Entre carpas multicolores y leyes de exclusión, el pueblo Rom o gitano forjó una herencia invisible en El Salvador, resistiendo al estigma para heredarle a nuestra identidad palabras, misticismo y libertad
Entre carpas multicolores y leyes de exclusión, el pueblo Rom o gitano forjó una herencia invisible en El Salvador, resistiendo al estigma para heredarle a nuestra identidad palabras, misticismo y libertad

El viento del siglo XX en El Salvador no solo traía el aroma del café y el estruendo de las locomotoras; también cargaba con una algarabía colorida, un sonido de panderos y el crujir de carromatos que anunciaba la llegada de los llamados «húngaros».
Para las generaciones de salvadoreños que crecieron antes de la era digital, la palabra «gitano» evoca una nostalgia profunda: la de las carpas levantadas en los predios baldíos, las adivinaciones bajo la luz de las velas y aquel temor reverencial infundido por los adultos que advertían, entre mitos y prejuicios, que «los gitanos se llevan a los niños».
Sin embargo, tras ese velo de leyenda y misterio, se esconde la historia de un pueblo —el pueblo Rom o romaní— que navegó las aguas de la marginación estatal y social, dejando una huella indeleble en la identidad salvadoreña que hoy 8 de abril, en el Día Internacional del Pueblo Gitano, es imperativo rescatar del olvido.
La historia de los gitanos en El Salvador es, en gran medida, una historia de resistencia ante la invisibilidad impuesta. El historiador Carlos Cañas Dinarte señala que, tras siglos de sobrevivir a medidas coercitivas en España, el pueblo Rom fue autorizado por Carlos III para cruzar el Atlántico, trayendo consigo no solo sus peroles de estaño y trajes multicolores, sino también la «intolerancia e incomprensión» que los tildaba de desarrapados y violentos (Cañas Dinarte, 2019).

Esta estigmatización alcanzó su punto más crítico bajo el régimen del general Maximiliano Hernández Martínez. La Ley de Migración de 1933 prohibió explícitamente el ingreso de gitanos al territorio nacional, clasificándolos como personas de «malas costumbres» debido a su nomadismo.
Esta normativa no fue un hecho aislado; fue la máxima expresión de una cerrazón cultural que pretendía a un El Salvador homogéneo, donde el errante no tenía cabida. Según las investigaciones del investigador salvadoreño Marvin Aguilar, este clima forzó a muchos a una «muerte socio-biológica», donde las familias debieron ocultar su lengua y origen bajo apellidos locales para evitar la persecución.
Algo similar a lo que ocurrió con los pueblos indígenas del país, tras el levantamiento de 1932.
DE SAN ALEJO A SONSONATE, UN MAPA DE LIBERTAD
Pese a las leyes, el pueblo Rom se filtró por las fronteras nacionales, movido por una fuerza ancestral: la itinerancia.
El investigador Ismael Crespín, en entrevista ofrecida antes de la pandemia, indicó que en el occidente de la nación cuscatleca hay una iniciativa pro rescate de la memoria viva rom, a través de los adultos mayores.

Por ejemplo, a través de mapas etnoculturales del Instituto RAIS, los ancianos han logrado ubicar los «puntos de luz» donde las caravanas solían acampar: el barrio Veracruz de Sonsonate, el predio del parque San Martín y el Mercado Dueñas en Santa Tecla, las alturas de lo que hoy es Plaza Merliot y las calurosas tierras de San Alejo en La Unión.
Crespín destaca que estas caravanas eran «vistosas, guapas y llenas de algarabía», rompiendo la monotonía de los pueblos con espectáculos de circo y la magia de las adivinaciones.
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Aunque la Iglesia y el Estado los etiquetaron como «gente malvada» o estafadores, la gente los buscaba por las noches, casi a escondidas, para consultar el destino o recibir un «favor» que, en la tradición oral de Sonsonate y Caluco, se consideraba una forma de magia poderosa. Crespín mencionó que, incluso hoy, los ancianos recuerdan su música y su fiesta, describiéndolos como seres «sumamente atractivos» que traían la novedad al pueblo.
¿Qué queda de ellos en el El Salvador de hoy? Mucho más de lo que la historia oficial admite. Cañas Dinarte plantea una hipótesis fascinante sobre nuestra lengua: el término «chero», tan propio del habla salvadoreña para designar a un amigo, podría tener su raíz en el romaní Shero Rom (padre de familia o cabeza de grupo). Si esto es así, cada vez que un salvadoreño llama a otro «chero», está rindiendo un homenaje inconsciente a la fraternidad de la carpa.

Además, su influencia se fundió con el paisaje espiritual del país. En Usulután, el investigador Crespín recuerda que Wolfgang López habló en su oportunidad sobre los «encantos» —seres espirituales guardianes de manantiales y cuevas— atribuidos a figuras gitanas. Esta fusión entre el misticismo Rom y la cosmovisión local creó una mitología popular única en la región, donde el gitano no es solo un extraño, sino un guardián de la tierra.
DEUDA CON LA MEMORIA COLECTIVA
Los gitanos en El Salvador demostraron una capacidad asombrosa para mantener su esencia mientras aprendían el castellano y las costumbres locales. Como señala la investigación «Los Gitanos: Tras la huella de un pueblo nómade» (Paternina & Gamboa, 1999), su lengua romaní funcionó como un mecanismo de preservación étnica: aprendían la lengua del «gadye» (el no gitano) para sobrevivir y negociar, pero mantenían su idioma original como un cofre cerrado donde guardaban su verdadera identidad.
Hoy, aunque las grandes caravanas de carretas de madera han desaparecido y han sido sustituidas por camiones o viviendas fijas en barrios de San Miguel o Santa Ana, la herencia persiste. Está en los apellidos de familias con tradición comercial; está en el dinamismo de los mercados y en esa capacidad salvadoreña de «rebusque» e itinerancia que tanto se parece al nomadismo Rom.

Incluso en nuestra gastronomía, se perciben esos cruces culturales en platos como la «pupusa frita» de oriente o los tamales de «hijos de panal» (crías de una avispa), el tepite -tamal hecho a base de chimbolos y masa de alghuaste-, recetas que hablan de una adaptación creativa al entorno.
Recordar a los gitanos en su Día Mundial es aceptar que El Salvador no es solo mestizaje de español e indígena, sino también un mosaico donde el pueblo Rom puso su «granito de arena».
Como afirma Ismael Crespín, existe una «deuda histórica» con ellos. Es momento de reconocer que aquellos «húngaros» que hacían ruido al llegar al pueblo no eran solo visitantes, sino arquitectos invisibles de nuestra cultura popular, enseñándonos que la patria no es solo el suelo que se pisa, sino el camino que se recorre con libertad.
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