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Leyendas de la música salvadoreña: Luis López, el monseñor del rock nacional

Por décadas, el nombre de Luis López ha estado ligado a los acordes que marcaron a toda una generación de salvadoreños. Sin proponérselo, se convirtió en protagonista de la época de oro de la música juvenil en Centroamérica, y que todavía hoy es recordado como una de las voces emblemáticas del rock and roll en español.

Luis López es el ícono del rock n' roll de El Salvador por excelencia. Foto: EDH / Menly González

En El Salvador hay nombres que se pronuncian con reverencia cuando se habla de la historia del rock and roll. Entre ellos, uno resuena con fuerza y cariño: Luis López, conocido como el Monseñor del rock o el Ruko Rock.

Desde los años 60, cuando el país vivía la euforia de los primeros grupos juveniles, hasta la actualidad, López ha mantenido viva la llama de una música que marcó a generaciones enteras.

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El originario de San Miguel se enamoró del rock and roll siendo apenas un adolescente. En su juventud formó parte de distintos grupos, hasta consolidarse como una de las voces más reconocidas de la época.

Creció a nivel artístico en la colonia La Rábida, en San Salvador, donde la música era un juego de esquina y serenata. Junto a amigos como Víctor Suncín se reunía para cantar boleros, imitando a tríos como Los Panchos.

“Era un ambiente sano, con guitarras prestadas y mucha ilusión”, recuerda. Fue en ese entorno donde se cruzó con artistas, actores y músicos que lo introdujeron poco a poco al mundo del espectáculo.

A inicios de la década de los 80, Luis López era uno de los máximos teloneros en eventos de gran magnitud. Foto: cortesía Luis López
A inicios de la década de los 80, Luis López era uno de los máximos teloneros en eventos de gran magnitud. Foto: cortesía Luis López

La llegada de guitarras eléctricas al país abrió un nuevo capítulo. En 1965, López fue invitado a cantar con Los Firefingers y poco después se integró a una de las bandas más importantes del país: Los Supersónicos.

Con ellos grabó discos de 45 rpm que hicieron historia en la radio salvadoreña, como «Trátala bien» o «Jambalaya». El gran salto se dio cuando, tras ganar un festival, lograron grabar un LP con una disquera aliada de RCA.

El álbum, titulado simplemente «Los Supersónicos» (1966), incluyó temas originales como «Se me olvidará», que se convirtió en un himno radial. La radio fue clave: locutores como Tito Carías y Willie Maldonado impulsaron la música nacional y marcaron la época de oro del rock salvadoreño.

Tras varios años con Los Supersónicos, López siguió distintos caminos: integró grupos como American Brass y Gracias, pero también se lanzó como solista. En los años 70 y 80 grabó discos de recopilación como «Recuerde sus éxitos», que mezclaban clásicos del rock con temas propios.

Su popularidad lo llevó a la televisión con el programa “Luis López y sus invitados”, transmitido por Canal 2, donde compartió escenario con artistas nacionales de la época. También fue figura en espacios nocturnos como el Hotel Camino Real y clubes como Picadilly, que marcaron el pulso cultural de San Salvador en los años previos al conflicto armado.

Durante la guerra civil, sobrevivir en los escenarios fue un reto. López siguió cantando en bares y restaurantes, incluso en medio de toques de queda y estallidos de bombas. “Mientras sonaban afuera, nosotros hacíamos pijamadas en los clubes: la gente llegaba desde las cinco de la tarde y no salía hasta el amanecer”, relató al recordar sus veladas.

En 1999 protagonizó el proyecto Solo Grandes, junto a figuras como Remberto Trejo (Los Vikings) y Julio Paiz (Hielo Ardiente). El show, que recorrió el país, fue un reencuentro con miles de salvadoreños fieles al sonido de los 60.

Poco después, en el año 2000, fundó el mítico restaurante, bar y escenario Ruko Rock en Los Planes de Renderos, un espacio dedicado a revivir el espíritu del rock clásico. Allí, acompañado por su grupo Raíces, se convirtió en anfitrión semanal de veladas musicales que congregaron a varias generaciones.

El apodo de “Monseñor del Rock” surgió por la fidelidad con la que ha defendido durante décadas la música de los 60; fue bautizado con ese apodo cuando se presentó en el escenario del inolvidable Malibú, él fue anunciado como una eminencia, una leyenda.

Luis López señaló que el rock n´roll de los 60 nunca morirá. Foto: EDH / Menly González
Luis López señaló que el rock n´roll de los 60 nunca morirá. Foto: EDH / Menly González

En cuanto a su vida personal, esta no estuvo exenta de dificultades: creció sin el cobijo de un hogar estable y atravesó problemas de alcohol y adicciones. El punto de inflexión llegó en 2005, cuando en medio de una experiencia espiritual escuchó por primera vez un “te amo” que transformó su vida.

Según cuenta, fue la voz de Jesús la que le dio el abrazo que nunca había recibido. “Ese día sentí una felicidad que nunca había sentido, ni siquiera con una mujer”, comentí. Desde entonces decidió llevar su música también al ámbito cristiano, grabando discos de alabanza y compartiendo testimonios en iglesias y fraternidades.

En paralelo, su conversión lo llevó a reconciliarse con viejos conflictos, como aquella pareja de vecinos que lo denunciaba por tocar la música a todo volumen: “Me acerqué, los abracé y pedí perdón”. Ese gesto, dice, marcó también la fe de su esposa, quien desde entonces lo acompaña en la vida comunitaria.

Si algo distingue a Luis López es su fidelidad a la música que le dio popularidad. “Yo no cambio mi música por nada. Soy el único que ha mantenido viva esa época, esa esencia”, afirma con orgullo.

Su trayectoria ha sido reconocida por distintas instituciones, aunque él prefiere el aplauso del público antes que los homenajes oficiales. “¿Cómo me van a evaluar como artista diputados que ni me conocen? Prefiero el reconocimiento del público que me sigue desde siempre”, señaló cuando se le consultó sobre por qué no había aceptado el título de «Hijo Meritísimo de El Salvador», otorgado por la Asamblea Legislativa.

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En la actualidad se le puede ver y escuchar cada domingo en restaurante el Sombrero Azul, su público fiel lo escucha interpretar clásicos como «Era un muchacho», «Ayer tuve un sueño» o «Popotitos», temas de los que él admite no puede separarse aunque lo quisiera, su público siempre insiste en que interprete esos temas que le dieron fama en toda la región.

“Quiero que me recuerden como alguien que defendió su estilo, que luchó por mantener viva la música de los 60. Yo voy a morir con el rock and roll y el rock and roll nunca va a morir”, afirma.

Su lema de vida es sencillo pero poderoso: “Paz y amor”.

Fiel a su estilo, sin concesiones ni modas pasajeras, Luis López seguirá siendo el Monseñor del Rock, la voz que representó a una época y que, seis décadas después, todavía resuena en cada acorde.

(Artículo elaborado con asistencia de IA)

Luis López y su legado musical. Infografía El Diario de Hoy
Luis López y su legado musical. Infografía El Diario de Hoy
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