Inaugurado en 1971 como un símbolo de modernidad para dar la bienvenida a San Salvador, el Reloj de Flores hoy vive en un letargo eterno. Su maquinaria sucumbió ante la humedad, el peso de sus propias manecillas y el vandalismo, pero que se resiste a desaparecer, sobreviviendo en la memoria colectiva como un vistoso jardín en medio del caótico tráfico capitalino.


























