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Aspiremos a un 2026 lleno de esperanza

Que este 2026 sea un año donde la empatía prevalezca en una sociedad tan dividida

Recién comienza un nuevo año, y con él vienen acompañadas esperanzas y sueños, pero también incertidumbre, desolación, desesperanza y preocupación. Sin embargo, estos últimos años, al menos yo, aprendí que la vida se vive un día a la vez.

Al escribir esta columna recuerdo cuando me preparé para un 2020 lleno de aspiraciones, y vivimos sin duda el año más difícil para muchos: no solo a nivel personal o nacional, sino como humanidad entera, con la pandemia de la covid-19. Aún hoy escucho decir: «¿Eso fue antes de la pandemia?». Tal o cual suceso creo que, para muchos, ya es historia.

Cada persona o familia nos trazamos metas: algunas son totalmente de índole personal, otras son esperanzas de un país que carga sobre sus hombros muchas transformaciones. Estas siempre generan esperanza o incertidumbre. Seamos positivos y pensemos en lo primero, a pesar del altivo nombre que tiene nuestra patria: El Salvador.

Hay fenómenos que no podemos dejar de lado y en los que debemos enfocarnos, al menos en lo que yo llamo las «variables controlables», un término muy del mundo de la investigación. Enumero aquí las vulnerabilidades que cualquier sociedad vive y que, en el caso del año pasado, dejaron al descubierto lo frágiles que somos como sociedad. Aún parece que el término «sociedad» nos queda grande, dada nuestra destartalada manera de vivir, donde prima el bienestar personal antes que el bienestar colectivo.

Es aquí donde debemos aspirar a que los feminicidios sean cosa del pasado, que las mujeres sean respetadas y que este 2026 el feminicidio no se vuelva una fría estadística.

El año pasado, el suicidio en jóvenes nos arrebató lo mejor que una sociedad tiene: su futuro. Serán ellos quienes continúen nuestros pasos, quienes tomen la estafeta de la vida. No podemos permitir que en redes sociales niños menores de quince años vean el suicidio como una solución a «sus problemas».

Aquí juegan un papel de gran trascendencia las redes sociales. Era muy raro que un niño o adolescente decidiera quitarse la vida antes de ellas. Es aquí donde entra la responsabilidad familiar: vigilar lo que un niño o adolescente consume en redes sociales. Como responsables, tenemos una obligación que cumplir: guiar a estas nuevas generaciones. Un llamado de atención a tiempo es necesario. No son los docentes los responsables del ejemplo que se debe dar; somos los padres quienes debemos asumir esa tarea.

Que este 2026 sea un año donde la empatía prevalezca en una sociedad tan dividida. Lamentablemente, la falta de empatía se vive incluso en el tráfico invivible que debemos soportar. Seamos empáticos con quien se quedó sin empleo, ayudando, si está en nuestras posibilidades, con una canasta básica: frijoles, arroz, masa para tortillas, aceite, leche en polvo, cartón de huevos, una bolsa de dulces, un paquete de galletas, algunas latas de atún, bolsas de pasta o salsa de tomate. No todo se puede, pero algo sí, de vez en cuando.

Nadie intenta ponerse en los zapatos del otro. Admiro, respeto y pido a Dios por más hombres y mujeres que tienen la capacidad de generar empleo, desde el empresario más pequeño hasta el más grande y fuerte de este país.

Ante todo, no perdamos la esperanza. Ayudemos a la salud mental del salvadoreño. Que cada día no sea el peor, sino simplemente un día más, vivido paso a paso.

Que este 2026 sea un año de oportunidades para todos; que no vivamos de ilusiones ni de alegrías falsas y efímeras, sino que en cada hogar salvadoreño haya dignidad, comida en la mesa y voluntad de trabajar para mejorar la situación de pobreza que siempre ha golpeado a los más vulnerables.

Que en 2026 se fortalezca el sistema de salud, el sistema educativo y el sistema de transporte; que todo salvadoreño tenga una oportunidad y un espacio para superarse y desarrollarse. Que disminuyan los accidentes de tránsito, y que las enfermedades como el cáncer, la insuficiencia renal y tantas otras que cambian la vida al ser diagnosticadas, sean menos frecuentes y menos dolorosas de enfrentar.

Quizá suene a utopía, pero que la felicidad se pueda respirar en cualquier rincón de nuestra patria, que la fraternidad y la solidaridad sean más visibles, como siempre ha caracterizado al salvadoreño.

Que toda esperanza y todo anhelo se resuman en que el 2026 nos traiga fe, caridad y esperanza. Que todo sea para bien, donde sea y como sea. Que cada familia con problemas encuentre luz y solución, y que quienes tienen el privilegio de una vida más ligera transmitan esa esperanza a los demás.

Que quienes no tienen empleo encuentren pronto un camino. No llamemos «emprendedores» solo por moda a quienes luchan por sacar adelante a su familia: los emprendedores siempre han existido.

Que la resiliencia no sea solo una palabra de moda (que, en lo personal, no me agrada ni uso), sino que la empatía, la fe y la esperanza sean los verbos a conjugar durante todo este año.

No pidamos un año fácil, pero sí un año que nos permita encontrar tranquilidad, tener salud y ser solidarios con el prójimo.

Que esta columna no sea romántica ni utópica, sino una primera reflexión para que cada uno de nosotros pueda ser un mejor ser humano.

Por un 2026 más esperanzador…

¡Que Dios bendiga a todos los salvadoreños!

Médico

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