Tras el fallecimiento de Beatriz González a los 93 años, el mundo despide a la pintora que transformó el arte en un refugio para las víctimas y un espejo de justicia.
Tras el fallecimiento de Beatriz González a los 93 años, el mundo despide a la pintora que transformó el arte en un refugio para las víctimas y un espejo de justicia.

El arte en Colombia ha perdido a uno de sus pilares fundamentales, pero su eco resonará por siempre en la memoria colectiva del continente.
Beatriz González, fallecida el pasado viernes 9 de enero, a los 93 años, no solo fue una de las fundadoras del Museo de Arte Moderno de Medellín (MAMM), sino la mujer que se atrevió a mirar donde el resto del país prefería cerrar los ojos.
Nacida en Bucaramanga en 1932, González consolidó una trayectoria de seis décadas que la llevó desde el triunfo temprano en 1965 con su icónica obra “Los suicidas del Sisga”, hasta las salas de los museos más prestigiosos del mundo, como el MoMA de Nueva York y el Reina Sofía de Madrid.
Sin embargo, su mayor reconocimiento no proviene solo de su maestría con el color o su técnica, sino de su inquebrantable compromiso con los derechos humanos y la visibilización de las víctimas del conflicto armado.

El legado más conmovedor de la maestra se encuentra en el Cementerio Central de Bogotá. Allí, en 2009, realizó la intervención monumental «Auras anónimas». Al observar los columbarios en ruinas, González decidió intervenir 8.957 nichos con siluetas de cargueros: figuras de soldados y campesinos que transportan cuerpos, inspiradas en las crudas fotografías de la prensa nacional.
Para González, el arte era una herramienta de duelo. Entendía que, en un país marcado por las desapariciones forzadas, el mayor dolor es la ausencia de un lugar donde llorar a los seres queridos.
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«Los desaparecidos no tienen nombre, no tienen sitio», explicaba con lucidez. Al sellar esos nichos con su arte, les otorgó un espacio simbólico de descanso y una «tranquilidad espiritual» a las familias que aún buscan respuestas.
DEFENSORA DE LA MEMORIA
Su partida ha generado reacciones de instituciones globales como la ONU Derechos Humanos, que destacó cómo su obra se convirtió en una de las formas más poderosas de denunciar injusticias. La oficina recordó su generosidad al colaborar en agendas de derechos humanos, reafirmando que el arte es capaz de movilizar la conciencia ciudadana allí donde la política a veces falla.

Beatriz González practicó lo que muchos llaman una «modernidad crítica». No pintaba para decorar, sino para registrar la historia política de Colombia.
Su obra no permitía la indiferencia; obligaba al espectador a confrontar la realidad de la violencia, pero lo hacía con una sensibilidad que permitía la sanación.
Hoy, aunque los columbarios ya no alberguen restos físicos, las «auras» de Beatriz permanecen allí, capturadas en sus lápidas, recordando que el arte tiene la misión sagrada de evitar que el olvido gane la batalla.
Se va una maestra del pincel, pero queda la guardiana de la memoria colombiana.
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