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El arte de podar el pensamiento: tres estadios de la censura

Más sabe la censura por vieja que por censura. Es su longevidad la que ha servido para afinarla como el mecanismo más capaz para discriminar qué discursos atentan contra una moral específica y cuáles pertenecen al rango de lo normal. Sin embargo, su mera presencia provoca que cuestionemos su rol, revisemos los problemas de su alcance y critiquemos los conflictos que se generan por las personas que la ejecutan.

La censura ha estado de cerca del arte porque es la manera más sencilla de perseguir discursos, protegidos por la Libertad de expresión, bajo la excusa que corrompe la moralidad comúnmente aceptada. | Fotos cortesía
La censura ha estado de cerca del arte porque es la manera más sencilla de perseguir discursos, protegidos por la Libertad de expresión, bajo la excusa que corrompe la moralidad comúnmente aceptada. | Fotos cortesía

En Egipto, la obra pictórica evolucionó muy poco estilísticamente. A lo largo de los más de tres milenios de historia, la pintura y la escultura estuvieron severamente revisadas y condicionadas por la ley de frontalidad, que era la forma, según ellos, más precisa para la representación. Esto tiene que ver, precisamente, con la introducción de aspectos políticos y sociales en el arte.

Es decir, en Egipto trataban a las imágenes como nosotros tratamos a la gramática: respetamos sus reglas porque, de no hacerlo, no conseguiríamos transmitir correctamente un mensaje. Seguramente, los artesanos egipcios, condicionados por las reglas, eran forzados a seguirlas sin promover la libertad creativa.

En cierta medida, esas reglas se establecieron como objetivas y se respetaron como tal. Pero cuando hablamos de censura, siempre la asociamos al poder y a la moral y, por ende a lo subjetivo y humano. Esto la convierte en un fenómeno ilógico, inestable, peligroso y manipulable.

La ley de frontalidad, que es la manera de representar los cuerpos humanos en Egipto, no era en sí mismo una censura, era una regla surgida por la introducción de la política en la creación artística.
La ley de frontalidad, que es la manera de representar los cuerpos humanos en Egipto, no era en sí mismo una censura, era una regla surgida por la introducción de la política en la creación artística.

Para discernir sobre la censura, propongo tres escenarios retóricos: la corrección técnica, la corrección moral y la corrección social.

¿Es censura el corregir técnica o estilísticamente?

Ya que hablamos de la creación de imágenes y la gramática, podemos utilizarlas a ambas para resolver este primer estadio.

Ambas nacen de la necesidad de plasmar en un espacio físico un evento que debe ser recordado. Además, poseen un lenguaje y una estructura lógica. Así fue hasta el siglo XX y XXI, cuando la experimentación en el arte puso en duda la efectividad de las estrictas reglas académicas. En pintura, el caso más concreto es la abstracción, donde se negaron varios conceptos clásicos de la estética. En la literatura, hubo escritores que se negaron a seguir las reglas de los signos de puntuación.

La mayor parte de la pintura y de la literatura motivadas por la experimentación no fue censurada, pero sí discutida desde el plano de la utilidad social y técnica. Aunque, cabe señalar que las obras que nacen de la experimentación, también crearon una lógica interna y cumplen con reglas básicas y aquí entra un tema importante: la funcionalidad de las mismas.

En pintura, las reglas estéticas se difuminaron tras el Impresionismo. Pero siguieron siendo efectivas porque despertaban los sentidos (Expresionismo), y todo lo que se mueve en el plano de los sentidos tiende a ser subjetivo. En literatura, los ejercicios donde se priva al lector de las reglas básicas de la gramática tuvieron su auge —quizá no tan glorioso— en el siglo XX, con obras como «Ulises» de James Joyce.

Indistintamente, existe un marco técnico que, al igual que en Egipto, sirve para que una obra , experimental o no, cumpla con su cometido social: comunicar un mensaje. Entonces, la técnica es el estándar mínimo que debe ser considerado para que una obra cumpla con su función social.

Cualquier obra que no cumpla con estos requisitos es sensible a ser corregida si busca exponerse masivamente (corregida por un editor o por un curador). Y, en caso de presentarse en un espacio independiente, de manera libre y sin la debida corrección técnica, la obra puede limitar su capacidad de transmitir su mensaje. Por lo que resolvemos el primer estadio: no, corregir estilística o técnicamente no compone un sentido de censura. Más bien, ayuda a mejorar la obra. Todo esto si se hace desde un apartado honesto.

Pero, ¿qué sucede con intentar corregir temáticamente?

La censura como mecanismo del poder

En un rango temático normal, corregir el estilo basándose en las reglas técnicas, debería limitarse a ello y no formar un juicio sobre el contenido. Porque sino, la corrección puede tener un sesgo subjetivo.

Si nos vamos a las redes sociales, quien suba la imagen de una obra, corre el riesgo de indignar a otros y por lo tanto resulta que cualquiera puede censurarlo reportándolo. Luego será a juicio de los algoritmos y quienes revisan cada caso si el contenido debe bajarse o no. Entonces, el internet ha maximizado el mecanismo de la censura popular. Esto se debe tanto al anonimato como a la fusión de varios anonimatos.

"Le Déjeuner sur l'herbe" (1863) fue rechaza del Salón de París por mostrar a una mujer desnuda en presencia de dos hombres (el artista y su hermano). La obra fue controversial, pero ayudó a marcar la pauta del Impresionismo.
«Le Déjeuner sur l’herbe» (1863) fue rechaza del Salón de París por mostrar a una mujer desnuda en presencia de dos hombres (el artista y su hermano). La obra fue controversial, pero ayudó a marcar la pauta del Impresionismo.

La ambigüedad de la identidad en internet facilita que el prejuicio hacia aquello que nos incomoda pueda volverse virulento. La izquierda verá fantasmas discursivos en el arte conservador; la derecha los verá en el arte progresista. Sea como fuere, siempre se verán fantasmas polarizados que nos enardecerán y provocarán en nosotros el firme deseo de callar esos discursos.

Pero, la censura popular tiende a ser menos efectiva debido a su opacidad operativa e incapacidad de convertir la censura en logística. Aunque, cuando, se vuelve mecánica —presión social— se vuelve más efectiva.

Por otro lado, quienes ejercen el poder tienen una maquinaria bastante más refinada para poder definir qué ha de ser censurado y encontrar a quienes censurar.

Naturalmente, la efectividad censuradora de un gobierno o de un grupo de poder es bastante más aguda y peligrosa que la censura provocada por un grupo de personas que se ofenden por un tema que vieron en redes.

Primero, hablemos de política. Un gobierno siempre verá con suspicacia cualquier creación venida de la «oposición» y si además carece de valores democráticos, no dudará en censurar. Y aquí los ejemplos abundan. En los casos de la censura gubernamental, la moralidad se manipula y se convierte en la máscara con la que cubre sus verdaderas intenciones.

En la poderosa Unión Soviética, una de mis obras favoritas fue censurada: «Doctor Zhivago», de Boris Pasternak. El autor trabajó magistralmente un realismo social, profundamente anclado al desgaste de las guerras revolucionarias, al traumatismo y presentó la Revolución Bolchevique menos gloriosa que en el discurso oficial. La URSS consideró que atentaba contra los valores morales e ideológicos del sistema comunista.

Las religiones han sigo grandes censuradoras y aquí ninguna se salva. Todos estamos conscientes de la censura católica promovida por la Inquisición y el Index Librorum Prohibitorum, que desapareció en la década de 1960 como consecuencia del Concilio Vaticano II y que enumeraba aquellos libros que atentaban contra su moral.

Pero limitarnos a la Iglesia Católica sería bastante pobre. Salman Rushdie fue atacado físicamente por extremistas islámicos y censurado en su natal Irán por el ayatolá Jomeini desde 1989. José Saramago fue censurado en 2002 por el Estado de Israel. Y así, por los siglos de los siglos.

En consecuencia, tenemos la respuesta al segundo estadio de la censura: aquella obra que ofende o atenta contra la moral de un amplio grupo de personas —sea la del Estado o la religiosa— será vulnerable de ser censurada.

Esto nos abre una tercera puerta dialéctica bastante peliaguda: ¿qué sucede con las personas que verdaderamente se sienten ofendidas por una obra de arte, puesto que atenta contra sus valores? ¿Esas personas están verdaderamente obligadas a dominar sus impulsos de censura y aguantarlo todo bajo el umbral de tolerancia?

La intención: el velo de lo subjetivo

En 1866, Courbet pintó «El origen del mundo». En un lujoso primer plano, el artista pintó la zona púbica del cuerpo femenino, sin ningún tipo de censura visual y causó conflicto inconmensurable. La censura social no tardó en llegar y lo acusaron de promover la indecencia y de ser, como mínimo, un pervertido en toda regla.

Lo que nos causa asombro, pues el arte está inundado de desnudos. ¿Por qué la realidad cruda de Courbet causó indignación, pero la desnudez de Venus es belleza exquisita? ¿Por qué la obra de Manet, «El desayuno sobre la hierba», causó indignación, pero «La gran odalisca», de Ingres, causa «sublimación del alma»?

No es por la hipocresía, esa sería la respuesta fácil; es por la intención. En aquellos tiempos —digamos del siglo XIX hacia atrás—, el arte no podía traspasar la evidencia pornográfica y la desnudez,solo podía tener un significado simbólico y alegórico. La línea delgada se establecía en la intención de su creación: si era una obra creada para despertar ímpetus de carácter sexual, era una obra que debía ser censurada, respetando así las reglas morales de la época.

"Iconoclastas en una Iglesia" (1630) de Dirck van Delen ilustra el momento donde, en una Iglesia, se retiran las imágenes de los santos. Ciertas corrientes históricas del Cristianismo han abogado por la censura de algunas imágenes. La iconoclasia representa uno de los métodos más agresivos de censura.
«Iconoclastas en una Iglesia» (1630) de Dirck van Delen ilustra el momento donde, en una Iglesia, se retiran las imágenes de los santos. Ciertas corrientes históricas del Cristianismo han abogado por la censura de algunas imágenes. La iconoclasia representa uno de los métodos más agresivos de censura.

Luego llegó el cine y la desnudez transita aún más confusamente entre ambas líneas. Muchas veces hay películas donde la desnudez es gratuita y no aporta nada, ni simboliza nada. Es socialmente aceptada, pero su gratuidad se puede interpretar como el simple deseo de mostrar a una hermosa actriz desnuda frente a los ojos maliciosos del mundo.

En definitiva, es la intención —que es privada y fácilmente manipulable en un discurso— lo que cuenta. Y esto nos revela que la censura es inestable e ilógica. El secretismo de la intención no le permite trabajar efectivamente y optará por censurar indiscriminadamente aquello que interpreta como un atentado contra la moralidad, a su plena conveniencia.

Estamos claros que no existe una moral única en el mundo. Sin embargo, hay temas en los que podemos más o menos coincidir y uno de ellos es que los nazis fueron malos, lo que convierte ese tema en maldad objetiva.

Pero, paradójicamente, nos damos cuenta de que hay un sinfín de obras relacionadas con el tema. ¿Debemos censurarlas? No. ¿Y las obras que tocan el tema de la esclavitud? Tampoco. ¿Y las obras que glorifican la maldad? Pues aquí encontramos un contrapunto. Aunque la glorificación fuera gratuita, no deberían ni prohibirse, ni censurarse; pero asegurarse de dónde se preservan y con qué intenciones se consultan.

Además, no podemos censurar con el pensamiento actual aquello que no era mal visto en tiempos pretéritos, porque estaríamos anulando nuestra capacidad de entender lo que estuvo mal. Y esto nos invita a concluir que una obra que representa la maldad (con o sin intención de hacerlo) es una obra valiosa porque nos enseña qué está mal.

Es por eso que en 2020, la película «Lo que el viento se llevó» tuvo un intento de censura, fue retirada y regresó pero con el contexto clarificador de los tiempos en los que fue creada. Pero, en cualquier caso no pudo ser censurada, por mucho que blanqueara la esclavitud.

Y parece que todo el castillo de naipes que hemos montado se desmorona. Y es porque la censura no opera bajo un sentido lógico; pues, que una obra que realza temas negativos siga circulando es parte de nuestra historia y, por lo tanto, de su enseñanza y merece ser contextualizada.

Entonces, a modo de conclusión, la censura tiene que ver con la volatilidad moral y eso hace que todos seamos sensibles de censurar y de ser censurados. La anarquía del pensamiento humano, irracional e impetuoso, nos lo ha demostrado. Al ser una acción humana, siempre tenderá a moverse ambiguamente entre lo bueno y lo malo, donde ambos términos pueden manipularse. ¿Es inevitable? Sí, porque en el fondo todos tenemos la capacidad de ejercerla, si pudiéramos.

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