[ OPINIÓN ] Los terrenos de juego deberían ser la piedra angular para intentar cambiar la cara al fútbol «profesional» en El Salvador, por @RobbieRuud
[ OPINIÓN ] Los terrenos de juego deberían ser la piedra angular para intentar cambiar la cara al fútbol «profesional» en El Salvador, por @RobbieRuud

Resulta a todas luces evidente que la restructuración del fútbol salvadoreño, situando a la Primera División como prioridad absoluta en el orden de prelación, constituye una labor de sastrería de alta complejidad donde se deben remendar piezas severamente desgastadas o, en su defecto, confeccionarlas desde cero.
Esta tarea de revalorizar un producto que durante décadas ha quedado a merced de una dirigencia carente de visión y transparencia resulta sencillamente titánica, una empresa que exige la conjugación de dos variables macroeconómicas fundamentales como lo son el flujo de financiamiento y la inversión de tiempo.
Dentro de este vasto entramado de carencias, una de las aristas más críticas es, sin duda, el estado de los campos de juego, ese escenario donde los protagonistas deben interpretar su obra y que ha sido históricamente el eslabón más débil de la cadena profesional.
Pues la precariedad de los terrenos ha sido una constante desde tiempos inmemoriales donde hoy solo sobrevive en el imaginario colectivo —con ribetes casi míticos— la idea de un Estadio Cuscatlán que, previo a la desafortunada intervención para realizar espectáculos de motocross en los años noventa, poseía un engramillado de estándar internacional y un sistema de drenaje extraordinario.
Hoy, lamentablemente, aquellas postales han sido sepultadas por la realidad y no se vislumbra un campo en condiciones óptimas que logre sostenerse durante la totalidad de un torneo corto, ignorando que apostar por una dignificación real de las canchas tendría un efecto multiplicador en la calidad del espectáculo, permitiendo que el trato del balón deje de ser un ejercicio de azar para convertirse en un acto de precisión técnica donde la fluidez sea la regla y no la excepción.
Bajo este prisma, el futbolista dejaría de priorizar la seguridad del despeje rústico ante el temor de un rebote imprevisto, una preocupación que parece ajena a una dirigencia que rara vez tiene la deferencia de consultar a los profesionales sobre las condiciones del suelo donde operan.
Para muchos elementos locales la precariedad es un hábito, pero para el profesional de fuste el terreno es su herramienta esencial, y más allá de lo estético, subyace el drama de la salud laboral, dado que la cantidad de lesiones derivadas del mal estado de la superficie siempre inquieta.
Si bien la excelencia de un césped no anula el riesgo, sí lo reduce a su mínima expresión protegiendo el capital más valioso de cualquier institución: el futbolista.
En última instancia, mientras el escenario donde se dirimen los grandes acontecimientos no esté a la altura de la jerarquía que se pretende proyectar, cualquier intento de modernización -a través de la gestión del conocimiento o nutridos cuerpos técnicos- resultará ciertamente estéril, pues si los cimientos de la división de privilegio presentan este grado de erosión, pensar en una reestructuración así para la Segunda o Tercera categoría se sitúa hoy, lamentablemente, en el plano de la más absoluta utopía.
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