Light
Dark

Manual para ser hombre, actualizado por última vez en 1954

El hombre moderno tiene permiso para evolucionar, siempre que continúe pareciéndose bastante al anterior.

Ser hombre en la actualidad requiere dominar un arte muy sofisticado: cambiar sin que nadie note demasiado el cambio. Debe hablar de sus emociones, pero sin llorar mucho; respetar a las mujeres, pero conservar “carácter”; participar en la crianza, aunque todavía se le felicite por cambiar un pañal como si hubiera realizado una cirugía a corazón abierto. Debe cocinar, pero jamás admitir que aprendió la receta en TikTok, porque hasta la sartén parece exigirle autoridad, fuego alto y una opinión sobre el carbón. El hombre moderno tiene permiso para evolucionar, siempre que continúe pareciéndose bastante al anterior.

Durante generaciones recibió instrucciones sencillas: proveer, mandar, aguantar y morir antes que preguntar dónde guardaban las toallas. La tristeza se curaba trabajando, el miedo se llamaba prudencia y la ternura únicamente podía expresarse comprando algo. Si sufría, bebía. Si necesitaba ayuda, arreglaba una puerta. Si el problema no era la puerta, al menos podía golpearla.

Ahora le dicen que debe deconstruirse. La palabra suena a que llegarán tres albañiles a quitarle el machismo con una almádena, pero el trabajo es menos espectacular: escuchar, revisar privilegios, aprender a cuidar y aceptar que lavar su propia ropa no constituye una colaboración doméstica, sino el mantenimiento básico de un adulto funcional.

El inconveniente es que el manual nuevo se imprimió encima del viejo. Queremos hombres sensibles, pero algunos padres todavía les dicen a sus hijos que llorar es cosa de niñas. Pedimos parejas presentes, aunque en muchas oficinas al padre que solicita permiso para cuidar a un hijo lo miran como si hubiera anunciado que abandonará su carrera para criar llamas. Celebramos que hablen de salud mental, pero cuando confiesan inseguridad aparece alguien dispuesto a recordarles que “un hombre resuelve”.

Resolver, por supuesto, significa tener dinero. La masculinidad continúa midiéndose con una calculadora. Un hombre puede ser amable, fiel, responsable y emocionalmente disponible, pero si gana menos que su pareja habrá una tía, un amigo o un desconocido con micrófono dispuesto a preguntarle cuándo piensa convertirse en “un hombre de verdad”. Parece que el cromosoma Y necesita comprobante de ingresos.

Las redes sociales han empeorado la confusión. Cada semana surge un señor frente a un micrófono explicando que los hombres deben recuperar su energía masculina. Casi siempre esa recuperación exige automóvil caro, gimnasio, silencio emocional y una novia diez años menor que jamás contradiga el pódcast. Venden inseguridad masculina en capítulos de cuarenta minutos y luego la llaman liderazgo.

En el extremo contrario también abundan las contradicciones. Hay quienes exigen un hombre deconstruido, pero esperan que él pague todas las cuentas, dé el primer paso, enfrente al ladrón y mida lo suficiente para que los tacones no provoquen una crisis ideológica. Queremos igualdad con servicio de escolta, apertura emocional sin titubeos y vulnerabilidad que resulte atractiva. Que llore, sí, pero de una manera varonil, fotogénica y que termine antes de la cena.

Nada de esto significa que los hombres sean las verdaderas víctimas de un mundo construido históricamente alrededor de ellos. Significa que el privilegio también fabrica jaulas, aunque algunas tengan oficina propia y mejor salario. El mismo sistema que dio autoridad a los hombres les cobró obediencia a una idea estrecha de masculinidad: no pedir ayuda, competir siempre, convertir el afecto en debilidad y el cansancio en mérito.

La pregunta, entonces, no debería ser qué significa ser un hombre de verdad. Esa expresión suele preceder una estafa emocional, una pelea innecesaria o la compra de un suplemento. Quizá convenga preguntar qué clase de persona quiere ser ese hombre cuando nadie está calificando su hombría.

Ser hombre hoy podría significar dejar de actuar para ese jurado imaginario. Poder cuidar sin sentirse menos fuerte, poner límites sin ejercer violencia, fracasar sin creer que perdió su valor y pedir ayuda antes de que el dolor se convierta en daño para otros. También asumir responsabilidades sin pedir una medalla por no repetir los errores de su padre.

La masculinidad no necesita desaparecer. Necesita dejar de funcionar como examen permanente. Porque si para ser hombre hay que demostrar a cada momento que uno no es mujer, no es débil, no es pobre, no tiene miedo y no necesita a nadie, aquello no parece identidad.

Parece libertad condicional.

Legales Obituarios Epaper