Lo que antes era un terreno baldío hoy produce chipilín, lechuga y tomate. Más de 50 familias participan en un proyecto de huertos urbanos que combina capacitación, voluntariado y producción de alimentos en una comunidad del área metropolitana.
Lo que antes era un terreno baldío hoy produce chipilín, lechuga y tomate. Más de 50 familias participan en un proyecto de huertos urbanos que combina capacitación, voluntariado y producción de alimentos en una comunidad del área metropolitana.

A través del modelo de huertas urbanas, la comunidad San Juan Bosco II transformó un terreno baldío en un espacio destinado al cultivo de hortalizas, fortaleciendo la seguridad alimentaria de familias vulnerables en el distrito de San Marcos, San Salvador.
“Yo no sabía nada y, de no saber nada, pasé a cultivar mis frutos. Ahora estoy por sacar la cosecha de chipilín y lechuga romana; de la bonita son casi 30 plantas. Voy a guardar para mí, pero también voy a vender otras”, explicó Alcira Rodríguez, una de las más de 50 beneficiarias del programa Cosechando Sonrisas.
Cuando la comunidad fue seleccionada para desarrollar el proyecto, al menos una treintena de personas se sumó a las labores de limpieza de un terreno que, aunque estaba libre, era utilizado como basurero por los mismos habitantes de la zona.
Alcira detalló que los trabajos se extendieron durante varias semanas, ya que los participantes debían cumplir con sus jornadas laborales. “Por las noches llegábamos a limpiar; de ahí sacamos de todo, hasta refrigeradores estaban tirados”, relató la mujer de 47 años.

El programa no solo entrega los implementos necesarios para las cosechas, sino que, una vez seleccionada la comunidad, brinda asesoría técnica durante tres meses. Durante ese periodo se enseña a aprovechar los espacios disponibles mediante la creación de camas de cultivo, sembrados verticales o siembras directas en el suelo.
Según el espacio disponible, cada participante recibe una “era” o parcela de tierra para iniciar sus prácticas. Los insumos —como semillas, plantines, abonos y productos para el control de plagas— son entregados de forma gratuita.
En estos espacios se enseña a cultivar hasta diez hortalizas diferentes, entre ellas rábano, frijol, tomate, pepino, berenjena, chipilín, chile, zanahoria y güisquil. En la promoción más reciente se incorporó también la flor de jamaica.
“Ver nuestros resultados ha sido el impulso necesario para que más personas se animen a sembrar sus verduras en casa”, señaló Alcira, quien recordó que adultos mayores de la comunidad se han sumado al proyecto y que otros han decidido replicar los sistemas de cultivo en sus viviendas.
Más de 200 personas se han graduado este año del programa de huertos urbanos.
Ondina Ramos, encargada del proyecto, explicó que alrededor del 60 % de los participantes continúa trabajando cultivos a mediana escala para el consumo familiar y, en algunos casos, para la venta local.
“Nosotras solo sabíamos ir a comprar y, sinceramente, apenas alcanzaba para lo básico. Un rábano ya era secundario y no lo comíamos con frecuencia. Ahora muchos podemos ir al huerto y cortar”, agregó Alcira.
Una de las principales limitaciones del programa de seguridad alimentaria es que todos sus participantes son voluntarios, quienes se dividen entre la asesoría teórica y práctica en las comunidades, además de cubrir, en algunos casos, los costos de los insumos que se entregan. Parte de estos recursos se gestionan mediante donaciones.

Ahorro de hasta $25 semanales en alimentos
Ramos señaló que los voluntarios también enseñan a las comunidades cómo extraer sus propias semillas tras cada cosecha, aunque aclaró que, debido a las condiciones climáticas variables del país, esta práctica no siempre resulta viable.
“Hasta ahora no contamos con un agroservicio que nos done abono o sulfatos, pero trabajamos con lo que tenemos. A veces las comunidades nos avisan que les faltan insumos y no siempre podemos llevarlos todos”, afirmó la directora del programa.
“Lo importante es que empezamos desde lo más básico. Muchas familias deben priorizar qué pueden adquirir de la canasta básica salvadoreña, un tema muy delicado en los últimos años”, añadió.
Los organizadores sostienen que cada familia podría ahorrar aproximadamente $25 semanales al cosechar sus propios alimentos. Actualmente, entre los interesados en participar hay niños menores de 10 años que acompañan a sus madres a las clases, así como adultos mayores de más de 70 años, quienes según Ramos “vuelven a sentirse parte de la comunidad” al involucrarse en estas actividades.

La realidad en tus manos
Fundado en 1936 por Napoleón Viera Altamirano y Mercedes Madriz de Altamirano.
Facebook-f Instagram X-twitter11 Calle Oriente y Avenida Cuscatancingo No 271 San Salvador, El Salvador Tel.: (503) 2231-7777 Fax: (503) 2231-7869 (1 Cuadra al Norte de Alcaldía de San Salvador)
2025 – Todos los derechos reservados