Dedico este escrito a cada salvadoreño: niño, joven, adulto o anciano, a quienes el velo del dolor del conflicto armado interno alcanzó; y a cada madre que, con angustia, esperó a sus hijos y que nunca regresaron. Que se honre la memoria de todos los que ofrendaron sus vidas, sin exclusión alguna, y se dignifique a los lisiados, a quienes arrastran recuerdos dolorosos, a cada víctima olvidada.
Esta parte de la historia está dedicada a cada salvadoreño, por lo trascendente de la historia reciente de nuestro El Salvador, que trabaja día a día para construir una nueva nación. El camino de la racionalidad, el diálogo, la negociación y la tolerancia fue el método experimentado con éxito. Invito a la reflexión: hacerlo no es enterrar el pasado, ni permitir que el pasado entierre el futuro; es evitar asesinar el mañana, que pareciera fue ayer.
“Si queremos la paz, preparémonos para la paz”, antítesis de la sentencia “si quieres la paz, prepárate para la guerra”. Solo la paz trae la paz y hace florecer los campos.
BREVE RESEÑA HISTÓRICA
El 16 de enero de 1992, en el Castillo de Chapultepec, se plasmó la firma que contenía la serie de acuerdos negociados en un largo camino que se inició con el primer acercamiento en la iglesia de La Palma, Chalatenango, el 15 de octubre de 1984. Simultáneamente estallaba la alegría en las plazas de San Salvador, que abarcó a salvadoreños dentro y fuera del territorio, y a la que contribuyeron individuos y naciones. Estos acuerdos pusieron fin al conflicto armado interno que ensangrentó por más de una década nuestro territorio y hundió al país en su peor debacle económica, social y política.
Treinta y cuatro años han transcurrido desde ese tenaz esfuerzo, de los cuales veinticinco corresponden ya al siglo XXI. Es, además, el hecho más trascendente de la historia reciente de nuestro país. Los acuerdos se dividen en nueve capítulos: la Fuerza Armada, la Policía Nacional Civil, el sistema judicial, el sistema electoral, la participación política del FMLN, el cese del enfrentamiento armado, la verificación de la Organización de las Naciones Unidas y el calendario de ejecución, que eran las bases para la construcción de una nueva nación.
Además, contienen una declaración final en la que las partes expresan su firme determinación de respetar escrupulosamente los compromisos asumidos en el presente acuerdo y en los demás alcanzados, dentro de los términos y a través de los mecanismos previstos en ellos, así como cooperar con ONUSAL en la tarea de verificación del cumplimiento de tales acuerdos. Esta declaración de la clase política de esa época representó el emprendimiento de un nuevo camino para cumplir lo acordado, en un escenario distinto a los anteriores. “Fueron una reforma al sistema político”.
Dicho documento fue firmado por comisiones nombradas por el Gobierno y el FMLN.
Por el GOES: Dr. Óscar Santamaría, Cnel. Juan Antonio Martínez Varela, Dr. David Escobar Galindo, Dr. Abelardo Torres, Dr. Rafael Hernán Contreras y el general Mauricio Ernesto Vargas.
Por el FMLN: Schafik Hándal, Francisco Jovel, Salvador Sánchez Cerén, Joaquín Villalobos, Eduardo Sancho, Roberto Cañas, Dagoberto Gutiérrez, María Marta Valladares, Ana Guadalupe Martínez y Salvador Samayoa.
Como testigos: Boutros Boutros-Ghali, secretario general de la ONU; Alfredo Cristiani, entonces presidente de El Salvador; Felipe González, de España; Carlos Salinas de Gortari, de México; César Gaviria, de Colombia, y Carlos Andrés Pérez, de Venezuela.
La firma de los acuerdos fue la culminación de un proceso que inició en La Palma, Chalatenango, el 15 de octubre de 1984. A este encuentro le siguieron el de Ayagualo, La Libertad, el 20 de noviembre de 1984; Sesori, San Miguel, el 19 de septiembre de 1986; y el de la Nunciatura en San Salvador, el 4 de octubre de 1987, todos en la búsqueda de una solución negociada al conflicto y bajo la mediación de la Iglesia católica.
Las partes lograron el 4 de abril de 1990 redactar el Acuerdo de Ginebra, el primer acuerdo, que sirvió de base para los firmados el 16 de enero de 1992. A este le siguieron el Acuerdo de Caracas, Venezuela, el 21 de mayo de 1990; el Acuerdo de San José, Costa Rica, el 26 de julio de 1990; el Acuerdo de México, el 27 de abril de 1991; el Acta de Nueva York, Estados Unidos, el 25 de septiembre de 1991; así como las Actas de Nueva York I y II, el 31 de diciembre de 1991.
De esta etapa hay mucho que aprender, muchas lecciones de la historia, y no debemos desestimar los logros que dichos acuerdos le dieron al país. Pareciera que no tienen importancia en el diario vivir, pero no son una mera coincidencia: “es causalidad, no casualidad”. Olvidamos con demasiada facilidad el cese de la violencia, de las bombas, de las balas, de estar en medio de un atentado. Eso quedó atrás.
Lo realizado no debe ser en vano, ni ha sido inútil el sacrificio hecho por muchos, para contemplar cómo nuestro sistema político se nos escapa de las manos. No le demos la espalda a todos aquellos que defendieron en sus trincheras nuestro sistema de vida. Este no es el El Salvador que queremos.
Aclaro: el pasado no duerme, y estos históricos acuerdos no perseguían solo callar los fusiles; se trataba de transformar el país en uno más democrático, con diversidad ideológica, donde existieran espacios de expresión para nunca más volver al drama del conflicto. Son acuerdos cuya vigencia descansa y depende del trabajo de toda la sociedad y, en especial, de las nuevas generaciones, que deben retomar con sus acciones la finalidad de fortalecerlos.
La democracia en América Latina atraviesa un panorama sombrío. Hay un desmantelamiento de la institucionalidad democrática, una Constitución convertida en decoración, vividores y mercenarios de la narrativa. Un acelerado regreso al pasado. Es un contrasentido que se descalifique esta etapa de nuestra historia de manera descarada, artificial, falsificando y adulterando nuestra historia presente. Tenemos una regresión al unilateralismo, a la política del garrote, a las ideas sueltas. Hay una crisis de la democracia liberal y de la democratización a través del desarrollo económico, que presenta rostro de fracaso. Se trata de cambiar y hasta borrar nuestra historia.
Los exhorto a refundar la civilización de la paz a partir de este 2026, anunciando el parto del nuevo salvadoreño, con un luminoso futuro ante la triste historia del pasado. Les recuerdo:
“En la paz, los hijos entierran a sus padres.
En el conflicto, los padres entierran a sus hijos”.
Empaquen bien su paracaídas. ¿Si no?
General (r) de la Fuerza Armada de El Salvador.