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ONU alerta que las guerras ponen en jaque al sistema alimentario mundial

Al menos 266 millones de personas sufrieron inseguridad alimentaria aguda el año pasado. Naciones Unidas advierte que los conflictos ya no solo destruyen cosechas y mercados: también alteran rutas marítimas y elevan los precios de alimentos, combustibles y fertilizantes a miles de kilómetros de las zonas de combate

Guerra Rusia Ucrania
Empleados reparan secciones de la central termoeléctrica de Darnytska, dañada por los ataques aéreos rusos en Kiev, el 4 de febrero de 2026, en medio de la invasión rusa de Ucrania. Foto AFP

Las guerras están dejando de ser un problema limitado a los territorios donde se libran los combates y están comenzando a sacudir el sistema alimentario mundial, con consecuencias que pueden sentirse desde las zonas de conflicto hasta países ubicados a miles de kilómetros.

Esta fue una de las principales advertencias planteadas por Naciones Unidas durante un debate del Consejo de Seguridad sobre conflicto y hambre, en el que el secretario general de la ONU, António Guterres, alertó que los sistemas que sostienen la producción y distribución de alimentos están cada vez más expuestos a los ataques, según informó la ONU en su página oficial.

“Los sistemas alimentarios críticos, y las vidas y medios de vida que sustentan, están bajo ataque”, afirmó Guterres.

El Programa Mundial de Alimentos (PMA) estima que al menos 266 millones de personas sufrieron inseguridad alimentaria aguda durante el último año, mientras el mundo registró el mayor número de conflictos armados desde la Segunda Guerra Mundial.

Por primera vez en este siglo, Naciones Unidas confirmó simultáneamente condiciones de hambruna en Sudán y Gaza. Además, el conflicto y la violencia son actualmente los principales impulsores del hambre en 12 de los 13 puntos críticos de hambre considerados de mayor preocupación por la ONU.

Guerra y hambre, un círculo que se retroalimenta

Carl Skau, director interino del PMA, describió ante el Consejo de Seguridad cómo la violencia puede desencadenar una cadena de consecuencias que termina profundizando el hambre y, posteriormente, aumentando la vulnerabilidad de las poblaciones frente a nuevos conflictos.

Durante una visita reciente a Somalia, Skau conoció a una familia que había abandonado su granja después de que grupos armados llegaran a exigir pagos para permitirles continuar cultivando la tierra.

La familia recorrió unos 100 kilómetros hasta un campamento para desplazados. Uno de sus hijos murió durante el trayecto.

El caso, según Skau, refleja lo que ocurre en numerosas zonas afectadas por la violencia: los agricultores pierden sus tierras, las comunidades son desplazadas, los mercados dejan de funcionar y las familias pierden sus fuentes de ingresos y alimentos.

La situación se repite con diferentes características en otras regiones.

En Sudán, mercados han sido atacados con drones y misiles. En Haití, la violencia de las pandillas ha aislado a comunidades enteras. En lugares como Gaza, Malí y Myanmar, los enfrentamientos han dificultado el acceso de los trabajadores humanitarios a las personas que necesitan asistencia.

Los efectos llegan a los mercados internacionales

Uno de los cambios que más preocupa a Naciones Unidas es que las consecuencias económicas de las guerras ya no se quedan dentro de las zonas de conflicto.

Un ataque contra un puerto, una ruta comercial o un barco de carga puede afectar los precios de los alimentos en países situados a miles de kilómetros.

El Mar Negro es uno de los principales ejemplos. Rusia y Ucrania se encuentran entre los grandes exportadores de cereales del mundo, pero la intensificación de los ataques ha afectado una de las principales vías utilizadas para transportar alimentos.

Según el PMA, los envíos de cereales a través del Bósforo han disminuido 40 % respecto al año anterior.

Al mismo tiempo, los ataques contra buques comerciales han alterado el transporte marítimo a través del Mar Rojo, mientras que las restricciones y cierres que han afectado el estrecho de Ormuz han agregado presión sobre los mercados internacionales.

El estrecho es especialmente estratégico porque por esa vía circula aproximadamente una quinta parte del suministro mundial de petróleo y un tercio del comercio de fertilizantes.

Skau describió estos puntos como tres grandes “cuellos de botella” marítimos: el Mar Negro, el Mar Rojo y el estrecho de Ormuz.

Las interrupciones en cualquiera de estas rutas pueden repercutir en los mercados de energía, fertilizantes y alimentos.

Para los países con economías sólidas, esto puede traducirse en alimentos más caros. Para las naciones que ya enfrentan crisis alimentarias, puede significar que millones de personas tengan que reducir todavía más sus comidas.

En Sudán los alimentos subieron casi 40 %

El impacto ya es visible en países afectados directamente por la guerra. En Sudán, el costo de los alimentos básicos aumentó aproximadamente 40 % desde febrero, según el PMA.

El incremento del combustible también genera efectos en cadena, porque encarece el riego, el transporte y la molienda.

La situación podría agravarse en las próximas temporadas agrícolas debido a las dificultades para transportar fertilizantes. Una reducción de las exportaciones de estos productos amenaza los ciclos de siembra en África y Asia, por lo que parte de las consecuencias de los conflictos actuales podría aparecer hasta las próximas cosechas.

Somalia: seis millones enfrentan hambre aguda

Somalia representa otro de los puntos críticos. Según Skau, alrededor de seis millones de personas, aproximadamente un tercio de la población del país, enfrentan hambre aguda o condiciones peores.

Además, cerca de dos millones de niños sufren desnutrición aguda o grave.

Sin embargo, el PMA actualmente solo puede atender a unas 600,000 personas, aproximadamente una de cada diez personas que enfrentan hambre aguda.

Los enfrentamientos también dificultan directamente la distribución de ayuda.

Durante los combates registrados recientemente en Baidoa, el PMA no pudo llegar a unos 5,000 niños que necesitaban asistencia nutricional.

La falta de alimentos, además, puede convertirse en un factor que prolongue los conflictos. Las poblaciones desplazadas y empobrecidas pueden quedar más expuestas al reclutamiento por parte de grupos armados y redes criminales.

La advertencia llega antes que la hambruna

Naciones Unidas sostiene que el mundo cuenta actualmente con mejores herramientas para detectar las señales que preceden a una hambruna. El problema está en la capacidad y voluntad para actuar cuando esas señales aparecen.

Skau recordó la hambruna que golpeó Somalia entre 2010 y 2012, cuando murieron cerca de 260,000 personas, aproximadamente la mitad de ellas niños.

Las crisis de 2017 y 2022 no alcanzaron aquella dimensión, en parte porque la ayuda internacional aumentó antes de que la hambruna se extendiera.

Sudán, en cambio, representa una advertencia sobre lo que ocurre cuando las señales de alarma no son atendidas con suficiente rapidez.

Guterres pidió al Consejo de Seguridad actuar antes de que las condiciones sean oficialmente declaradas como hambruna o catástrofe.

“No podemos esperar a que la hambruna o las condiciones catastróficas se confirmen formalmente”, afirmó. “Pido a este Consejo que actúe cuando las luces de advertencia parpadeen”.

Más crisis, pero menos recursos

La preocupación de la ONU se agrava porque el sistema humanitario enfrenta simultáneamente más guerras, más desplazamientos y más interrupciones de las rutas comerciales, pero dispone de menos recursos para responder.

El resultado es un círculo cada vez más difícil de romper: los conflictos destruyen la producción de alimentos, expulsan a agricultores, interrumpen mercados y rutas de suministro y elevan los precios. El hambre resultante aumenta la vulnerabilidad de las comunidades y puede facilitar nuevos conflictos y desplazamientos.

La ONU advierte que el mundo ha mejorado su capacidad para predecir dónde puede aparecer el hambre, pero al mismo tiempo está perdiendo capacidad para evitar que esas predicciones se conviertan en una realidad.

La advertencia del organismo es que esperar a que una hambruna sea oficialmente confirmada puede significar actuar demasiado tarde.

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