La fiesta católica de la Epifanía celebra la manifestación de Jesús ante los Magos de Oriente. Esta tradición une historia, fe y reliquias custodiadas en la Catedral de Colonia y el Monte Athos.
La fiesta católica de la Epifanía celebra la manifestación de Jesús ante los Magos de Oriente. Esta tradición une historia, fe y reliquias custodiadas en la Catedral de Colonia y el Monte Athos.

La festividad de los Reyes Magos, conocida litúrgicamente como la Epifanía, marca uno de los momentos más simbólicos del cristianismo: la «manifestación» de Dios al mundo pagano.
Según la tradición consolidada por San Agustín, destacada en nota del sitio misionerosdigitales.com, estos sabios llegaron a Belén 13 días después del nacimiento del Señor, lo que hoy se celebra el 6 de enero. Pero, ¿quiénes eran estos magos?
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Históricamente, los llamados «magos» no eran monarcas en el sentido moderno, sino que constituían una influyente clase sacerdotal originaria de lo que hoy es Irán. Se establecieron con gran prestigio en Babilonia (actual Irak), donde destacaron por su dedicación al estudio de la astronomía y la astrología.
Su interés por el Niño Jesús nació del contacto con los judíos, quienes habían difundido por Occidente la esperanza de un Mesías. Basándose en sus conocimientos científicos de la época, creían que el destino de los grandes personajes estaba vaticinado por el movimiento de los astros, lo que los llevó a seguir una misteriosa estrella a Belén.

La idea de que eran reyes carece de fundamento histórico estricto; parece derivar de una interpretación posterior de salmos bíblicos que mencionan a monarcas ofreciendo tributos.
De hecho, en las representaciones del arte cristiano primitivo, nunca aparecen con coronas o atributos regios, sino vestidos con hábitos de nobles persas y el tradicional gorro frigio. Aunque existen teorías que sitúan su origen en Arabia, Egipto o Etiopía, la evidencia arqueológica más antigua apoya su procedencia de Persia.
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Como el evento histórico clave ocurrido en el año 614, cuando soldados persas respetaron la Basílica de la Natividad en Belén al reconocer a los Magos de un mosaico como compatriotas suyos por su indumentaria.
El número definitivo de tres magos no fue inmediato; los monumentos arqueológicos antiguos muestran desde dos hasta ocho integrantes, y las tradiciones orientales incluso mencionan a doce.

Fue el Papa San León I, en el siglo V, quien estableció formalmente el número de tres, probablemente en correlación con los dones ofrecidos (oro, incienso y mirra), según lo planteado en el artículo publicado en el portal Misioneros Digitales.
Este mismo papa fijó sus razas como blanca, negra y amarilla para representar a toda la humanidad conocida, vinculándolos con los hijos de Noé: Sem, Cam y Jafet. En cuanto a sus nombres, Melchor, Gaspar y Baltasar empezaron a utilizarse de forma familiar a partir de los escritos del teólogo inglés Beda el Venerable en el siglo VIII, sustituyendo a variantes más antiguas como Bisthisares, Melechior y Guthaspa, que se encuentran en un antiguo manuscrito que aparece en los siglos VII y IX, en París e Italia.
Benedicto XVI los describió en su homilía de la Epifanía del 6 de enero de 2012, en la Basílica Vaticana, de esta forma: «Eran personas con un corazón inquieto, que no se conformaban con lo que es aparente o habitual. Eran hombres en busca de la promesa, en busca de Dios. Y eran hombres vigilantes, capaces de percibir los signos de Dios, su lenguaje callado y perseverante…». Para el papa alemán, los magos de oriente son los que iniciaron la peregrinación hacia Jesús.
SIMBOLISMO DE LOS DONES
Cada regalo entregado al Niño Dios encierra una profecía sobre su naturaleza.
Así el oro, entregado por Melchor, simboliza el reconocimiento de Jesús como Rey en la tierra. El incienso, ofrecido por Gaspar, es un perfume sagrado que honra su Divinidad.

Y la mirra, obsequiado por Baltasar, era un compuesto usado para ungir cuerpos y consagrar sacerdotes; simboliza la humanidad de Jesús y vaticina su futura muerte y sacrificio.
Ahora bien, el legado físico de estos personajes religiosos se divide hoy entre dos centros espirituales muy importantes para la fe cristiana: uno en la Alemania católica y otro en la Grecia ortodoxa.
En el corazón de Alemania, la Catedral de Colonia custodia los restos óseos atribuidos a Melchor, Gaspar y Baltasar. Estas reliquias llegaron a la ciudad en 1164 como un regalo del emperador Federico Barbarroja del Sacro Imperio Romano Germánico.
Para albergar tal tesoro, se construyó el Dreikönigsschrein (Sarcófago de los Tres Reyes), una obra de orfebrería medieval sin igual situada detrás del altar mayor. La afluencia de peregrinos fue tan masiva que obligó a la construcción de la actual catedral gótica, una joya arquitectónica cuya edificación se extendió por más de 600 años.
EN EL JARDÍN DE LA VIRGEN
Mientras Colonia guarda los restos físicos, el Monasterio de San Pablo en el Monte Athos, Grecia, se protegen los objetos que los Magos tocaron: el oro, el incienso y la mirra.
El oro se conserva en forma de 28 placas planas talladas con diversos diseños artísticos. El incienso y la mirra permanecen como una mezcla de 62 cuentas esféricas del tamaño de una aceituna, según artículo en el portal greekreporter.com.

La historia de estos dones es épica. Se dice que la Virgen María los custodió y, antes de su Dormición, los entregó a la Iglesia de Jerusalén. Tras pasar por Constantinopla y Nicea, llegaron al Monte Athos en el siglo XV de la mano de la princesa Mara (María) de Serbia.
Un relato fascinante rodea su llegada: se dice que cuando la princesa Mara intentó entrar al monasterio, una voz celestial —atribuida a la Virgen— le recordó la prohibición de que las mujeres pisen la Montaña Sagrada. Mara obedeció y entregó los cofres a los monjes en el puerto, lugar donde hoy se erige la «Cruz de la Reina» en memoria del encuentro.
Ya sea a través de los restos venerados en la majestuosa catedral gótica de Colonia o mediante los aromas milagrosos de los dones preservados en el silencio monástico del Monte Athos, la historia de los Magos sigue viva.

Estas reliquias cristianas no son solo objetos arqueológicos; son puentes que conectan la fe contemporánea con aquel viaje estelar que comenzó hace más de dos mil años en Oriente.
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