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¿Estará libre el estrecho de Ormuz?

¿Conserva Irán la capacidad de atacar, encarecer las primas de seguro y mantener el tráfico comercial por debajo de los niveles normales? Nada es seguro, pero el régimen está sometido a una presión máxima.

Estrecho de Ormuz
Estrecho de Ormuz

El 7 de octubre de 2026, en Atenas, durante una rueda de prensa con el ministro griego de Asuntos Exteriores, George Gerapetritis, el secretario de Estado estadounidense, Marco Rubio, afirmó que el estrecho de Ormuz estaba abierto y que por él salía casi tanto petróleo como antes del conflicto. Irán habría «perdido el control total» del paso. La expresión alude menos a la geografía que a la relación de fuerzas. Desde finales de febrero de 2026, tras los ataques estadounidenses e israelíes contra Irán, Teherán reivindica el control de este cuello de botella, por el que transitaba, antes de la guerra, cerca de una quinta parte de los hidrocarburos mundiales. La República Islámica exige autorización para atravesarlo y expone a ataques a los buques que pasan sin su consentimiento.

La elección de Atenas no es casual. Washington presenta a Grecia como un nodo energético y un pilar de la OTAN en el Mediterráneo oriental. Anunciar allí que el petróleo del Golfo vuelve a fluir sirve para tranquilizar a los aliados europeos —aún vulnerables a las fluctuaciones de los precios— y para vincular Ormuz a una narrativa más amplia: sanciones «devastadoras», una economía iraní «en caída libre», la incapacidad de Teherán para aprovechar las oportunidades de acuerdo y la línea roja nuclear. «Irán no puede tener armas nucleares, punto final», reiteró. Según él, cada dólar recibido por lo que denomina «clérigos chiíes radicales» iría a parar a manos de Hezbolá y Hamás. Así, la apertura del estrecho sirve simultáneamente como argumento militar, económico y diplomático. Las exportaciones de crudo de los productores del Golfo, excluido Irán, alcanzaron al menos 16,5 millones de barriles diarios entre el 1 y el 28 de septiembre, un nivel comparable al promedio anterior a la guerra (sin contar a Irán) y que representa alrededor del 81 % del total regional previo al conflicto.

Este repunte es real: el pasado marzo, tras el cierre del estrecho el 28 de febrero, las salidas de crudo no iraní se desplomaron cerca de un 72 % en diez días. Arabia Saudí lideró el volumen de septiembre, con más de 5 millones de barriles diarios confirmados. El crudo Brent cotizaba en torno a los 100 dólares el día de la declaración de Rubio, muy por encima de los precios anteriores a la guerra, pero sin sufrir un nuevo desplome.

Sin embargo, esta recuperación no implica el regreso al tráfico anterior. Antes del conflicto, alrededor del 83 % del crudo no iraní del Golfo atravesaba Ormuz. En septiembre, el 40 % salió por rutas alternativas que evitaban el estrecho, frente al 17 % anterior: el oleoducto saudí este-oeste hacia el mar Rojo, el oleoducto de Abu Dabi hacia Fuyaira, las cargas en la costa del golfo de Omán y los trasvases de barco a barco frente a las costas de Fuyaira y Sohar. El 60 % restante, unos 9,9 millones de barriles diarios, sí atravesó el estrecho, aunque a menudo en «petroleros lanzadera» que recargaban en alta mar; algunos de ellos desconectaban su sistema de identificación automática al pasar por las zonas de mayor riesgo.

Cientos de buques permanecían fondeados a ambos lados del estrecho. El Mando Central de EE. UU. (Centcom) afirmó ya a mediados de septiembre que el paso seguía abierto bajo coordinación naval, a través de un corredor sur situado en aguas omaníes. Por su parte, Irán mantiene un régimen de autorizaciones, una lista de buques que han utilizado el corredor estadounidense o se han negado a pagar el peaje, así como la amenaza de recurrir a minas o disparos. Coexisten dos versiones: Washington habla de una vía reabierta por la fuerza, mientras que Teherán se refiere a un paso que todavía administra. La violencia no ha disminuido al mismo ritmo que los volúmenes. En la semana que finalizó el 5 de octubre, al menos doce ataques tuvieron como objetivo petroleros, buques metaneros o transportes de GLP en las inmediaciones del estrecho, la cifra semanal más alta desde el inicio de la guerra, según fuentes de seguridad marítima citadas por Reuters.

India informó de que doce miembros de la tripulación resultaron heridos en un petrolero con bandera panameña. El 8 de octubre, otro petrolero fue atacado frente a las costas del norte de Qatar, a unos 500 kilómetros al oeste del estrecho, mientras Irán anunciaba su intención de cerrar la ruta utilizada para eludir el bloqueo. El nivel de amenaza marítima en la región seguía clasificándose como grave. La Guardia Revolucionaria reiteró que cualquier barco que intentara pasar sin autorización sería atacado. Por lo tanto, Marco Rubio tiene razón al afirmar que Irán ya no bloquea la totalidad de las exportaciones del Golfo. En este contexto regional, ¿ha vuelto a ser la ruta totalmente segura? Lo cierto es que Teherán ya no tiene el monopolio del paso, ya que las monarquías han reabierto oleoductos y la marina estadounidense escolta un corredor.

¿Conserva Irán la capacidad de atacar, encarecer las primas de seguro y mantener el tráfico comercial por debajo de los niveles normales? Nada es seguro, pero el régimen está sometido a una presión máxima. Las negociaciones mencionadas en las últimas semanas para poner fin a la guerra y reabrir plenamente el estrecho no han prosperado: Washington descartó un plan iraní de reapertura en siete días por considerarlo inaceptable.

Mientras persista esta divergencia, la declaración de Atenas constituye tanto un argumento de campaña diplomática como una constatación de los hechos. El petróleo vuelve a salir, pero el estrecho de Ormuz sigue siendo un punto estratégico clave.

Politólogo francés y especialista en temas internacionales.

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