Para ser sincero, a la hora de escoger el tema de la columna, dudé. Concretamente me preguntaba ¿valdrá la pena hablar de un fenómeno cultural instalado en TikTok, Instagram y YouTube? ¿No será darle importancia a una moda pasajera que tiene toda la pinta de que pasará sin pena ni gloria? Sin embargo, aquí estamos. Y sí. Hablaremos del fenómeno therian: esa forma de auto percibirse/identificarse, de algunas personas como/con animales no humanos.
El fenómeno therian, como tal, no es nuevo. Allí están los nahuales que culturalmente nos pertenecen más, pues arraigan en el pasado indígena de nuestras tierras. Amén de mitos, folklore y creencias bastante antiguas en distintas partes del mundo.
Lo importante no es la novedad, entonces, sino la nueva faceta que el fenómeno presenta: más que la identificación física (uno de los principales errores de los que se asoman al tema) es la vivencia subjetiva, la experiencia interior de identificación con un animal no humano. Una especie de identidad espiritual.
Y aquí, la cosa sí se complica, pues no les basta a los therian auto percibirse subjetivamente como animales sino que pretenden que la cultura, la sociedad (y esperemos que no apelen a cambios en las leyes) se pliegue a sus excentricidades. Si no todos, algunos sí que intentan hacerlo.
No es una moda sin más, son los lodos de los polvos que en su momento renegaron de todo lo objetivo, de la ciencia, de la biología, de la genética. En una palabra, del sentido común.
En una sociedad que piensa que todo lo objetivo es, sin más, cultural, que los roles sociales (empezando por los más fundamentales como el de hombre o mujer) simplemente son construidos y transmitidos culturalmente, no hay que extrañarse de que cualquiera que se auto perciba/identifique como animal esté firmemente convencido no solo de que es un problema de disforia de especie, sino que está en el derecho de que se le reconozca como -y nunca mejor dicho- a él, o a ella, le dé la gana.
El término therian se refiere a la capacidad espiritual (para contraponerla a la biológica, que como se vea terminaría siendo material) de vivir espiritualmente como animal no humano. Una transformación que sucede cuando se experimenta una conexión interior (¡¿?!) con un animal concreto. Y aquí entramos a un detalle muy importante: la asunción por parte de muchas personas de la “personalidad” de los animales, como si estos contaran con una rica subjetividad interior con la que -de eso sí que no dudo- la amplia subjetividad humana puede entrar en comunión.
Quienes participan del fenómeno saben perfectamente que su cuerpo es humano, pero pueden “sentir” que su alma, su espíritu, su conexión con la energía… yo no sé qué exactamente, corresponde y se comunica con un animal específicamente determinado. O “en el peor de los casos” que mantienen una afinidad profunda con una u otra especie.
Una analogía o vínculo que les lleva a imitar conductas propias del animal con el que tienen conexión espiritual: sonidos, modos de desplazarse (abundan los videos en YouTube de personas a cuatro patas en áreas recreativas jugando “a ser perro”); así como el uso de máscaras, colas, orejas -todo postizo- que más que disfraces son elementos de identificación con el animal interior de cada uno.
El boom del therianismo (permítaseme el término) llegó, cómo no, con las redes sociales. Pues ningún therian que se respete deja de publicar sus videos y recibir likes, comentarios y reenvíos… temas que los llenan (en su faceta humana, claro está) de verdadera satisfacción.
Se podría profundizar y hablar sobre axiología, pertenencia, identidad, espíritu gregario de los adolescentes… Pero no. Pues, espero sinceramente, que sea una moda pasajera, y no un síntoma más de la superficialidad y frivolidad instalada hoy día en lo que podría llamarse la generación de las redes sociales.
Ingeniero/@carlosmayorare