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Philippe Texier: «Tratamos de hacer lo mejor posible en medio del conflicto»

En el aniversario de la firma de los Acuerdos de Paz, conversamos con Philippe Texier, el primer director de la División de Derechos Humanos de la Misión de ONUSAL. Su llegada a El Salvador, en 1991, no constituyó el fin de la guerra interna, pero sí el inicio de medidas y verificación para que tanto la Fuerza Armada como la guerrilla no violaran los derechos humanos

La Misión de ONUSAL llegó meses antes de la firma del acuerdo de paz. | Foto EDH/Cortesía

Philippe Texier, francés, juez de Instrucción en Châlons-sur-Marne, Marsella, Sena, París, presidente del Tribunal de Primera Instancia en Melun y magistrado de la Corte de Casación, entre otras altas en la magistratura de la República Francesa y, de 1991 a 1992, primer director de la División de Derechos Humanos de la Misión de Observación de las Naciones Unidas en El Salvador (ONUSAL).

La División de Derechos Humanos se instaló en El Salvador meses antes de la firma del Acuerdo de Chapultepec el 16 de enero de 1992 para poner en marcha las disposiciones del Acuerdo de San José de 26 de julio de 1990 sobre derechos humanos y para superar el estancamiento en que se encontraba el proceso de negociación de la paz.

ONUSAL fue la avanzada de los Acuerdos de Paz, es decir, allanó el camino para poder firmar los pactos y proceder a una transición pacífica. Lo único con lo que no se siente satisfecho el juez Texier es con la ola de violencia posguerra.

Juez Texier, ¿cómo llegó su nombramiento?

Un día me contactaron para preguntarme qué opinaría de integrar la Misión de observación de Naciones Unidas en El Salvador, ONUSAL, para dirigir la División de derechos humanos. Yo ejercía como presidente de un Tribunal cerca de París y, si la propuesta me parecía muy interesante, yo no veía cómo podría resultar. Pocos días después, me llamaron de la oficina de Naciones Unidas de New York para hacerme la propuesta concreta y, después de unos días de reflexión, acepté la Misión que me parecía una experiencia extraordinaria, difícil, pero que no se podía rehusar. El ministerio de Justicia [de Francia] aceptó y me dio un destacamento por la Misión.

Le tocó ocuparse no solamente de la aplicación del acuerdo de San José, sino también de la parte administrativa relativa a la estructura administrativa y al reclutamiento de personal. ¿Fue así?

La Misión, desde el principio, tenía un jefe de Misión y varios funcionarios que se ocuparon de la parte administrativa relativa a la estructura. Para el reclutamiento de personal, nos dividimos la tarea. El jefe de Misión se ocupó del reclutamiento general; pero yo recluté gran parte del personal de la División de derechos humanos. Me parecía importante, en un contexto difícil, en un momento en que los acuerdos de paz no se habían firmado todavía, tener un equipo en que podía tener toda confianza. Por eso, recluté varios juristas latinoamericanos, conocedores y defensores de los derechos humanos que yo conocía desde hacía mucho tiempo y en los cuales tenía toda confianza.

El Juez Philippe Texier fue primer director de la División de Derechos Humanos de la Misión de Observación de las Naciones Unidas en El Salvador (ONUSAL). Foto Cortesía

¿El papel de la División fue verificar el cumplimiento del acuerdo de San José en el presente y sentar las bases para que los derechos humanos se convirtieran en parte de la cotidianidad de la realidad salvadoreña?

Es obvio que el papel principal de la Misión era verificar el cumplimiento del acuerdo de San José en el presente. Lo ideal era, evidentemente, sentar también las bases para que los derechos humanos se convirtieran en parte de la cotidianidad de la realidad del país. En un primer tiempo, la tarea consistía en presentar y explicar el acuerdo.

Poca gente, aparte del equipo negociador de los acuerdos, conocía la existencia y el contenido del acuerdo, así que se necesitaba un trabajo de pedagogía. Nuestra misión era doble: de un lado, hacer conocer el acuerdo, y explicarlo, y del otro, tratar de mostrar que los derechos humanos tenían que ser parte de la institucionalidad del país y traducirse en la vida cotidiana de los salvadoreños.

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¿Cómo fueron los primeros momentos?, ¿Cuáles fueron los principales retos y obstáculos que usted y la División afrontaron?

Los principales retos fueron de dos tipos: materiales de un lado y de fondo del otro. Del punto de vista material, había que instalar la Misión, acomodar los sitios, encontrar oficinas, etc. En realidad, no fue muy complicado. Lo más difícil, era presentar, explicar y hacer aceptar la Misión.

De un lado, presentarla a las instancias gubernamentales: presidente de la República, gobierno, ministros, militares, etc., y del otro, a las instancias judiciales, en particular la Corte Suprema y su presidente, que tenía ciertas reticencias hacia la Misión, hacia los acuerdos de paz y posiblemente hacia nuestra presencia.

Del otro, hacer lo mismo con el FMLN. Esta parte fue un poco difícil, porque varios comandantes no estaban en El Salvador, sino en México y Nicaragua. Eso implicó la necesidad de explicar los acuerdos a los combatientes del interior y de hacer varios viajes a esos dos países para explicar y convencer a los comandantes del exterior.

Durante los primeros tiempos hubo una reacción mediática muy contraria a la llegada de la Misión de Observación, y algunos incluso llegaron a decir que el nombre no debía ser «Naciones Unidas» sino «Vacaciones Unidas», porque, los fines de semana se veían vehículos de las Naciones Unidas en las playas y centros recreativos. ¿Tuvo esto algún efecto en el trabajo que ustedes realizaban?

Yo diría primero que sí una parte importante de los ciudadanos salvadoreños veían positivamente la Misión y la presencia de personal de las Naciones Unidas, otra parte estaba opuesta a esta presencia. Era necesario explicar, convencer, hacer pedagogía. Me tocó personalmente responder a varias entrevistas en la televisión y en la prensa escrita y todos los miembros de la Misión trataban de hacer lo mismo.

Recomendé a todo el personal de la Misión la discreción, pero no se podía evitar que los domingos los funcionarios quisieran descansar, y fueran a la playa. Como no teníamos otros vehículos que los de Naciones Unidas, efectivamente algunos se podían ver los domingos en la playa. Las reacciones negativas venían generalmente de la gente opuesta a la presencia de Naciones Unidas.

Los vehículos con el distintivo de Naciones Unidas fueron bastante conocidos. | Foto EDH/Cortesía

El acuerdo de San José dice: «Se tomarán de inmediato todas las acciones y medidas necesarias para evitar todo tipo de hechos o prácticas que atenten contra la vida, la integridad, la seguridad y la libertad de las personas. Asimismo, para erradicar toda práctica de desapariciones y secuestros. Se dará toda prioridad a la investigación de los casos de esta naturaleza que pudieran presentarse, así como a la identificación y sanción de quienes resultaran culpables». ¿Cómo fue el papel de investigación, sabiendo que, una vez firmada la paz, habría una Comisión de la Verdad?

Creo que el papel de la Misión y el papel de la Comisión de la Verdad eran totalmente diferentes. El papel principal de ONUSAL era verificar la aplicación del acuerdo de San José por todas las partes en conflicto y tomar medidas para evitar todas las violaciones a los derechos humanos.

Se trataba también de investigar los posibles casos de violaciones. Antes de la llegada de los miembros de la Comisión de la verdad, la Misión se ocupó también de investigar algunos casos de violaciones, pero eso no chocó con el trabajo de la Comisión. Transmitimos todos los documentos que teníamos y, a partir de su llegada, trabajamos en conjunto.

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Los derechos humanos son indivisibles, así se ha declarado y reconocido a lo largo del tiempo, pero para poner en forma de tratado los principios contenidos en la carta de las Naciones Unidas y en la Declaración Universal de los Derechos Humanos, las visiones de la guerra fría en que unos favorecían los derechos civiles y otros los derechos económicos, sociales y culturales, se tradujeron en dos tratados, el Pacto Internacional de Derechos Civiles y Políticos y el Pacto Internacional de Derechos Económicos, Sociales y Culturales. ¿La visión de la División fue de aplicación integral o fragmentada de los derechos civiles y políticos y de los derechos económicos, sociales y culturales?

Puedo contestar que la visión de la División fue de aplicación integral. Se trataba de verificar la aplicación del acuerdo de paz conocido como «Acta de Nueva York», que abarca todos los derechos humanos. Examina, entre otros, los principios doctrinarios de la fuerza armada, y en particular su sistema educativo; crea una Policía Nacional Civil, se preocupa del sistema judicial y crea una Procuraduría nacional para la defensa de los derechos humanos; consagra un capítulo al tema económico y social, en particular al problema agrario.

La Misión tenía que preocuparse de todos estos temas y verificar la totalidad del acuerdo. Pero me atrevo a decir que la parte de los derechos civiles y políticos era más fácil de verificar, y, desafortunadamente, la parte de los derechos económicos, sociales y culturales no fue realmente aplicada.

¿Considera usted que la llegada anticipada de la División de derechos humanos, que dio un carácter progresivo al despliegue de ONUSAL, fue positiva en términos de contribuir desde los derechos humanos a la multitud de aspectos relativos al fin del conflicto y del inicio de un proceso de construcción de la paz?

Indudablemente fue positiva. Por varios motivos. Primero, el equipo de la División de derechos humanos era relativamente reducido, y, por consiguiente, relativamente aceptado. Luego, hicimos, lo más posible, un trabajo de pedagogía para convencer a todas las partes en el conflicto y al mismo pueblo salvadoreño que la Misión estaba presente al pedido del gobierno y del FMLN y que su objetivo principal era facilitar el proceso de la construcción de la paz.

¿Qué otro efecto, positivo o negativo, tuvo la llegada anticipada de la División de derechos humanos? Pienso particularmente en términos de construcción de confianza.

Nuestra llegada anticipada tuvo un efecto positivo en términos de construcción de la paz. En un principio, nuestro principal objetivo era tratar de crear o facilitar la aceptación de la Misión por las partes, por el pueblo en general y convencer también a los adversarios a nuestra presencia de la finalidad de la Misión: ayudar el pueblo salvadoreño a construir una paz duradera. Eso era más fácil por el carácter poco invasivo de un grupo relativamente reducido de abogados. En un principio, no había militares ni despliegue masivo. Pienso que eso facilitó la aceptación.

Para algunos especialistas, el hecho de que los derechos humanos sean uno de los cuatro grandes objetivos de la carta de las Naciones Unidas es una afirmación de que allí se encuentran las bases del entendimiento entre personas, sociedades y países y que, por lo tanto, son fundamentales para el mantenimiento de la paz y la seguridad tanto a nivel internacional como nacional porque desarticulan las diferentes fuentes de tensión y de violencia en la convivencia. ¿Qué opinión le merece esta interpretación de la Carta?

¡Esta pregunta merecería uno o varios libros! Pero, para ser muy breve, estoy de acuerdo con esta posición. Respetar los derechos humanos significa, entre otros, a nivel nacional, respetar la vida, las opiniones, de otros, no solamente de sus vecinos inmediatos, sino de todos los demás.

A nivel internacional, el principio es el mismo; se trata de respetar la soberanía de los otros estados, no agredir, no invadir un país para extender su territorio o por cualquier motivo. Si todos los países respetaran la Carta de las Naciones Unidas, no habría guerras o conflictos, nacionales o internacionales. La situación actual, en el conflicto Israel- Palestina o en Ucrania después de la invasión por Rusia ilustra el propósito.

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¿Treinta y cinco años después, qué hubiera hecho diferente para contribuir, desde los derechos humanos, al entendimiento entre los salvadoreños?

Me parece muy difícil contestar a esta pregunta. Tratamos de hacer lo mejor posible, en una situación de conflicto. No sé si alcanzamos a convencer a los salvadoreños. Durante el tiempo que pasé en su país, tuve contactos maravillosos con mucha gente, y no me explicaba cómo un pueblo tan amable y agradable había podido mantener una guerra interna tan dura. Pensaba que los cambios institucionales que se habían producido con la firma de la paz podían ser una garantía para el futuro.

Se reformó la fuerza armada en profundidad, se creó una policía civil, se reformó el sistema judicial en profundidad, con la escuela de capacitación judicial, la creación de una procuraduría nacional para la defensa de los derechos humanos, se modificó el sistema electoral … ya dije que la parte económica y social fue la parte débil del proceso. Todos esos cambios eran seguramente insuficientes. Pero no sé, realmente, en qué fallamos. Estoy convencido que hubiéramos podido hacerlo de otra manera, pero, evidentemente, es muy tarde para pensar en eso. Lo único que quiero expresar ahora, es una inmensa tristeza, por el nivel de violencia que vino después en El Salvador.

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