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Mujeres que sostienen el mundo, ¿quién las sostiene a ellas?

De poco sirve detectar una anomalía si después condenamos a la paciente a un peregrinaje interminable entre citas, autorizaciones, biopsias y resultados.

Doctor Danilo Arévalo, tesorero del Colegio Médico de El Salvador

Corría septiembre de 1974 cuando una de las mujeres más conocidas de Estados Unidos recibió una noticia capaz de estremecer a cualquier familia: tenía cáncer de mama.

Betty Ford, esposa del entonces presidente Gerald Ford, debía enfrentarse no solamente a una enfermedad que amenazaba su vida, sino también a una sociedad en la que hablar del cáncer de mama seguía siendo casi un tabú.

Pudo guardar silencio. Pudo esconderse detrás de las paredes de la Casa Blanca. Pero decidió hacer algo extraordinario para su época: hablar públicamente de su diagnóstico y de la mastectomía a la que fue sometida.

Aquella decisión ayudó a romper el silencio de miles de mujeres.

Años después, en octubre de 1985, nació una campaña de sensibilización que terminaría convirtiéndose en el movimiento mundial que hoy conocemos. Cada 19 de octubre recordamos la lucha contra el cáncer de mama.

Más de medio siglo después, hemos conseguido teñir el mundo de rosa. Lo que todavía no hemos conseguido es que todas las mujeres tengan las mismas oportunidades de sobrevivir.

Y esa es la verdadera tragedia.

Según la Organización Mundial de la Salud, aproximadamente 694.000 personas murieron por cáncer de mama en el mundo durante 2024. Detrás de cada cifra existía una historia, una familia y, probablemente, alguien que todavía esperaba su regreso a casa.

Porque cuando una mujer enferma, muchas veces no enferma solamente una persona: se tambalea el mundo que ella sostiene.

Las mujeres de hoy son madres, esposas, profesionales, empresarias y, en innumerables hogares, el único sostén económico y emocional de sus familias. Algunas desempeñan todos esos papeles sin un compañero de vida.

Son capaces de encontrar tiempo para todos, excepto para ellas mismas.

Postergan una mamografía porque deben llevar a los niños al colegio, atender una reunión, pagar las cuentas o resolver los interminables problemas cotidianos. Otras temen el dolor de la compresión mamaria, mientras que algunas sienten terror ante la posibilidad de recibir un diagnóstico que transforme sus vidas.

Y así, entre el miedo y las responsabilidades, la cita vuelve a quedar para después.

Pero, ¿quién cuidará de quienes dependen de ellas cuando falten?

No podemos prevenir todos los cánceres de mama, aunque sí reducir determinados factores de riesgo. Nuestro mayor aliado continúa siendo la detección temprana.

La mamografía puede resultar incómoda, pero esa molestia transitoria debe ponerse en perspectiva frente a las consecuencias de un diagnóstico tardío.

Afortunadamente, la tecnología ha evolucionado. La mamografía digital permite procesar las imágenes para apreciar mejor sus detalles, algo parecido a utilizar un filtro fotográfico, aunque aquí no buscamos embellecer, sino descubrir aquello que podría pasar inadvertido.

La tomosíntesis permite estudiar la mama mediante imágenes obtenidas desde diferentes ángulos, mientras que la resonancia magnética complementa la evaluación en pacientes seleccionadas.

Tenemos mejores herramientas. La pregunta incómoda es cuántas mujeres pueden acceder a ellas.

Según información del Ministerio de Salud correspondiente a 2024-2025, se reportaron 17 mamógrafos en funcionamiento y 28.492 mamografías realizadas. Una cifra que debería obligarnos a examinar nuestra capacidad de respuesta.

Hagamos un ejercicio: si necesitáramos realizar aproximadamente 116.000 mamografías anuales para cubrir, cada dos años, a una población estimada de 232.000 mujeres, y cada equipo efectuara 3.000 estudios por año, necesitaríamos alrededor de 39 mamógrafos.

No es un inventario nacional ni una proyección definitiva, sino un cálculo ilustrativo de la magnitud del desafío.

Pero de poco sirve detectar una anomalía si después condenamos a la paciente a un peregrinaje interminable entre citas, autorizaciones, biopsias y resultados.

La Organización Mundial de la Salud propone completar el proceso diagnóstico en un máximo de 60 días. Necesitamos acortar también el camino hacia el tratamiento.

Porque, mientras los expedientes avanzan lentamente, la angustia de las pacientes no conoce horarios administrativos.

También debemos abandonar la idea de que tratar un cáncer de mama significa inevitablemente perderla. La cirugía conservadora y la reconstrucción mamaria son alternativas válidas para pacientes seleccionadas.

Sin embargo, todavía encontramos mujeres a quienes estas opciones no se les explican suficientemente o ni siquiera se les mencionan.

¿Desde cuándo informar a una paciente sobre las alternativas para conservar su cuerpo se convirtió en un privilegio?

Y entonces aparece otra enfermedad de octubre: el oportunismo.

Carreras, camisetas, globos, productos rosados y edificios iluminados invaden nuestras calles. No tengo nada contra las campañas solidarias. Pero convendría preguntarnos cuánto de ese entusiasmo llega realmente a las mujeres enfermas.

¿Cuántas mamografías financiamos? ¿Cuántas biopsias facilitamos? ¿Cuántas pacientes reciben tratamiento gracias a esas iniciativas?

Porque ponerse una camiseta rosa puede convertirse en una expresión de solidaridad, pero jamás debería confundirse con haber cumplido nuestra responsabilidad.

La verdadera lucha contra el cáncer de mama comienza cuando convertimos la conciencia en acciones medibles, cuando acompañamos a una mujer durante su enfermedad y cuando entendemos que la dignidad también forma parte del tratamiento.

Este octubre quisiera proponer algo diferente: que cada persona ayude a una mujer a encontrar tiempo para cuidarse; que las empresas faciliten permisos para evaluaciones médicas; que quienes organizan campañas rindan cuentas de sus resultados; y que nuestro sistema sanitario mida sus logros no por el número de fotografías, sino por las vidas que consigue proteger.

A nuestras madres, esposas, hijas, amigas y compañeras debemos recordarles que cuidar de sí mismas no es egoísmo. Es también una forma de amar a quienes las rodean.

Y a quienes hoy enfrentan esta enfermedad, decirles que el diagnóstico no representa necesariamente el final de su historia. Existen tratamientos, oportunidades y razones para mantener viva la esperanza.

Porque, si las mujeres han dedicado su vida a sostener nuestro mundo, ha llegado el momento de demostrarles que no tendrán que sostener el suyo solas.

Dr. Danilo Alfonso Arévalo Sandoval
Ginecólogo oncólogo
Programa de Gerencia de Hospitales e Instituciones de Salud, INCAE

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