En El Salvador hemos aprendido a convivir con una tragedia cotidiana: los accidentes de tránsito. Ya no nos estremecen como antes. No detienen la conversación ni sacuden la conciencia colectiva. Se han vuelto parte del paisaje informativo: una cifra más, una nota breve, un titular que se consume y se olvida con la misma rapidez con la que ocurre el siguiente percance. Y en esa normalización silenciosa se esconde el verdadero problema: hemos dejado de señalar.
Señalar no es culpar por deporte. Señalar es asumir que detrás de cada accidente hay decisiones humanas, omisiones evitables y responsabilidades concretas. Aquí no hay fatalidad inevitable ni destino caprichoso. Hay exceso de velocidad, imprudencia, consumo de alcohol, distracción, vehículos en mal estado y, muchas veces, una autoridad que llega tarde o no llega. Pero preferimos suavizar el lenguaje, hablar de “percances” o “incidentes”, como si la gravedad de los hechos pudiera diluirse en palabras amables.
El país necesita recuperar el valor de nombrar las cosas como son. Un conductor que maneja ebrio no es un desafortunado: es un irresponsable. Un motociclista que zigzaguea entre carriles no es hábil: es temerario. Una autoridad que no fiscaliza no es prudente: es negligente. Y una sociedad que observa, comenta y sigue de largo, sin exigir cambios, es cómplice por omisión.
Señalar implica incomodar. Implica romper esa falsa cortesía que evita el conflicto, pero perpetúa el daño. Porque cada vez que decidimos no decir nada, validamos la conducta que mañana puede costar una vida. Cada vez que justificamos al infractor con frases como “así es aquí” o “todos lo hacen”, estamos firmando, sin saberlo, una sentencia anticipada.
No se trata de convertirnos en jueces implacables, sino en ciudadanos conscientes. La cultura vial no se impone únicamente con leyes; se construye con ejemplos, con sanciones claras y con una narrativa social que no tolere la imprudencia. Y esa narrativa empieza por señalar con firmeza, sin titubeos y sin excusas.
Es urgente que los medios de comunicación abandonen el tono tibio y asuman su rol formador. Que no se limiten a reportar cifras, sino que profundicen en causas, responsabilidades y consecuencias. Que dejen de maquillar la tragedia con eufemismos. Que incomoden, que cuestionen, que obliguen a pensar. Porque informar no es solo contar lo que pasó; es ayudar a evitar que vuelva a ocurrir.
También es responsabilidad de las autoridades dejar de reaccionar y comenzar a prevenir. No basta con operativos esporádicos ni con campañas de ocasión. Se necesita una estrategia sostenida, coherente y visible, donde la ley no sea una sugerencia, sino una línea clara que no se cruza sin consecuencias.
Pero, sobre todo, es responsabilidad de cada uno de nosotros. Porque todos, en algún momento, somos peatones, conductores o pasajeros. Y en cada uno de esos roles tenemos la capacidad —y el deber— de señalar lo incorrecto, de corregir lo cercano y de no normalizar lo inaceptable.
El silencio, en materia de tránsito, también mata.
Y en este país, dejar de señalar ya no es prudencia: es complicidad.