En consultoría política existe una máxima que se repite en voz baja, casi como conjuro preventivo: a los Alejos, lejos. No es clasista, ni personal, ni siquiera literal. Es una advertencia estratégica. Los Alejos no tienen apellido fijo: pueden ser esposos, esposas, amigos de confianza, familiares bien intencionados, excompañeros de universidad, el vecino que “sabe cómo piensa la gente” o ese grupo de WhatsApp que se autoproclama termómetro social. Su poder no está en los cargos que ocupan —generalmente ninguno— sino en la facilidad con la que logran secuestrar la estrategia.
El problema no es que opinen. El problema es que se les crea. La política moderna no se descarrila por grandes conspiraciones sino por frases pequeñas y aparentemente inocuas: “mi esposo escuchó que la gente está molesta”, “unos amigos dijeron que eso no cayó bien”, “alguien vio en Twitter que todos querían otra cosa”. Y con eso basta. No hace falta evidencia, ni datos, ni contexto. Solo basta la sensación de urgencia, ese pánico blando que hace que un candidato empiece a dudar de todo lo que, hasta ayer, estaba perfectamente claro.
Así se gobierna hoy: a punta de rumores con voz familiar. La escena es conocida. Hay una estrategia definida, mensajes probados, tiempos claros. Todo camina. Hasta que entra el Alejo del día. No llega con argumentos, llega con ansiedad. No trae análisis, trae frases nebulosas: “se siente raro”, “la gente anda diciendo”, “yo no sé, pero yo no lo haría así”. Y de pronto, el equipo técnico pasa a segundo plano porque hay que atender la alerta máxima: alguien se incomodó en una cena.
Lo fascinante es la fe ciega que se deposita en estas fuentes. El mismo candidato que desconfiaría de una encuesta sin ficha técnica acepta sin pestañear la interpretación política de su cuñado. El mismo gobernante que exige informes de 40 páginas para aprobar un presupuesto cambia una política pública porque “mi amiga dice que eso se ve mal”. La evidencia molesta; el chisme tranquiliza.
Las redes sociales empeoraron todo. Antes el rumor tenía límites geográficos; ahora viene con captura de pantalla. “Mira este tuit”, dicen, como si Twitter fuera una asamblea nacional permanente y no un coliseo donde gritan siempre los mismos veinte. Se confunde volumen con mayoría, tendencia con verdad, indignación momentánea con mandato popular. Gobernar a golpe de trending topic es como manejar mirando solo el retrovisor: parece información, pero siempre llega tarde y distorsionada.
El resultado es una política errática, nerviosa, reactiva. Un día se dice una cosa, al siguiente se corrige, luego se desmiente, después se aclara la aclaración. No porque haya cambiado la realidad, sino porque alguien “escuchó algo”. La estrategia se vuelve un acordeón emocional que se estira y encoge según el último comentario de sobremesa. Y cuando todo es urgente, nada es importante.
Lo más grave es que los Alejos rara vez asumen el costo de sus consejos. Ellos no dan la cara en la conferencia de prensa, no enfrentan la consecuencia electoral, no cargan con el desgaste institucional. Su rol es etéreo: susurran, inquietan, desaparecen. Si sale mal, nadie recuerda quién sembró la duda. Si sale bien, siempre estuvieron “apoyando”.
Mientras tanto, el candidato —o peor aún, el gobernante— pierde algo fundamental: el control del timón. Empieza a gobernar desde la inseguridad, no desde el plan. Desde el miedo a desagradar, no desde la convicción. Desde el rumor, no desde la estrategia. Y cuando la política se hace así, deja de ser política y se convierte en chisme con presupuesto público.
“A los Alejos, lejos” no es crueldad: es higiene democrática. Significa entender que gobernar no es un concurso de popularidad instantánea ni una terapia grupal. Que escuchar es distinto a dejarse arrastrar. Que no todo comentario merece una reunión de crisis. Y que la estrategia no se ajusta porque alguien sintió algo.
Si algo define a los malos gobiernos no es la falta de información, sino el exceso de oído. Oído para el comentario casual, para la intuición sin datos, para el susurro doméstico que se disfraza de “sentir popular”. El poder se vuelve entonces una mesa mal servida donde el análisis estorba y el chisme manda: se cambia una decisión porque alguien “no lo vio bien”, se corrige una política porque “en un grupo dijeron”, se entra en pánico porque un tuit tuvo más likes de lo esperado. Y así, entre cafés, cenas y audios reenviados, la estrategia termina arrumbada como un documento viejo, mientras el país es gobernado por percepciones de sobremesa que no votan, no rinden cuentas y jamás pagan el costo de su influencia.
Porque cuando un país se gobierna según lo que “alguien dijo que alguien escuchó”, no estamos ante liderazgo sensible: estamos ante improvisación con corbata. Y eso, por muy cercano que suene, nunca ha sido una buena idea.
Consultora política y Miss Universo El Salvador 2021