«Los caminos de Dios son misteriosos», decían nuestros padres y abuelos y en el presente lo reafirmarían al ver a una estrella de la música reguetonera y urbana, vitoreada por millones y rechazada por otros tantos pero ahora empatizando con todos, dando una lección de diversidad y unidad continental americana e inclusividad al prender la edición 60 del Super Bowl del liga de fútbol americano (NFL).
Los 13 minutos de Bad Bunny, primer artista principalmente en español en el mayor escenario global, se resumieron en el «Together We Are America (Juntos somos América)» con las banderas de los países de América e irrumpieron de inmediato en la lista de los más icónicos del Supertazón, junto a superestrellas como Michael Jackson, Prince o Madonna.
Mientras los 75,000 espectadores que pagaron miles de dólares por una localidad en Santa Clara, California, bailaban al son del latino, lejos del Levi’s Stadium más de 100 millones de personas siguieron por las pantallas esta final.
La crítica y los periodistas consideraron que el espectáculo fue una orgullosa celebración de la música y la cultura latina en un momento en que esta población se siente amenazada por la cruzada antiinmigratoria del presidente de Estados Unidos, Donald Trump, quien no tardó en arremeter contra el concierto en redes sociales considerándolo «una afrenta a la grandeza de Estados Unidos».
Bad Bunny, Benito Antonio Martínez Ocasio, no apuntó esta vez directamente contra el ICE, la policía migratoria que dirige brutales cacerías de migrantes en Estados Unidos, pero le propinó un severo desplante y reprobación y logró que el duelo entre los Seattle Seahawks y los New England Patriots quedara eclipsado.
El que no lo haya hecho directamente en esta ocasión no significó que no arremetiera la semana pasada contra la policía migratoria en su discurso de agradecimiento en la ceremonia de los Grammy.
Ciertamente, la música y el mismo Bad Bunny, que ha conquistado el mundo manteniéndose fiel a sus raíces y a su idioma, no son del agrado de medio público quizá, pero el concierto junto a otras estrellas como Ricky Martin y Lady Gaga se robó la admiración y el orgullo incluso de sus detractores.
Un catalizador de indignación y rabia contra los abusos
El espactáculo de Bad Bunny quizá ha sido catalizador de la indignación y el repudio de propios y extraños que ha generado la campaña antiinmigratoria, que ha llevado a la agresión y captura de miles de migrantes y hasta la muerte de dos ciudadanos estadounidenses con lujo de barbarie en Minesota.
Contrario a lo que se había prometido, la operación no ha sido para detener y expulsar criminales, sino que la mayoría han sido trabajadores hispanos sometidos con sus familias a dramáticas detenciones, procesos y expulsiones, lo cual no ha dejado de tener efecto en la caída del trumpismo en las encuestas con más del 60 por ciento de desaprobación.
Se dice que la población votó por la expulsión de torvos e irredentos criminales, no de gente de bien, que ha llegado a contribuir al mayor progreso de ese país y su bandera y no le importa desempeñar los trabajos más inferiores para lograrlo en bien de todos y de sus familias en Estados Unidos y en sus países de origen.
Ciertamente, el drama de la migración desbordada es grave tanto en Estados Unidos como en Europa, donde llegan barcazas cargadas de africanos en busca de un mejor futuro, si antes no naufragan en el océano, como suele suceder.
La inmigración en el presente es un tema que merece atención de todas las naciones, porque nadie abandona su tierra por capricho, sino porque no hay oportunidades de crecer y superarse, como probablemente fue el caso de los 16,000 salvadoreños que llegaron deportados el año anterior y muchos que podrán estar saliendo todavía ahora aunque desafíen el desierto y la campaña migratoria.
El reto de las naciones es tratar el tema con interés, seriedad, humanidad y deseo de buscar el bien común, «ganar-ganar» TODOS.