Fue 1979 el año cuando tanto los ayatolas fanáticos como Ortega y su grupo sentaron sus reales en los respectivos gobiernos y desataron el infierno en Centroamérica y Medio Oriente.
Fue 1979 el año cuando tanto los ayatolas fanáticos como Ortega y su grupo sentaron sus reales en los respectivos gobiernos y desataron el infierno en Centroamérica y Medio Oriente.
Con todas las loas, la solemnidad y pompa «revolucionarias», etc., etc. etc. como decía el Rey de Siam, salpicadas con la sangre de sus pueblos, los eximios jefes de los régimenes nicaragüense e iraní se enviaron mutuas felicitaciones por el aniversario de la llegada de ambos al poder.
Fue 1979 el año cuando tanto los ayatolas fanáticos como Ortega y su grupo sentaron sus reales en los respectivos gobiernos y desataron el infierno en Centroamérica y Medio Oriente.
Los ayatolas y sus seguidores botaron el 11 de febrero de 1979 la monarquía de Sha Reza Pahlevi, que había gobernado por décadas y mantenía el orden y el desarrollo en Irán. El dirigente de esa «revolución» fue el ayatolá Ruholá Jomeini, que estaba refugiado en Francia e incitaba desde allá a los «estudiantes» iraníes a rebelarse hasta que tomaron el poder e impusieron la ley islámica.
La inacción de Estados Unidos le costó ser la primera víctima del nuevo régimen demencial, ya que los llamados «estudiantes» formaron una guardia revolucionaria que se tomó la embajada de EE.UU. en Teherán con todo su personal y lo mantuvo de rehén más de un año. Ese fue el primer gran «logro» de la naciente teocracia, que en seguida comenzó a alentar grupos radicales que perpetraron una serie de atentados, como el que le costó la vida a centenares de soldados de Estados Unidos y Reino Unido al estallar una potente bomba en el cuartel de la ONU en Beirut, Líbano, en 1983.
La mano de los iraníes en el terrorismo ha sido involucrada incluso en Argentina, donde se le vincula a la voladura del edificio de la mutual israelita (AMIA) de Buenos Aires en 1994, que le costó la vida a 85 personas, un crimen por el cual aún se pide justicia y castigar a los hechores. En enero de 2022, el régimen iraní tuvo la desfachatez de enviar a la ceremonia de la última investidura de Ortega a Mohsen Rezai, uno de los imputados por la Justicia argentina por el atentado.
El advenimiento de los ayatolas al poder en Irán no significó una liberación, como prometían, sino un sometimiento ciego a la ley islámica en menoscabo, sobre todo, de los derechos de la mujer, que puede ser castigada hasta con la muerte por no llevar tapada la cabeza. Casi como en Afganistán, Irán fue llevado al Medioevo, salvo para fabricar armamento y buscar fuentes nucleares, jurando acabar con el Estado de Israel y Estados Unidos.
La demencia de los ayatolas llevó a Jomeini al extremo de sentirse omnímodo y condenar a muerte, donde estuviere y en el tiempo que fue, al escritor británico-estadounidense Salman Rusdhie por haber lanzado su obra «Versos satánicos». Rushdie ya escapó con vida de un ataque que le costó la pérdida de un ojo.
«Locura revolucionaria» fanática
La «locura» revolucionaria iraní ha llevado a someter a sangre y fuego cualquier brote de liberación del pueblo, como ocurrió recientemente, cuando estalló una serie de protestas en todo el país y fueron sofocadas con un saldo de más de cinco mil muertos, según organizaciones internacionales de derechos humanos.
En Nicaragua no fue menos el infierno, pues al llegar Ortega al poder junto a notables de la sociedad el 19 de julio de 1979, los fue marginando hasta quedarse sólo con su grupo de guerrilleros y algunos intelectuales que entre todos se repartieron los bienes del anterior gobierno somocista, establecieron el marxismo y llevaron al país a la quiebra y se desató otra guerra de guerrillas (la Contra).
Era previsible que los «sandinistas» no querían el bien de Nicaragua, sino poner a ese país en la órbita soviética y enfrentarlo con Estados Unidos. Y así fue. Nicaragua comenzó a carecer de todo con su economía socialista, la moneda nacional, el córdoba, se devaluaba por millones y la gente hambreaba cada vez más, pues la ideología no los saciaba.
En ambos casos, la comunidad internacional pecó de ingenua al empatizar y dejar a sus anchas ambos movimientos que terminaron como lobos vestidos de ovejas.
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