Adela Santa Cruz de Ruano sigue transformando metales en piezas únicas y ha transmitido el oficio a sus hijos.
Adela Santa Cruz de Ruano sigue transformando metales en piezas únicas y ha transmitido el oficio a sus hijos.

Adela Santa Cruz de Ruano comenzó a fabricar joyas a los 13 años. Hoy, a sus 74, continúa en el oficio junto a tres de sus hijos, quienes heredaron el trabajo que ella aprendió en su juventud.
En el gremio de joyeros, Adelita —como muchos la conocen— es considerada una figura emblemática. Aprendió el oficio en la década de 1960, cuando la joyería era un trabajo dominado casi exclusivamente por hombres. Con apenas 13 años, aquella adolescente con deseos de aprender se adentró en un mundo de cobre, plata y oro, donde comenzó a transformar metales en delicados accesorios utilizados como adornos personales.
Adela es la undécima de 15 hermanos y originaria del caserío Tahuapa, en el cantón El Junquillo, del distrito de Ahuachapán Centro. A los 13 años dejó su hogar para trasladarse a San Salvador con el objetivo de aprender un oficio. En la capital vivía su hermano Domingo, quien tenía una joyería en la zona de San Miguelito.
Fue precisamente su hermano quien le dio su primer empleo en el negocio familiar. Aunque al inicio sus tareas se limitaban a labores básicas, como limpiar vitrinas, atender clientes y mantener ordenado el local, su interés por aprender el oficio creció rápidamente.

“Cuando yo me vine del cantón me tocaba limpiar vitrinas, atender clientes y hacer limpieza”, recuerda.
Una frase de su hermano Domingo marcó su determinación para aprender el oficio. “A los 18 años la persona tiene que haber elegido qué quiere ser en la vida”, le dijo. Desde entonces, Adelita se propuso dominar el trabajo de la joyería antes de alcanzar esa edad.
“Yo pensaba: a los 18 años tengo que ganarme mi comida. Ahorita me la dan ellos, me dan casa y todo, pero después tengo que ganármela”, relata.
Tras cumplir sus labores en el local, aprovechaba cualquier momento para observar a los joyeros que trabajaban en el taller. Sus primeros aprendizajes fueron con el cobre, bajo la guía de tres artesanos que laboraban en la tienda. Aprendió a estirar el metal, laminarlo y soldarlo hasta convertirlo en argollas y otros accesorios.
Con el tiempo pasó a trabajar la plata y el oro, materiales con los que comenzó a elaborar anillos y otras piezas más complejas. Para aprender, se acercaba a las mesas de trabajo de los artesanos y observaba con atención cada paso del proceso, lo que le permitió desarrollar habilidades que aún hoy domina.
A los 15 años decidió ampliar su experiencia y buscó oportunidades en otras joyerías del centro de San Salvador. Visitó varios establecimientos ofreciendo su trabajo y observando nuevas técnicas. Fue entonces cuando uno de los empleados de su hermano le recomendó buscar empleo en la Joyería Luz, ubicada cerca del parque San José.

“Me dijeron: vaya donde Julio Ramírez, que está por el parque San José, en la Joyería Luz. Fui al día siguiente y le conté que estaba aprendiendo joyería. Me preguntó sobre mi experiencia y me dijo que regresara después de Semana Santa”, recuerda.
Poco tiempo después fue contratada. A sus 15 años recibió su propia mesa de trabajo en el taller.
“Me sentía totalmente bien, segura de mí misma, aunque estaba rodeada de 11 compañeros joyeros”, relata.
En ese entonces ganaba 10 colones semanales como aprendiz. Con el tiempo llegó a devengar el salario mínimo de la época, que era de 105 colones mensuales.
Tras cuatro años en la Joyería Luz, regresó a trabajar al negocio que había pertenecido a su hermano y que luego fue vendido a un cuñado. Posteriormente se incorporó a la Óptica y Joyería La Princesa, donde trabajó durante 25 años.

“Ahí aprendí la joyería fina. Recuerdo a una cliente que me decía: ‘usted tiene manos de ángel’”, cuenta.
Actualmente, a sus 74 años y madre de cinco hijos, Adela continúa elaborando joyería en su propio negocio, Joyería Adela, donde fabrica anillos, cadenas, pulseras, broches, dijes y collares. Además, realiza reparaciones y modificaciones de piezas.
El taller está ubicado en la 75 avenida Norte y calle Mano de León, en San Salvador. Allí trabaja junto a varios colaboradores, entre ellos tres de sus hijos, quienes han heredado el oficio que ella comenzó a aprender siendo apenas una adolescente.
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