Agradecer no cuesta nada. Cuando se hace con sinceridad, mejora la convivencia, disminuye la agresividad y fortalece las relaciones.
Agradecer no cuesta nada. Cuando se hace con sinceridad, mejora la convivencia, disminuye la agresividad y fortalece las relaciones.
No podemos seguir viviendo como si el desagradecimiento no tuviera consecuencias. Las tiene, y son evidentes: relaciones más tensas y una agresividad cotidiana que termina afectándonos a todos. La falta de gratitud deteriora el clima social, empobrece la convivencia y, quizás, explica parte de la violencia que se vive a diario, especialmente en el tráfico.
Todo va demasiado rápido. Se vive con prisa, muchas veces con prisas innecesarias. Se responde con enojo y se discute para tener razón, no para llegar a acuerdos.
La psicología explica que el estrés permanente y la exigencia continua llevan a percibir la ayuda ajena como una obligación y no como un gesto voluntario. La sociología advierte que, en sociedades cada vez más individualistas, se debilitan los hábitos de convivencia y se prioriza el “yo” sobre el “nosotros”.
La neurociencia confirma, además, que un cerebro sometido a la prisa constante reduce su capacidad de empatía. Cuando domina la urgencia, se pierde la paciencia necesaria para reconocer al otro, y agradecer parece innecesario, casi una pérdida de tiempo.
No es que algunas personas crean que no hace falta agradecer; es que realmente lo sienten así. El agradecimiento ha dejado de ser un gesto espontáneo. Se recibe algo prestado, por ejemplo, se aprovecha y se continúa como si nada hubiera ocurrido, sin reconocimiento ni humildad.
Hace poco ofrecí llevar en mi vehículo a alguien cercano al lugar que necesitaba visitar. Fuimos y regresamos. Al bajarse, no hubo ni una palabra. Le dije, medio en serio y medio en broma: “¡De nada!”. Entonces respondió con un “gracias” sin emoción, como si fuera una obligación y no un sentimiento.
Días después, con otra persona, dediqué tiempo y paciencia a enseñar cómo preparar una paella valenciana. Expliqué cada paso y cada detalle aprendido con los años. Aprendió, tomó nota y la preparó. Tampoco hubo un “gracias”. No por mala intención, sino porque, sencillamente, no lo consideró necesario.
En otra ocasión, un pariente me visitó para contarme que tenía problemas de salud. Lo escuché con atención y, al ver su preocupación, lo llevé a mi médico de cabecera. Lo atendió, lo orientó y le entregó una referencia para un especialista. Tampoco hubo un agradecimiento. Tres días después, ni siquiera sabía si había acudido al médico al que fue remitido.
Estos gestos, aparentemente menores, reflejan un problema mayor. Cuando no se agradece, las relaciones se endurecen. Cuando todo se da por sentado, crece el enojo. Cuando nadie reconoce al otro, la convivencia se vuelve áspera. El desagradecimiento alimenta la impaciencia, legitima la agresividad y refuerza la idea de que siempre tenemos razón y que el otro solo está para cumplir una función.
Volver a agradecer no es un acto simbólico ni una cortesía superficial. Es un acto de sentido común. Cuando se agradece, el gesto suele ser correspondido. Se genera respeto, se reducen tensiones y se fortalecen los vínculos.
En este contexto, resulta positivo que en la educación pública se estén retomando las normas básicas de cortesía en las escuelas. No como un gesto nostálgico ni como una imposición anticuada, sino como una decisión acertada. Enseñar a saludar, a pedir las cosas con respeto, a decir “gracias” después de comer y “con permiso” al levantarse de la mesa no es solo una formalidad, sino una forma sencilla y eficaz de ordenar la convivencia desde la infancia.
Agradecer no cuesta nada. Cuando se hace con sinceridad, mejora la convivencia, disminuye la agresividad y fortalece las relaciones.
Muchos lo expresaron durante el Día del Amor y la Amistad. Y quienes no lo hicieron, aún están a tiempo.
Porque todo es más fácil y más sencillo cuando prevalece el sentido común.
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