La Ley de Integración Monetaria establecía la coexistencia de dos monedas, el colón y el dólar, sin embargo, la moneda nacional desapareció de facto, devorada por la estabilidad de la estadounidense.
La Ley de Integración Monetaria establecía la coexistencia de dos monedas, el colón y el dólar, sin embargo, la moneda nacional desapareció de facto, devorada por la estabilidad de la estadounidense.

El 1 de enero de 2001, El Salvador inició la dolarización de su economía con una ley que había sido aprobada solo un mes antes por la Asamblea Legislativa.
Aunque en la normativa aprobada por el Legislativo en la madrugada del 30 de noviembre de 2000, jamás se habló de la desaparición del colón como moneda de curso legal, en la práctica, este se diluyó ante el poder y estabilidad de la moneda norteamericana.
A la mañana del primer día de 2001, los cajeros automáticos ya expedían billetes de cinco, diez y veinte dólares, 200 millones habían sido puestos en circulación por el Estado salvadoreño. La extrañeza reinaba, los salvadoreños ahora veían cómo recibían billetes verdes con palabras en inglés y personajes ajenos a nuestra historia.
Fue durante la presidencia de Francisco Flores (1999-2004) que se tomó la decisión de dolarizar la economía. Según la prensa de la época, Flores decidió dolarizar la economía definiéndola como «su principal apuesta para mejorar la vida de los salvadoreños».

Flores solo tres meses antes había comunicado a sus colaboradores más cercanos de su intención de dolarizar la economía salvadoreña. Eran Juan José Daboub (secretario técnico de la Presidencia), Rafael Barraza (presidente del Banco Central de Reserva) y José Luis Trigueros (ministro de Hacienda) quienes, en un corto tiempo, elaboraron, a pedido de Flores, la ley que permitiría la circulación legal de dólares en El Salvador.
Los primeros días y las primeras semanas con el dólar estadounidense circulando en el país se recuerdan como caóticas, entre tablas de conversión y confusión entre compradores y vendedores. El gobierno de Flores también estaba expectante ante una posible reacción de la oposición política, encabezada en aquel entonces por el Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional.
Las pupusas, las golosinas, el pasaje del autobús, las compras del mercado y del supermercado, la gasolina, las remesas, los préstamos en bancos, no había nada que se resistiera a la incursión del dólar.

Carteles con los precios en ambas monedas, personas con calculadoras a la mano, máquinas o plumas especiales para detectar billetes falsos y las tablas de conversión publicadas en periódicos de la época eran utensilios del diario vivir de la población en los primeros meses de la dolarización.
«Puede haber alguna confusión en los primeros días, pero eso pasará rápidamente», aseguraba Daboub, uno de los protagonistas de la iniciativa de dolarizar la economía.


La ley fijó el cambio de un dólar en ocho colones y setenta y cinco centavos y hablaba del bimonetarismo como la regla, es decir, la libre circulación de dólares y colones.
La Policía Nacional Civil (PNC) prometió abrir un expediente de investigación a todo aquel que intentara comprar con dólares falsos, y pidió a la población denunciar cualquier hecho que involucrara billetes fraudulentos.

No pasó mucho tiempo para que el colón cayera en desuso. Gradual, pero rápidamente desaparecida, la moneda nacional ahora solo es un capítulo de la historia. Antonio Méndez Llort , economista y entonces director del Centro para la Defensoría del Consumidor (CDC), entrevistado por El Diario de Hoy, afirmó que el colón desaparecería en solo tres meses.
El dólar estadounidense es, desde ayer, una moneda de curso legal en El Salvador. Nada de bimonetarismos. El colón, poco a poco, pierde su vitalidad. Le quedan algunas trincheras: el comercio informal y algunos nostálgicos. La gran empresa y la banca ya adoptaron la divisa del norte. El colón llegará a ser un adorno de los historiadores», se presagiaba en una nota publicada por El Diario de Hoy en la edición del 2 de enero de 2001.
Y así fue, El Diario de Hoy documentó entre comerciantes informales reacciones que iban desde la indignación (por la inconsulta decisión Casa Presidencial), pasando por la frustración y el temor ante la llegada de la moneda a territorio nacional, a la acelerada incorporación de una moneda extranjera al diario vivir y la información que consideraron no fue oportuna. Pero, eventualmente, ganó la desigual batalla.

La Ley de Integración Monetaria, aún vigente, determinó que el poder del dólar sería tan ilimitado como el del colón, en su artículo 3. El artículo 4 facultó a bancos para que solicitaran al Banco Central de Reserva canjear colones por dólares.

El artículo 7 determinó que sueldos pueden ser pagados tanto en dólares como en colones; mientras que el 10 estableció que los precios de todo deben estar expresados en ambas monedas, entre otras importantes disposiciones que terminaron por establecerla, de facto, como la moneda hegemónica.
Para muchos salvadoreños, el colón les es ajeno pues no lo utilizaron jamás; para otros tantos es un recuerdo de la niñez y para otros más, los mayores, un símbolo de que el dinero antes sí les alcanzaba un poco más. Con más de un siglo de existencia, desde 1892, la moneda nacional es ahora una reliquia que, de facto, fue desaparecida.
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