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Andamios y espejismos

El temor de muchos profesores de llegar a ser sustituidos por la IA en el proceso de enseñanza, queda cada vez más infundado.

Llevamos ya unos cuantos años con plataformas de IA generativa a disposición de cualquier persona. Por supuesto, los alumnos han sido pioneros y usuarios regulares en su manejo para “resolver” problemas académicos como investigaciones, redactar ensayos, obtener resúmenes de libros, hacer presentaciones, etc.; y también, como no, los profesores.

Es cierto que su uso no se circunscribe al ámbito académico, faltaría más, pero en esta nota me gustaría reflexionar acerca de sus aplicaciones en la educación formal.

Partamos de una realidad: la IA generativa no solo ha llegado para quedarse, sino que su avance es constante. Si se hiciera una encuesta nos daríamos cuenta de que un alto porcentaje de alumnos y profesores, la utilizan. Por lo que la discusión acerca de su uso en el ámbito académico queda fuera de cuestionamiento, los hechos están allí. A día de hoy, más bien, lo que la gente se está preguntando es el mejor modo de aprender utilizando la IA generativa y haciendo todo lo posible para que no sustituya los conocimientos y habilidades clásicas que se adquieren a través de la docencia, el estudio y de la investigación.

Algunos apuntan a que la IA generativa es una herramienta valiosísima para un logro que ha sido el sueño de muchos educadores: conseguir una manera de apenseñar de manera personalizada, adaptando contenidos y habilidades, competencias y destrezas, actitudes y aptitudes, a las condiciones particulares, las inclinaciones y las características de cada estudiante.

Por medio de este instrumento un profesor está cada vez más cerca de identificar lagunas y deficiencias en sus estudiantes, y potenciar cualidades, de modo que la IA pueda convertirse en una especie de tutor personalizado que ayude a subsanar deficiencias cognitivas o de personalidad. Un asunto prácticamente imposible (por simple falta de tiempo) hace solo unos pocos años.

Además, la IA se está convirtiendo en un medio valiosísimo para diseñar itinerarios académicos, programas y contenidos, más adaptados a las cualidades no solo de un grupo de estudiantes, sino de cada uno de ellos en particular.

Respecto de esto se consigna en un artículo más bien técnico acerca de IA y pedagogía, que la tarea de los educadores hoy día se identificaría con crear una especie de “andamiaje” pedagógico, constituido por contexto, terminología, incentivos y, sobre todo, habilidades cognitivas superiores, para que el estudiante aprenda.

Llevando el rol clásico del maestro como facilitador del aprendizaje a niveles que antes solo se soñaban imposibles de alcanzar por falta de tiempo y de capacidad de los estudiantes y tecnología… brechas que ahora, con la IA generativa, poco a poco se van cerrando.

Vistas así las cosas, el temor de muchos profesores de llegar a ser sustituidos por la IA en el proceso de enseñanza, queda cada vez más infundado.

Sin embargo… no todas son buenas noticias porque siempre, cuando aparece la IA, se asoma lo que alguien ha llamado el fantasma de la pereza metacognitiva.

Es decir, que el estudiante se podría conformar con responder lo que se le pregunta (lo que creen que espera el profesor), que redacte lo que se le ha solicitado, diseñe lo que entiende que debe diseñar (todo bajo la tremenda eficacia de la IA en esos campos); y después se quede como tabula rasa en lo que se refiere a todas las habilidades metacognitivas que un buen aprendizaje fomenta en quien estudia con esfuerzo y es adecuadamente dirigido por un buen maestro.

Una pereza metacognitiva, también llamada espejismo de conocimiento, que se da cuando el alumno, IA mediante, obtiene buenos resultados académicos sin que en realidad haya un incremento ni de sus conocimientos, ni de sus capacidades, ni de la formación de hábitos consistentes…

La buena noticia es que no han faltado quienes ya han identificado el problema. La mala, podría ser, que no se haga nada al respecto.

Ingeniero/@carlosmayorare

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