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Bielsa y Muslera ¡lárguense, lárguense cuanto antes!

OPINIÓN. La participación de Uruguay en la Copa del Mundo FIFA 2026 no fue una fatalidad del destino, sino la consumación de un naufragio largamente anunciado. Presa de los desvaríos ideológicos de un entrenador aburguesado en su propia retórica y de la alarmante decrepitud técnica de un arquero que hace años debió ser un respetable recuerdo, la Celeste asistió de rodillas a su propia devaluación. Es hora de que ambos tengan la decencia de dar un paso al costado y marcharse para siempre de tan histórica selección

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Foto: AFP

El daño que el señor Marcelo Bielsa le ha infligido al patrimonio futbolístico de la República Oriental es de una gravedad institucional absoluta.

Sus credenciales actuales, desprovistas de títulos significativos en el corto y mediano plazo, parecen residir exclusivamente en sus modales monacales y en esas discursos intelectualoides que embelesan a los compradores de espejitos de colores de este siglo XXI.


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Bielsa tomó las riendas de un plantel que ya venía astillado tras el insípido y sobrevalorado ciclo de Diego Alonso, y aunque logró adormecer las críticas con un inicio auspicioso en las Eliminatorias, el desenlace respondió a una lógica implacable: este equipo no daba, ni por asomo, la talla para una cita mundialista.

El proceder de Bielsa es un bucle melancólico que repite con rigidez evangélica en cada latitud que visita:

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Un pico de rendimiento electrizante y de un despliegue físico desmedido. El desgaste prematuro de un núcleo acotado de catorce o dieciséis futbolistas a los que termina incinerando. La consecuente pérdida del control del vestuario —esa fractura que la prensa rioplatense olfateó con precisión tras bambalinas—.

Una aparatosa y repetida autocrítica pública que le devuelve, según su propio código ético, una dignidad artificial.

Ya es suficiente, Marcelo. Guarde sus carpetas y traslade su verborragia a los claustros universitarios; dicte cursos de antropología, sociología o la disciplina humanística que le plazca, porque el traje de seleccionador uruguayo le quedó inmensamente holgado.

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Foto: AFP

De la estirpe del maestro al papelón frente al desierto

La debacle comenzó a gestarse en el debut, con aquel impresentable empate insólito ante una Arabia Saudita que se limitó a estacionar un ómnibus frente a su valla al más puro estilo del catenaccio italiano.

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Allí quedó certificado que lo que mal empieza, indefectiblemente mal acaba.

Qué distancia sideral separa este presente de las glorias pretéritas: en Rusia 2018, la estirpe de Óscar Washington Tabárez (muy criticado desde la insensibilidad por mi persona) secundada por la jerarquía de Luis Suárez y Edinson Cavani, despachó a ese mismo rival sin despeinarse; en este 2026, la impotencia creativa ni siquiera alcanzó para arañar una victoria pírrica.

Una necedad carísima. La obstinación de Bielsa por mantener la titularidad de Fernando Muslera, arrastrando un inventario de falencias largamente documentadas, constituye un capricho de un costo deportivo fatídico.

El seleccionador demostró ser un terco incorregible, muy bien remunerado por cierto, que prefirió hundirse con sus dogmas antes que apelar a la sensatez.

El mito de 2011 y la impunidad del arco celeste

Lo de Fernando Muslera excede los límites de la tolerancia. Estamos en presencia de un guardameta cuyas prestaciones siempre fueron más idóneas para el ámbito de clubes que para las exigencias de la alta competencia internacional a nivel de selecciones.

El golero ha vivido de rentas durante más de una década en el predio de la AUF, amparado exclusivamente en aquella mítica tanda de penales contra la Argentina en la Copa América 2011.

El resto de su bitácora es una saga de terror, un compendio de desatenciones y un fiasco que ha penalizado a la Celeste en cada competencia de fuste.

Resulta inadmisible el desacato ético de Muslera al aceptar una convocatoria para la cual ya no poseía las respuestas físicas ni anímicas elementales.

Si desde la Copa del Mundo de 2018 era de público conocimiento que su ciclo estaba perimido, ¿qué pretendía demostrar? ¿Qué quimera le hizo suponer que esta vez el libreto sería diferente?

El daño está hecho: en el entretiempo del duelo ante España, abrumado por su quinta zoncera del torneo, pidió el cambio, pero el barco ya se estaba yendo a pique por su exclusiva responsabilidad.

Un epitafio para la dignidad oriental

Cualquiera que sienta un mínimo respeto por la idiosincrasia charrúa experimentará hoy una profunda vergüenza ajena.

Esta eliminación representa la crónica de una muerte anunciada: Muslera sostuvo el cincel del error y Bielsa martilló con saña hasta hacer añicos la ilusión de más de tres millones de compatriotas.

Han pisoteado el orgullo de una camiseta histórica como si fuera una alfombra de bajo copete.

Si uno tuviera la potestad de decidir, no pisaría suelo oriental hasta que este binomio -Bielsa/Muslera- abandone el Complejo Celeste. Váyanse y no regresen nunca más.

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