En Irán, los sectores pragmáticos —representados por figuras como Abbas Araghchi— se enfrentan a los sectores más radicales vinculados a la Guardia Revolucionaria. En Estados Unidos e Israel, algunos sectores conservadores consideran insuficiente cualquier acuerdo parcial, mientras otros abogan por una salida diplomática rápida
Tres meses después del estallido de la guerra abierta entre Estados Unidos, Israel e Irán, el mundo presencia un escenario geopolítico profundamente paradójico. El presidente Donald Trump encarna esta ambigüedad fundamental: tras regresar al poder reinstauró la política de “máxima presión”, ordenó ataques masivos el 28 de febrero de 2026 como parte de la operación “Furia Épica” y, al mismo tiempo, sostiene desde el pasado 22 de mayo que se está “negociando ampliamente” un acuerdo con Irán.
La muerte del líder supremo iraní Ali Khamenei durante los ataques conjuntos de Estados Unidos e Israel, el cierre parcial del estrecho de Ormuz, el aumento de los precios del petróleo y la crisis humanitaria regional no han impedido la reanudación de contactos diplomáticos. Desde el 8 de abril se mantiene un frágil alto el fuego negociado a través de Pakistán.
Donald Trump habla ahora de un memorando de entendimiento que incluiría la reapertura del estrecho de Ormuz —eje estratégico del comercio energético mundial en el Golfo Pérsico—, un posible alivio de las sanciones y un marco preliminar para abordar posteriormente el programa nuclear iraní.
El mandatario estadounidense nunca ocultó su rechazo al acuerdo nuclear firmado en Viena en 2015, conocido como Joint Comprehensive Plan of Action (JCPOA), al que calificó como “el peor acuerdo jamás negociado”. Durante su primer mandato, en mayo de 2018, retiró a Estados Unidos de dicho acuerdo multilateral e instauró una política de “máxima presión” basada en sanciones extraterritoriales contra el sector petrolero iraní, la designación del Cuerpo de la Guardia Revolucionaria Islámica como organización terrorista en 2019 y la eliminación del general Qassem Soleimani en Bagdad en enero de 2020.
Esta estrategia buscaba asfixiar económicamente al régimen iraní para forzarlo a aceptar un “mejor acuerdo”, que incluyera no solo el enriquecimiento de uranio, sino también los misiles balísticos, el apoyo a grupos aliados como Hezbolá, los hutíes en Yemen y las milicias chiíes en Irak y Siria, así como sus actividades desestabilizadoras en la región.
Las consecuencias económicas para Irán fueron severas: el rial, moneda nacional, se desplomó; la inflación aumentó drásticamente y se produjeron protestas internas, especialmente en 2019 y 2022. Teherán respondió acelerando su programa nuclear mediante el enriquecimiento de uranio al 60 %, incrementando sus reservas y reduciendo la cooperación con el Organismo Internacional de Energía Atómica.
Tras regresar al poder en 2025, Trump reactivó inmediatamente esta doctrina. En marzo de ese año envió una carta personal a Ali Khamenei, inició negociaciones indirectas a través de Omán y fijó plazos estrictos de sesenta días. Las conversaciones se desarrollaron en Omán, Roma y Ginebra, con la mediación del ministro de Asuntos Exteriores omaní, Badr bin Hamad Al Busaidi.
Figuras cercanas al presidente estadounidense, como Jared Kushner y Steve Witkoff, participaron en las discusiones. Sin embargo, las diferencias seguían siendo profundas: Washington exigía “enriquecimiento cero” y el desmantelamiento verificable de las instalaciones nucleares, mientras Teherán defendía su “derecho inalienable” al enriquecimiento civil.
En febrero de 2026, tras expirar los ultimátums, Donald Trump y el primer ministro israelí Benjamin Netanyahu optaron por la vía militar.
El 28 de febrero marcó un punto de inflexión. Los ataques estadounidenses e israelíes alcanzaron más de 900 objetivos: instalaciones nucleares en Natanz, Fordow e Isfahán, bases militares, centros de mando y residencias de altos responsables iraníes fueron blanco de bombardeos.
La muerte de Ali Khamenei, confirmada por las autoridades iraníes, así como la de decenas de dirigentes nacionales, provocó un vacío temporal de poder. Irán respondió lanzando cientos de misiles y drones contra intereses estadounidenses e israelíes y bloqueando parcialmente el estrecho de Ormuz, desencadenando una crisis energética mundial que llevó el precio del petróleo por encima de los 150 dólares por barril en determinados momentos.
Donald Trump justificó la operación afirmando que era necesario impedir que Irán adquiriera armas nucleares y restablecer la disuasión regional. Incluso hizo un llamado al pueblo iraní para sublevarse contra el régimen.
La guerra, aunque breve en su fase más intensa, transformó profundamente el equilibrio regional: debilitó el llamado “Eje de la Resistencia”, reposicionó a los Estados del Golfo y fortaleció el papel mediador de países como Pakistán y Qatar.
Trump ha reiterado en numerosas ocasiones: “Quiero un acuerdo, pero Irán nunca tendrá armas nucleares”. Su impaciencia frente a las negociaciones de febrero de 2026, consideradas insuficientes por sus enviados, precipitó la ofensiva militar. Hoy sostiene que negocia desde una posición de fuerza: Irán está debilitado y el tiempo juega a favor de Washington.
Tras cinco semanas de intensos enfrentamientos, el 8 de abril se alcanzó un alto el fuego negociado a través de Pakistán. Aunque ha sido prorrogado varias veces y se han producido incidentes aislados, el cese de hostilidades se ha mantenido.
Desde entonces, las conversaciones se intensificaron en Islamabad con mediación de Omán y Qatar. Entre el 23 y el 24 de mayo, Trump anunció la negociación de un memorando de entendimiento que incluiría:
La reapertura segura del estrecho de Ormuz durante sesenta días, sin peajes iniciales.
La gestión de las reservas de uranio enriquecido al 60 %, incluida una posible reducción de su concentración o transferencia.
El levantamiento gradual de ciertas sanciones a cambio de concesiones iraníes.
El aplazamiento de negociaciones nucleares más detalladas.
Irán insiste en excluir las cuestiones nucleares del acuerdo provisional, mientras Estados Unidos mantiene la presión mediante un bloqueo naval parcial. Al mismo tiempo, persisten divisiones internas tanto en Teherán como en Washington.
En Irán, los sectores pragmáticos —representados por figuras como Abbas Araghchi— se enfrentan a los sectores más radicales vinculados a la Guardia Revolucionaria. En Estados Unidos e Israel, algunos sectores conservadores consideran insuficiente cualquier acuerdo parcial, mientras otros abogan por una salida diplomática rápida.
La tentación de alcanzar un acuerdo es real para ambas partes. Para Washington, significaría cerrar un capítulo costoso y proclamar una victoria diplomática. Para Irán, bajo el presidente Masoud Pezeshkian y el liderazgo interino surgido tras la muerte de Khamenei, supondría obtener un respiro económico y avanzar hacia la reconstrucción del aparato estatal y de seguridad.
A partir de este contexto, pueden contemplarse varios escenarios:
Un acuerdo interino basado en el memorando de entendimiento sobre Ormuz y el uranio, seguido de negociaciones más amplias.
Una versión reforzada del JCPOA con mecanismos permanentes de inspección.
El fracaso del proceso diplomático y la reanudación de los ataques.
Un statu quo inestable marcado por la coexistencia entre presión militar y negociación política.
La política de “máxima presión” ha creado ciertas condiciones para un eventual compromiso, pero el estilo imprevisible de Donald Trump vuelve frágil cualquier entendimiento.
En mayo de 2026, entre las ruinas de la guerra, esta tentativa diplomática refleja sobre todo un reconocimiento pragmático del costo de las hostilidades. Queda por ver si el “negociador” logrará transformar sus declaraciones en acuerdos duraderos o si se tratará apenas de un nuevo episodio dentro de un conflicto llamado a prolongarse.
Mientras tanto, Donald Trump necesita exhibir una victoria en el escenario internacional. Si no logra consolidar avances frente a Irán, podría verse tentado a actuar en otros frentes considerados menos riesgosos desde el punto de vista militar, como el caso cubano, cuya dimensión simbólica sigue siendo significativa en la política hemisférica desde 1959.
Más que nunca, los asuntos internacionales han vuelto al centro de la agenda de la administración estadounidense, que busca recuperar apoyo interno a pocos meses de las elecciones legislativas de medio mandato.
Politólogo francés y especialista en temas internacionales.