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Abrazando la Navidad imperfecta

Sobre todo, las Navidades imperfectas me han enseñado que la primera Navidad no fue perfecta.

Desde tiempos inmemoriales se nos ha vendido una visión de la «Navidad perfecta»: ese cuadro de la familia entera sentada alrededor de la mesa, con el pavo al centro, en feliz armonía, mientras el árbol encendido cubre todo con una suave luz. O quizás la de las películas, donde de repente, en Navidad, todo se arregla y ocurre un milagro imprevisto. Pero la realidad de la vida —y de la Navidad— dista mucho de ser así.

Con mis (casi) cincuenta y cinco años y unos padres que nos regalaron muchas Navidades maravillosas, llenas de regalos, en las que yo invitaba a mis amigos y cuyo cocktail hour —hoy imposible— era legendario, puedo hablar de Navidades casi perfectas. Pero también puedo hablar de Navidades terriblemente imperfectas. Quizás la más imperfecta que recuerdo fue cuando mi tío estaba en el hospital. Yo amaba especialmente a ese tío; lo visitaba a él y a mi tía todos los miércoles en su casa. Tengo fotos de las Navidades que pasó conmigo. Sin embargo, si alguien viera las fotos de la Navidad de ese año, pensaría que éramos una familia sin problemas. Mi tío falleció días antes de Año Nuevo.

Conforme crecemos y envejecemos, muchas veces se acrecientan las brechas entre los familiares. Las prioridades ya no son las mismas y se exacerban las diferencias de todo tipo. Hay ausencias: los hijos que están estudiando fuera, quienes pasan la Navidad con la familia del cónyuge, los parientes que este año decidieron no venir, el matrimonio que falló, la persona que ya no está, quien se encuentra en el hospital. Al final, la Navidad —para la cual nos hemos preparado tanto (y en la que hemos gastado tanto)— resulta ser… bueno, no tan buena, por no decir verdaderamente mala a veces.

En los últimos años, conforme papá y mamá envejecen, me ha tocado vivir muchas Navidades imperfectas. Parece una tontería, pero lo más difícil ha sido aceptar que ya no es factible tener cena de Nochebuena debido a su edad. Puede parecer algo sencillo, pero para mí representa el final de toda una historia de vida y un cambio abrupto en las dinámicas familiares. Aunque estoy profundamente agradecida por tenerlos a ambos, también me causa dolor.

Sin embargo, debo admitir que las Navidades imperfectas me han regalado cosas buenas y me han confirmado que la bondad de corazón aún existe. En esas Navidades, personas que casi no conozco me han abierto su casa y su corazón en Nochebuena para que no esté sola, y se han quedado en mi vida. He creado nuevas tradiciones que me llenan el corazón y he tenido la dicha de que muchos hayan estado dispuestos a escucharme llorar en un momento en el que todo el mundo dice que se debe reír.

Pero, sobre todo, las Navidades imperfectas me han enseñado que la primera Navidad no fue perfecta. Jesús nació en un momento histórico terriblemente turbulento, en medio de pugnas de poder que obligaron más tarde a sus padres a huir a Egipto para salvarle la vida. Nació en una ciudad que no era la suya, en una cueva llena de paja sucia y estiércol. Los nacimientos pueden ser preciosos, pero difícilmente reflejan la realidad de aquella primera Navidad. Sin embargo, en ese nacimiento aparentemente caótico, muchos —desde los pastores hasta el día de hoy— han encontrado esperanza.

Cada lector conoce las imperfecciones de su Navidad: los puestos vacíos en la mesa, la falta de salud, de trabajo o de dinero, los sentimientos encontrados. No, no le están fallando a nadie ni tienen la obligación de celebrar. El duelo es válido, incluso en Navidad. Muchos estamos enfrentando otra Navidad imperfecta y no hay mucho que podamos hacer para cambiarlo; es mejor abrazar la realidad y vivirla lo mejor que se pueda. Pero —creyentes o no— si partimos de ese nacimiento en la cueva de Belén, en lugar de partir de expectativas irreales, descubriremos que, en medio de la imperfección —o quizá gracias a ella—, siempre podemos encontrar la fuerza para seguir adelante.

¡Feliz Navidad imperfecta a todos! A los enfermos, a quienes les faltan seres queridos, a quienes la vida les dio un vuelco este año, a los que están lejos de casa. Que en estos días que restan para Nochebuena podamos descubrir la bondad en medio del caos. Y, sobre todo, les deseo que, en medio de lo que estén viviendo, tengan el regalo de reconocer la bondad del corazón humano.

Educadora

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