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Fiebre por el «true crime», cuando el crimen real se convierte en entretenimiento

De ocupar las páginas traseras de la prensa sensacionalista a romper récords de audiencia: los contenidos sobre crímenes reales viven una época dorada impulsada por millones de espectadores que encuentran en la crónica negra una extraña fórmula de evasión.

Imagen ilustrativa de una escena del crimen
Según los expertos ver al culpable capturado y neutralizado al final de la historia aporta una sensación de catarsis y alivio que disipa la angustia. Foto Cottonbro Studio / Pexels

Por Nora Cifuentes

Para millones de personas en el mundo, el ritual antes de dormir ya no incluye música relajante ni sonidos de lluvia, sino la voz de un narrador detallando los pasos de un asesino en serie o los pormenores de un homicidio múltiple.

Lo que hace décadas quedaba relegado al morbo sensacionalista o al nicho se ha transformado en un gigante del entretenimiento actual. Series documentales que baten récords de audiencia, podcasts en la cima de las listas globales y foros repletos de investigadores aficionados confirman una misma tendencia: la fiebre por el “true crime”.

La contradicción salta a la vista: ¿cómo es posible que relatos cargados de violencia extrema despierten tanta atracción, sirvan de escape o incluso ayuden a desconectar a grandes audiencias? La respuesta no está en una rareza perversa.

Y es que disciplinas como la psicología evolutiva, las ciencias del comportamiento y la criminología explican que esta fijación responde a antiguos instintos de supervivencia, a la propia neurobiología del miedo y a la necesidad humana de encontrar explicaciones en medio del caos.

Las cifras de un apetito insaciable

Imagen ilustrativa de una recolección de pruebas criminales
Huellas, informes y armas: el ‘true crime’ invita al espectador a asomarse al trabajo pericial con la seguridad de quien observa el horror desde el sofá. Foto: RDNE Stock Project / Pexels

Según una encuesta de la firma YouGov, el 57 % de los adultos en Estados Unidos consume contenidos de crímenes reales de manera habitual. Es más: un 63 % cree que seguir estas historias ayuda a la gente a ser más precavida y a vigilar mejor su propia seguridad.

En el terreno del audio, un análisis del Pew Research Center sobre los programas más seguidos en Estados Unidos reveló que el “true crime” es el rey indiscutible de la industria, al acaparar el 24 % de los pódcasts más escuchados.

Esta oleada sonora, impulsada en 2014 por el fenómeno de Serial (el primer podcast en lograr cinco millones de descargas en tiempo récord dentro de iTunes), encontró pronto su réplica en la televisión bajo demanda.

El caso más claro llegó en 2022 con el lanzamiento en Netflix de Dahmer – Monster: The Jeffrey Dahmer Storyr. La miniserie sobrepasó los mil millones de horas de reproducción en solo 60 días, de acuerdo con los registros oficiales de la plataforma, situándose como uno de los mayores récords de audiencia en la historia del streaming.

Serie de Netflix sobre Dahmer
Afiche de la serie del asesino serial Jeffrey Dahmer de Netflix. Foto / imdb.com

Lejos de responder a una simple moda pasajera, los datos muestran una industria muy consolidada que saca partido de una reacción común a casi todos: la dificultad de apartar la mirada ante lo que inquieta o perturba.

El cerebro ante el peligro: curiosidad y supervivencia

Durante mucho tiempo, el psicoanálisis tradicional vio en la atracción por lo truculento un síntoma de desviación o una pulsión destructiva. Sin embargo, los estudios científicos actuales apuntan en otra dirección: interesarse por la violencia ajena es, en realidad, una ventaja adaptativa forjada por la evolución.

Así lo sostiene el investigador del comportamiento Coltan Scrivner, vinculado al Laboratorio de Miedo Recreativo de la Universidad de Aarhus y a la Universidad Estatal de Chicago, que desarrolló la conocida “Escala de Curiosidad Mórbida”.

Un trabajo, publicado en Personality and Individual Differences, que define esta inquietud no como una falta moral, sino como una búsqueda activa de datos sobre posibles peligros desde un entorno seguro.

El “true crime” lidera la industria del pódcast, representando el 24 % de los programas con mayor audiencia.

Encuesta de la firma YouGov.

Tal y como expuso en el espacio The Jordan Harbinger Show, la raíz es ancestral. Para sobrevivir, nuestros antepasados necesitaban anticipar los movimientos de depredadores y rivales hostiles.

En ese sentido, la curiosidad por lo macabro opera como un radar biológico para evaluar amenazas. Al ver un documental sobre un asesino metódico, se pone en marcha lo que la neurociencia denomina “miedo recreativo”.

La amígdala hace sonar la alarma y libera adrenalina y dopamina, pero el córtex prefrontal recuerda enseguida que la persona sigue a salvo en su sofá. Gracias a ese cortafuegos mental, la descarga fisiológica se transforma en una sensación estimulante y en una suerte de simulacro de supervivencia sin riesgo real.

El criminólogo y sociólogo Scott Bonn, autor del ensayo de referencia Why We Love Serial Killers: The Curious Appeal of the World’s Most Savage Murderers, lo compara con una experiencia de ocio conocida: asomarse a la violencia real desata un subidón de adrenalina idéntico al de una montaña rusa, pero con una red de seguridad emocional.

Las mujeres son más adictas al 'true crime'
Las mujeres representan la gran masa consumidora de ‘true crime’: escuchan casi el doble de podcasts del género que los hombres. Foto: Ron Lach / Pexels

A juicio de Bonn, los asesinos en serie son los monstruos de los cuentos de hadas para adultos: materializan los miedos más hondos, pero ver cómo son capturados, juzgados y castigados al final del relato devuelve una reconfortante sensación de alivio, orden y justicia frente a la incertidumbre.

La paradoja del género

Entre todas las dinámicas que rodean al “true crime”, hay una especialmente reveladora: el perfil de su audiencia. De acuerdo con las cifras del Pew Research Center, las mujeres tienen casi el doble de probabilidades que los hombres de escuchar con regularidad podcasts sobre crímenes reales: un 44 % frente a un 23 %.

Esa clara mayoría femenina se hace visible también en eventos presenciales multitudinarios como CrimeCon, convertidos en puntos de encuentro para aficionados, divulgadores y seguidores de casos no resueltos y ciencias forenses.

Esta marcada preferencia ya fue analizada por la Universidad de Illinois en un trabajo publicado en la revista Social Psychological and Personality Science, encabezado por la psicóloga Amanda M. Vicary y el profesor R. Chris Fraley, y difundido a través del News Bureau de la propia institución.

Al revisar miles de comentarios en plataformas de venta de libros, los investigadores comprobaron que las mujeres publicaban el 70 % de las opiniones sobre obras de crímenes reales.

Las mujeres tienen casi el doble de probabilidades que los hombres de escuchar podcasts de crímenes reales con periodicidad (44 % frente a 23 %).

Cifras del Pew Research Center

¿Qué es lo que más les llama la atención? El estudio reveló que el interés se dispara cuando los relatos ahondan en los motivos del agresor, ofrecen pautas de prevención o recogen el testimonio de personas que consiguieron sobrevivir al ataque.

Por eso, seguir estas historias no nace de una simple atracción por la violencia gratuita, sino de una necesidad práctica: funciona casi como un manual de autoprotección. Conocer el modus operandi de un agresor se convierte en una herramienta mental para aprender a detectar a tiempo cualquier señal de peligro.

Penetrar en la mente del monstruo

El gancho del “true crime” no se agota en el instinto de supervivencia; responde también al desconcierto que genera la maldad premeditada. Cuando un suceso violento quiebra la convivencia social, el cerebro busca de forma casi refleja una explicación de causa y efecto para asimilar lo sucedido.

La psicóloga clínica Chivonna Childs, especialista de la prestigiosa Cleveland Clinic Health Essentials, recuerda que “ver crímenes reales no te vuelve raro o extraño, es parte de la naturaleza humana ser inquisitivo. El género nos atrae porque nos asomamos a la mente de una persona real que ha cometido un acto atroz”.

Imagen ilustrativa de una investigación criminal
La búsqueda de patrones: el cerebro humano tiende de forma instintiva a conectar pistas para hallar explicaciones lógicas ante episodios de violencia inexplicable. Foto: Cottonbro Studio / Pexels

A diferencia de las tramas de ficción policíaca, sujetas a fórmulas dramáticas predecibles, los casos reales documentan anomalías de la conducta sin filtros. Figuras como Ted Bundy o Jeffrey Dahmer dinamitan cualquier noción elemental de empatía.

Por eso el público insiste en indagar cómo alguien de apariencia ordinaria (aquel vecino educado, un estudiante brillante o ese compañero de trabajo tan simpático) puede albergar una violencia semejante.

Al sumergirse en los interrogatorios, las pericias forenses y las declaraciones judiciales, el espectador no solo sigue un caso: trata también de trazar una frontera nítida y reconfortante entre la mente del criminal y su propia cotidianidad.

El espejo oscuro de la humanidad

Pese a sus fundamentos evolutivos y a su función de desahogo, consumir historias de violencia real sin descanso puede pasar factura al bienestar emocional. La exposición continuada a crímenes, asaltos o secuestros termina por distorsionar la percepción del peligro en la vida diaria.

Desde el portal de noticias de Cleveland Clinic Newsroom, la psicóloga Chivonna Childs alerta sobre el riesgo de caer en una alerta constante cuando este entretenimiento invade la rutina.

El 57 % de los adultos consume habitualmente contenidos de crímenes reales y un 63 % considera que estas historias ayudan a la población a estar más alerta.

Según ella, “puede incrementar nuestra ansiedad porque nos volvemos hipervigilantes. Buscamos constantemente al villano. Cada furgoneta blanca se convierte en el vehículo de un asesino o un homicida”.

Estar en guardia de forma permanente altera el descanso, dispara manías como revisar cerrojos de manera compulsiva y socava la confianza básica en quienes nos rodean. La frontera entre una cautela saludable y un desgaste por ansiedad se rompe cuando los sobresaltos se convierten en la dieta diaria.

A este impacto se suman los dilemas éticos. Asociaciones de víctimas y juristas cuestionan cada vez con más fuerza la mercantilización de tragedias ajenas y la fascinación mediática hacia figuras despiadadas en producciones millonarias, que obligan a las familias afectadas a revivir su dolor convertido en espectáculo de masas.

La presencia arrolladora del “true crime” en las pantallas y los auriculares de medio mundo no es más que el reflejo de una sociedad moderna que emplea la tecnología punta para lidiar con miedos ancestrales.

Desde aquellos relatos compartidos al abrigo de la hoguera para alertar de lo que acechaba en la oscuridad hasta las docuseries bajo demanda, la necesidad sigue siendo la misma: asomarse al peligro con la tranquilidad de estar a salvo, tomar nota de las amenazas y disfrutar del reconfortante alivio de regresar indemnes a la realidad.

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