadas quijotescas!

Ella no respondió de inmediato. Lo observó caminar de un lado a otro, como si la idea misma lo irritara físicamente.

—¿Qué te importa si los pican los zancudos? —continuó él—. ¡No es asunto tuyo!

Ella apretó la lista entre los dedos.

—Claro que es asunto mío —dijo en voz baja—. Vivo aquí.

—Vivimos aquí —corrigió él—. Y yo no quiero problemas.

Esa frase quedó flotando en el aire, pesada, como algo que ya se había dicho demasiadas veces.

No quiero problemas. No quiero problemas. No quiero problemas.

Ella sintió algo frío, no en el cuerpo, sino en un lugar más profundo, más difícil de nombrar.

Las plantas de los arriates se secaban. Entre las funciones del portero del pasaje estaba regarlas. Esa mañana, ella salió a recordarle que tenía que hacerlo.

Kathy regresaba de la calle cuando se encontró con Amadeo.

—¿Qué le dijiste al portero?

—Que regara. A veces se le olvida.

—¿Y a vos qué te importa eso ahora? —dijo Amadeo, cruzándose de brazos—. Esa es función de la directiva del pasaje. No es tu trabajo.

—Pero es que la directiva no le dice nada. ¡Tú eres parte de la directiva y no revisas si riega o no!

—¿Y entonces, si es mi función? —alzando la voz—. ¿Por qué te metes?

Ella se detuvo por primera vez. Se enderezó despacio y lo miró fijamente.

—Porque alguien tiene que hacerlo.

Él negó con la cabeza, exasperado.

—No entendés nada —dijo—. Lo único que vas a lograr es que los vecinos se enojen con nosotros. Que digan que andás de mandona, de metida. Como siempre.

Hubo un silencio. La brisa movió apenas el polvo.

—¡Tus cruzadas imposibles! —remató él—. ¡Por eso le caés mal a la gente!

Y esa vez, sí: algo se quebró. No fue un estallido. No fue un grito. Fue algo más sutil. Más definitivo.

Ella lo miró con una calma nueva, desconocida incluso para ella misma.

—No —dijo.

Él frunció el ceño.

—¿No qué?

—No le caigo mal a la gente por eso —respondió, y luego suspiró—. Le caigo mal a la gente que prefiere que nada cambie.

Amadeo abrió la boca, pero no dijo nada. Kathy continuó:

—Y vos… —hizo una pausa, no por duda, sino por precisión— vos le tenés miedo a eso.

¿Qué está pasando realmente en esta conversación?

No se trata solo de una discusión doméstica. Es el choque entre dos posturas profundamente distintas ante la vida en comunidad. Kathy representa la ética de la responsabilidad social, la iniciativa y el cuidado comunitario. Amadeo, en cambio, encarna la autoprotección, la evitación del conflicto y la adaptación resignada al entorno.

No hay locura en ninguno de los dos. Lo que hay son dos estrategias humanas diferentes.

Y aquí viene lo importante: en el contexto centroamericano, Amadeo no está reaccionando en el vacío. En muchos ámbitos de Centroamérica, la gente evita “meterse” en asuntos comunitarios. Existe desconfianza: “¿y esta quién se cree?”. Hay miedo a represalias sociales, a veces muy reales. La norma implícita parece ser: no sobresalgas.

Amadeo opera desde una lógica muy extendida: el que se mete, pierde.

Entonces, surge la pregunta inevitable: ¿quién tiene la razón?

Siendo honestos, ética y socialmente la postura de la esposa es superior. Pero, en términos pragmáticos, el esposo no está del todo equivocado.

Y ahí está el drama.

Desde la filosofía, Kathy se alinea con Aristóteles y su idea de virtud cívica: el buen ciudadano actúa en favor del bien común. También se acerca a Kant, para quien el deber moral consiste en hacer lo correcto aunque no resulte conveniente. Y puede leerse, además, desde teorías contemporáneas de la responsabilidad social y la ética del cuidado. Su postura es, en esencia, moralmente elevada.

Amadeo, por su parte, se aproxima más a Thomas Hobbes y a la idea de que el ser humano evita el conflicto para sobrevivir. También puede relacionarse con una forma de pragmatismo cínico: no intentes cambiar lo que no puedes controlar. No es una postura noble, pero sí funcional en entornos hostiles.

Desde las neurociencias, el contraste también es revelador. En Kathy parece predominar una valoración del bien colectivo, incluso cuando este implica esfuerzo, exposición o riesgo. En Amadeo, en cambio, domina la percepción de amenaza: su cerebro parece decirle que toda intervención social puede traer problemas y que, por tanto, lo mejor es no actuar. No se trata necesariamente de falta de ética, sino de percepción de riesgo social.

La sociología probablemente ofrece la clave más profunda. Kathy representa el capital social activo, la ciudadanía participativa y el impulso transformador. Amadeo representa la cultura de la baja confianza, la adaptación a instituciones débiles y la supervivencia social silenciosa.

En sociedades donde el Estado falla, las personas como Kathy son necesarias. Pero, paradójicamente, también son las que con más frecuencia pagan un costo emocional y social.

Entonces, ¿cuál postura es la correcta?

Depende de la sociedad que queramos construir.

Si queremos progreso, necesitamos personas como Kathy. Si queremos evitar problemas personales inmediatos, la lógica de Amadeo parece más rentable.

Pero las sociedades no cambian con personas como Amadeo. Cambian con personas como Kathy.

Y, sin embargo, esas personas suelen cargar con un precio alto: incomprensión, desgaste, aislamiento, burla y hasta rechazo. Tal vez por eso las cruzadas imposibles son tan valiosas. Porque casi siempre empiezan con una sola persona que se atreve a hacer lo que los demás consideran inútil.

Hasta la próxima.

Médico, Nutrióloga y Abogada

mirellawollants2014@gmail.com

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