Por Oscar Arias Sánchez
El día de hoy amanecimos con una guerra en el Medio Oriente de consecuencias imprevisibles, y por lo que manifiestan las partes en conflicto durará mucho tiempo y empobrecerá al mundo entero. Idos están los días de una conversación que tuve a finales de 2015 con un John Kerry (secretario de Estado de los Estados Unidos) lleno de optimismo por haberse firmado en Viena el Plan de Acción Integral Conjunto, el cual limitaba el programa nuclear de Irán de fabricación de armas nucleares al reducir drásticamente sus reservas de uranio enriquecido y permitir las inspecciones del Organismos Internacional de Energía Atómica. El gobierno del presidente Donald Trump se retiró de dicho acuerdo en mayo de 2018 argumentando que este no era lo suficientemente drástico, ya que no le impediría a Irán la fabricación de armas nucleares ni incluía ponerle fin al programa de misiles balísticos.
Ningún acuerdo es perfecto y no siempre satisface plenamente a todas las partes, pero ello es mejor que dejar abierta la Caja de Pandora para dirimir las diferencias por medio de las armas. La guerra en la que hoy estamos inmersos se inició después de que el gobierno estadounidense decidió no continuar con la negociación con Irán en Ginebra.
Mi lucha por la paz en Centroamérica en la década de los ochenta se proponía no solo silenciar las armas en la región sino también acabar con la dictadura en Nicaragua. Mi vida entera la he dedicado a combatir las tiranías, y más aún las teocracias terroristas que asesinan a sus ciudadanos, por lo que no tengo ninguna simpatía con el régimen de Irán.
El inicio de esta guerra por parte de los Estados Unidos e Israel significa un cambio severo en las prioridades ofrecidas al pueblo norteamericano por el entonces candidato Donald Trump. Se engavetó el América Primero (MAGA) que implicaba luchar por aumentar el bienestar socioeconómico del pueblo norteamericano para dejar en un segundo plano los temas de política exterior. No obstante, recordemos como el presidente Trump alardeaba de haber resuelto una enorme cantidad de conflictos bélicos para justificarle al Comité Nobel en Oslo que nadie como él se merecía ese premio.
El gobierno del presidente Trump en el último año cambió lo ofrecido en campaña. Sus nuevas prioridades consistieron en imponerle aranceles arbitrariamente a todos los países del orbe, apoderarse del petróleo venezolano con un aplaudido encarcelamiento del narcotraficante Nicolás Maduro, anexar Groenlandia y Canadá a su país, quitarle a Panamá el Canal, eliminar los recursos destinados a la cooperación internacional por medio de la AID y construir, quizás su prioridad más importante, un salón de baile en la Casa Blanca.
Estados Unidos es la primera potencia económica y militar del mundo actual y se niega a compartir el poder hegemónico que hoy ostenta con otras naciones que aspiran a ser parte de un mundo multipolar que, con toda legitimidad, desean construir. Hoy esta nación le da órdenes al mundo entero excepto a Israel, ya que desde Jerusalén, por el contrario, la Casa Blanca recibe las órdenes. Atrás quedaron los días en que el senador J. William Fulbright advirtiera en su libro “La arrogancia del poder” el que Washington actúe siempre de manera unilateral ignorando el derecho internacional y la Carta de las Naciones Unidas, organismo creado en 1945 gracias a su liderazgo.
Se le atribuye a Henry Kissinger haber dicho que “ser enemigo de los Estados Unidos puede ser peligroso, pero ser amigo es fatal”. Gracias a su inmenso poderío militar, es muy triste que los Estados Unidos recurra a la acción bélica con tanta frecuencia y desprecie el diálogo y la negociación como la herramienta preferida para solucionar los conflictos. La razón fundamental de que este comportamiento se dé es la necesidad que tiene Washington de alimentar el “complejo militar industrial”. No soy yo el único que así piensa. El héroe del desembarco en Normandía para liberar a Europa del nazismo y dos veces presidente de los Estados Unidos, el general Dwight D. Eisenhower, acertadamente nos lo dijo: “Cada arma que construimos, cada navío de guerra que lanzamos al mar, cada cohete que disparamos es, en última instancia, un robo a quienes tienen hambre y nada para comer, a quienes tienen frío y nada para cubrirse. Este mundo alzado en armas no está gastando solo dinero. Está gastando el sudor de sus trabajadores, el genio de sus científicos y las esperanzas de sus niños».
Expresidente de la República de Costa Rica.