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Pensar la Universidad…

Hace sesenta años la Universidad de El Salvador era muy pequeña; la parte medular estaba en el campus de San Salvador, apenas comenzaban a levantarse las sedes regionales de Santa Ana y San Miguel; por ende, el trabajo administrativo era menor. Es plausible proponer que las autoridades tenían más tiempo para la reflexión.

Carlos Gregorio López Bernal, historiador. Foto EDH / Mauro Arias

Dirigir una universidad requiere pensarla mucho, sobre todo si se trata de una universidad pública. Pensar la universidad implica partir de los retos y problemas derivados de realidad del presente y proyectarse hacia el futuro tratando de construir una propuesta, una especie de horizonte hacia el cual debe apuntar todo el esfuerzo institucional. En cierto modo, es determinar cómo la Universidad debe contribuir a resolver los problemas inmediatos y a sentar las bases sobre las cuales se construirá el país en las siguientes décadas. Otra cosa es administrar la universidad. Esta sería una tarea más burocrática, obviamente importante, pero fatalmente condicionada por la inmediatez y las minucias del día a día.

He pasado un par de años investigando sobre historia de la Universidad de El Salvador en el periodo 1963-1991. Estoy por publicar un libro titulado “Reforma académica y proyecto revolucionario”. Y tengo la impresión de que con el correr de los años y, sobre todo en las últimas décadas, las autoridades universitarias gastan mucho esfuerzo administrando la universidad y tienen poco tiempo para pensarla. Me gustaría creer que es así. Hace sesenta años la Universidad de El Salvador era muy pequeña; la parte medular estaba en el campus de San Salvador, apenas comenzaban a levantarse las sedes regionales de Santa Ana y San Miguel; por ende, el trabajo administrativo era menor. Es plausible proponer que las autoridades tenían más tiempo para la reflexión.

Hay que decir que las décadas de 1960 y 1970 estuvieron marcadas por el cambio y la ruptura, con claras diferencias. La primera coincidió con los mejores momentos del desarrollismo reformista; el país cosechaba los frutos de los cambios iniciados en 1948; la universidad debía contribuir a ello y lo hizo. Las autoridades lo tenían claro. En la memoria de labores de 1964, Flores Macal, secretario general de la UES, decía: «Las nuevas autoridades tienen entendido que es un requisito indispensable para el desarrollo industrial y técnico del país el dotar científicamente a este centro de estudios de la capacidad económica necesaria que le permita la formación integral de los distintos técnicos y científicos que contribuirán a sacar a El Salvador de la fase de atraso en que hoy se encuentra.»

En plena concordancia con lo anterior, Manuel Luis Escamilla decía que anteriormente la universidad no asumía su responsabilidad en el cambio histórico y se conformaba con formar profesionales. Por el contrario, con la reforma “La Universidad es consciente de su responsabilidad en el proceso de desarrollo del país y se propone diversificar las carreras universitarias, para hacer posible la formación de los técnicos de alto nivel que harán posible el cambio”.

Diferente era la situación en la década de 1970, Universidad y gobierno chocaban cada vez más, ejemplo de ello fue la intervención militar de julio de 1972. Rafael Menjívar fue rector entre 1971 y 1972. Fue cercano al grupo promotor de la reforma de 1963, de hecho, fue decano de economía. Para 1970 su pensamiento político había cambiado. En la campaña electoral se mostró muy crítico de la reforma. Podría pensarse que era una estrategia para posicionarse frente a un estudiantado cada vez más crítico, pero no.

Para entonces los estudiantes organizados resentían varias cuestiones: se oponían al sistema de áreas comunes, rechazaban que se negociara un nuevo préstamo con el BID, y estaban en contra de la cooperación de fundaciones extranjeras con la Universidad. En los tres casos, alegaban que esos proyectos eran formas de dominación imperialista. Sobre el préstamo del BID escribieron los estudiantes Rubén Zamora y Rafal Arce Zablah. El ensayo de Zamora era muy bueno; el de Arce Zablah deslumbra por su lógica demoledora.

Rafael Menjívar concordaba en mucho con los estudiantes organizados; en una entrevista con Crítica, órgano estudiantil, en marzo del 71 afirmaba que la UES no debía suscribir el préstamo de once millones de colones con el BID, tampoco estaba de acuerdo con las becas Laspau y pugnaba por reestructuración del CSUCA, porque había permitido la penetración imperialista en la región centroamericana. Agregaba que áreas comunes “realmente es un fracaso en todo sentido; es una situación insostenible y que debe ser resuelta a breve plazo”. Al igual que los estudiantes, Menjívar señalaba que “el exceso de carga académica, ha neutralizado, podríamos decir, la actividad estudiantil en el aspecto político.” Tanto el préstamo con el BID como las becas Laspau fueron suspendidos en marzo de 1971. Sobre el préstamo se adujo que “compromete a nuestra Universidad con la política de dominación que los Estados Unidos ejercen en El Salvador”.

Las fuentes disponibles no permiten perfilar con precisión qué tipo de Universidad pensaba Menjívar. A diferencia de Fabio Castillo, que llegó a la rectoría con las bases de un proyecto académico, pareciera que Menjívar iba construyendo en la marcha. Cuando lanzó su candidatura para la rectoría, ya se había distanciado del PCS y era cercano a las FPL. Para entonces, se hablaba de una “Universidad popular”, sin clarificar su contenido. Pero sus acciones posteriores, por ejemplo, su postura a favor de la “política de puertas abiertas”, dejaba ver que se había distanciado de los planteamientos de Castillo, respecto a la democratización de la educación superior.

Víctor Valle acababa de regresar de estudiar en Estados Unidos, cuando se dio el cambio de autoridades y se incorporó la Universidad como asesor académico de la rectoría. Rápidamente se dio cuenta de lo complicado de la situación; dice que percibió “corrientes encontradas” en la izquierda que provocaban un ambiente “medio caótico”. Por otra parte, se dio cuenta de que las autoridades no tenían claridad sobre el rumbo académico a seguir. Cuando se discutían los planes de trabajo y surgía alguna duda sobre un tema en particular, Menjívar salía del paso señalando que eso estaba en “el documento”. El problema es que nadie o muy pocos conocían el documento.

Este era el “Diagnóstico de la Universidad” elaborado por la Secretaría de Planificación en 1971 por encargo de Menjívar y publicado en 1972. Se dice que constaba de tres tomos, del cual solo se conoce el primero. Contiene una fuerte crítica a la reforma de 1963. Si bien se reconocía que esta tuvo un ímpetu modernizante, se cuestionaba que “los objetivos de la Reforma eran tan vagos como esos de ‘responder a las necesidades del país’ ‘ponerse a la cabeza del progreso social’, que no fue sino el medio o el sistema, quien se encargó de concretarlos en la práctica, imprimiéndole a la Reforma un carácter tecnocrático, orientado a ‘responder’ a las exigencias del desarrollo nacional, entendiéndolo como un proceso exclusivamente técnico-económico, representativo de los intereses de un sector dominante”.

Con esos antecedentes, es difícil establecer hasta qué punto el rectorado de Menjívar podía haberle dado continuidad a la reforma de 1963, marcar un escalón más o construir una propuesta de Universidad diferente, por ejemplo, la “Universidad popular” de que se hablaba en la campaña electoral. El Diagnóstico global de 1972 no ayuda a responder estas preguntas; abunda en críticas y cuestionamientos, pero es parco en propuestas. Con lo anterior no quiero demeritar el liderazgo y las capacidades de Menjívar. Su rectorado se dio en un contexto muy diferente al de Castillo, sobre todo, corrió contra el tiempo, presionado por dos fuerzas contrapuestas: los estudiantes organizados, con críticas ásperas y radicales, pero aun sin claridad política, y la derecha que veía con mucho recelo a la Universidad.

En una ponencia presentada en junio de 1970 dejaba ver cómo entendía el problema de la educación en El Salvador. Decía que la estructura económica y social era un obstáculo a la educación. Es más, esta sostenía al sistema y no pugnaba por transformarlo. Menjívar apostaba a que la educación y la Universidad fueran mecanismos de transformación social. El problema con la universidad era que el sistema la hacía extremadamente selectiva, “al nivel universitario llega una reducida población que ya ha sido irracionalmente seleccionada por el sistema, fundamentalmente por razones económicas”. Por eso apoyó la política de “puertas abiertas” como base de una “Universidad popular” que el torbellino político no dejó madurar.

Al final, la experiencia de Menjívar nos recuerda los riesgos de que un proyecto político determine la agenda de las autoridades. Lo mismo sucede cuando se concentran en la administración y descuidan los horizontes académicos. Una universidad pública requiere buenos administradores, pero quizá requiere pensarla más allá de las urgencias del día a día. Quizá el mayor mérito del primer rectorado de Fabio Castillo es que combinó ambas tareas.

PD: por formato y espacio omito consignar las fuentes primarias. El tema es desarrollado con detalle en el libro.

Carlos Gregorio López

Historiador, Universidad de El Salvador

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