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Entre ríos e incienso: Cacaopera lava la ropa de sus imágenes religiosas

Cada 5 de febrero, Cacaopera renueva un pacto ancestral con el agua, la fe y la memoria del pueblo kakawira. Ese día se lleva a cabo la tradición del lavado de la ropa de las imágenes religiosas.

Lavado Ropa Sagrada en Cacaopera
Mujeres devotas de Cacaopera, en Morazán, lavan en el río Torola la ropa de las imágenes de santos y vírgenes. Foto EDH/ Miguel Lemus

Cada 5 de febrero, cuando la mañana apenas empieza a desperezarse en las montañas del norte de Morazán, el distrito de Cacaopera se convierte en escenario de una de las tradiciones más antiguas y simbólicas del pueblo kakawira: la lavada ritual de la ropa de las imágenes religiosas de su iglesia colonial. No es un simple acto de limpieza. Es, más bien, un diálogo profundo entre la fe cristiana y la cosmovisión indígena, un gesto de agradecimiento a la naturaleza y al espíritu del agua que ha dado vida, sustento e identidad a esta comunidad.

Desde las siete en punto de la mañana, los feligreses comienzan a reunirse en el templo del pueblo. Tras participar en la celebración eucarística, se procede al ritual de entrega de las prendas que visten a los santos y vírgenes, así como otros elementos utilizados en actos litúrgicos y celebraciones religiosas.

Cada conjunto de ropa se organiza cuidadosamente en un “tanate”, una especie de atado que guarda no solo telas, sino también siglos de simbolismo y devoción. Ahí van guardadas las prendas de la virgen del Tránsito (patrona de la población), la virgen de la Exaltación de la Cruz, San José, Jesús Nazareno, la virgen de la Medalla Milagrosa y la virgen del Carmen.

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Ese primer ritual ocurre frente al altar mayor de la iglesia. Don Daniel Ramos, de 79 años, quien es un conocedor de las prácticas ancestrales, dirige la ceremonia. Con incienso encendido, sahúma las prendas mientras se elevan rezos antiguos hacia los cuatro puntos cardinales. El humo perfumado asciende lento, mezclándose con la penumbra del templo y con las plegarias que parecen no distinguir entre santos católicos y fuerzas de la naturaleza. Este momento marca el inicio formal de la jornada y revela, con claridad, el sincretismo religioso que define a la celebración.

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Feligres salen de la iglesia colonial rumbo al río. La peregrinación es acompañada con música de cuerdas. Foto EDH/ Miguel Lemus

Tras el rito, los tanates son entregados a señoras devotas que los cargan con solemnidad. Luego, la comunidad sale en peregrinación rumbo a Los Encuentros, el punto donde el río Chiquito se funde con el río Torola. El trayecto se anima con música local: violines, guitarras y requintos marcan el paso, mientras los cuetes de vara estallan en el aire, anunciando que el ritual está en marcha.

El camino es de tierra, serpenteado y cuesta abajo. Entre rezos, conversaciones y risas suaves, los feligreses avanzan acompañados por el paisaje agreste de Cacaopera. Destacan en la caminata algunas ancianas de ascendencia kakawira, guardianas visibles de la tradición. Visten atuendos autóctonos de corte sencillo, con delantal, bolsos tipo morral y una toalla sobre la cabeza a modo de tapado. Sus collares rojos, elaborados con semillas de palo de pito, resaltan como pequeños símbolos de resistencia cultural frente al paso del tiempo.

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Peregrinación hacia el lugar donde se unen los ríos Chiquito y Torola. Foto EDH/ Miguel Lemus

Un acto cargado de simbolismo

Antes de llegar al río, la comitiva se detiene en un amplio terreno dedicado a la siembra de maicillo. Frente a un cerro imponente, con forma de pico que parece vigilar la cuenca, se realiza un segundo ritual, casi idéntico al primero. La ropa se coloca sobre un manto extendido en el suelo y nuevamente se sahúma con incienso, reforzando la conexión entre la tierra, el agua y lo sagrado.

Luego, el grupo se acerca al río. Esta vez, los feligreses van acompañados por estudiantes de segundo año de bachillerato de una institución educativa local, un gesto que busca transmitir la tradición a las nuevas generaciones. En el lugar se hacen más rezos.

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Don Daniel Ramos, de 79 años, haciendo el ancestral ritual de inciensar la ropa. Foto EDH/ Miguel Lemus

A orillas del Torola —conocido por los lugareños como el río Grande— las señoras y demás lugareños avanzan con cuidado entre las piedras hasta el cauce y comienzan a lavar las prendas, utilizando jabón de baño. El agua corre clara, reflejando el sol y las manos que, con paciencia, frotan las telas cargadas de simbolismo.

Una vez lavada, la ropa se tiende a secar sobre cuerdas previamente colocadas por colaboradores. Mientras el sol hace su trabajo, la comunidad regresa al punto donde se realizó el ritual para participar en el rezo del Santo Rosario, esta vez dirigido por el párroco local, el padre Armando Cruz. Los cantos religiosos se elevan en armonía con el murmullo del río, sellando el encuentro entre la liturgia católica y la espiritualidad ancestral.

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Concluidos los rezos, llega el momento del ágape. Colaboradores reparten de manera ordenada arroz meneado, café de olla, tamales pisques, arroz en leche y guineos majonchos y manzano. Toda la comida ha sido donada por los feligreses, reafirmando el carácter comunitario de la celebración. Comer juntos, a la orilla del río, es también parte del ritual.

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Parroquianos pasando el río Chiquito para luego llegar al cauce del Torola. Foto EDH/ Miguel Lemus

La jornada, sin embargo, comienza desde la noche anterior. Algunos parroquianos se quedan a dormir junto al río para realizar preparativos; a este acto se le conoce como la “Velación”. Es una vigilia silenciosa y respetuosa, en la que se cuida el espacio sagrado antes del ritual principal.

Profundas raíces indígenas

Esta celebración es una clara expresión del sincretismo religioso que caracteriza a muchas comunidades indígenas de El Salvador. En Cacaopera, la fe católica introducida durante la colonia se fusionó con las creencias kakawiras, dando lugar a ceremonias donde los santos conviven con los elementos naturales. El agua, en particular, ocupa un lugar central como fuente de vida y entidad espiritual.

Cacaopera, distrito de profundas raíces indígenas, es uno de los pocos lugares donde la cultura kakawira aún se reconoce y se reivindica. Aunque el idioma ancestral prácticamente ha desaparecido, las tradiciones, la memoria colectiva y los rituales continúan siendo un eje de identidad.

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Luego de lavarse la ropa se pone a secar bajo el sol. Foto EDH/ Miguel Lemus

La lavada de ropa de las imágenes no solo agradece por el agua; también es una súplica. Se pide que no falte el líquido para las cosechas, que no se sequen los ríos ni las pozas, que el invierno sea generoso, que la madre naturaleza sea cuidada y que haya árboles que den vida y alimento suficiente en los hogares. En cada plegaria late el deseo de equilibrio entre el ser humano y su entorno.

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Bendición de los alimentos. Foto EDH/ Miguel Lemus

Así, entre sahumerios, música, rezos y agua corriente, Cacaopera renueva cada año un pacto antiguo. Un pacto que recuerda que la fe también puede fluir como un río: mezclando tiempos, creencias y memorias, sin perder nunca su cauce.

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