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Busca un sponsor, no un mentor

Cuando el protegido crece, el sponsor también crece. Por eso, el sponsorship funciona cuando ambas partes cumplen su rol

De septiembre a octubre tomé una clase llamada «Servir al bien común»: equilibrio entre carrera y vida personal. Cada sesión nos daba herramientas para analizar qué queremos hacer en el ámbito laboral, el lugar que ocupa el trabajo en nuestra vida, imaginar tres posibles trayectorias profesionales y reflexionar sobre cómo lograr un equilibrio entre lo personal y lo profesional.

Antes de cada clase debíamos leer varios artículos. Hubo uno que me marcó especialmente: «Encuentra un sponsor en vez de un mentor», basado en el libro de Sylvia Ann Hewlett. Tradicionalmente, se nos ha dicho que busquemos mentores. Un mentor es alguien que te da consejos, te orienta en tu próxima aventura profesional y a quien puedes preguntar si una oferta de trabajo es conveniente o no. En mi vida he tenido varios mentores, y con todos estoy sumamente agradecida. Sin embargo, como explica Hewlett, un mentor aconseja, pero un sponsor actúa.

Un sponsor no solo está disponible para revisar tu aplicación o escribirte una carta de recomendación para la universidad o un nuevo empleo. Un sponsor va más allá: te impulsa, habla de ti cuando no estás presente, escribe a sus contactos, comparte tu currículo, te recomienda para proyectos y te abre puertas reales. Utiliza sus conectes, su credibilidad y su poder para ayudarte a avanzar. Y eso hace la diferencia.

La investigación del Center for Talent Innovation demuestra que las personas con sponsors acceden con mayor frecuencia a aumentos salariales, proyectos de alto impacto y promociones. Este efecto sponsor es especialmente significativo para mujeres y jóvenes, quienes, muchas veces, necesitan no solo orientación, sino visibilidad y respaldo.

Por eso, en nuestra vida profesional, no basta con tener mentores: necesitamos sponsors.

Y aquí va un llamado. Si estás leyendo esta columna y ocupas una buena posición, y debajo de ti hay jóvenes que trabajan con ganas, que son capaces y que te buscan para pedirte consejos, conviértete en su sponsor. No te quedes solo en orientar, ayúdales a ir aún más lejos, preséntalos, recomiéndalos, hazlos visibles.

Yo tuve la suerte de encontrar a mi sponsor en la universidad, en Estados Unidos. A cada estudiante se le asigna un asesor académico, cuya función suele limitarse a orientar sobre qué clases tomar y cómo navegar la vida académica. Pero la mía fue más allá: me propuso ser su asistente de investigación cuando yo estaba buscando una pasantía y la que había encontrado no se alineaba con lo que quería hacer después de graduarme. Luego, al terminar mis estudios, cuando sabía que quería trabajar en una organización internacional, no dudó en presentarme a sus contactos, compartir mi hoja de vida y recomendarme personalmente. Incluso, en un contexto económico complicado en Estados Unidos, con muchos recién graduados desempleados, me ofreció una oportunidad para seguir aprendiendo a su lado. Si supieran cuánto estoy aprendiendo.

Sin embargo, es importante entender que tener un sponsor no es un acto pasivo ni un favor gratuito. Ser «protegido», como la autora del libro lo llama, también tiene responsabilidades. Debes entregar un desempeño consistente y de calidad, mostrar lealtad tanto al sponsor como a la organización, y aportar algo que fortalezca la reputación de quien apuesta por ti. Puede ser habilidades digitales en entornos tradicionales o competencias lingüísticas en contextos internacionales. Cuando el protegido crece, el sponsor también crece. Por eso, el sponsorship funciona cuando ambas partes cumplen su rol y entienden que el éxito profesional nunca es un esfuerzo en solitario.

Deseo que todos tengamos, al menos, un sponsor en nuestra vida. Porque si bien todos tenemos alas, ellos nos ayudan a volar más alto.

María Renée Palomo
Graduada de la maestría en Políticas de Educación de Harvard

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