A veces pareciera que los salvadoreños de 1979 eran demasiado radicales; pero ni la izquierda ni la derecha, ni los reformistas de entonces hubieran tolerado los que hoy permitimos
A veces pareciera que los salvadoreños de 1979 eran demasiado radicales; pero ni la izquierda ni la derecha, ni los reformistas de entonces hubieran tolerado los que hoy permitimos

Esta semana se cumplen 47 años del golpe de Estado contra el gobierno de Carlos Humberto Romero. Estamos a casi medio siglo de un hecho que marcó la historia del país y que aun no ponderamos debidamente. Mucho se ha escrito al respecto, pero buena parte de ello ha estado marcado por las filias y fobias político-ideológicas, cuyas secuelas, aunque atenuadas, se prolongan al presente. A posteriori, una frase de uno de los protagonistas lo sintetiza muy bien: “una oportunidad perdida”, así lo califica el coronel Adolfo Majano.
Eran tiempos difíciles; de luchas y sacrificios, de odios y prejuicios; pero también de solidaridad y esperanza. Así de compleja era la realidad del país. A la gravedad de los problemas políticos, sociales y económicos se agregaba la presión del exterior, dígase Guerra Fría, revolución sandinista. Era llegado el momento de las definiciones, el tiempo apremiaba. Y cada actor político consideraba que cada día debía aprovecharse al máximo para empujar su agenda. Cada sector la tenía y no estaba dispuesto a ceder un ápice; miraba al adversario, no para buscar posibilidades de entendimiento, sino para encontrar su punto débil. Si algo sobraba en 1979 eran convicciones. Y estas determinaban la militancia.
Convicciones y militancia fueron un valladar insalvable para aquellos que se embarcaron en el golpe de Estado. Su proyecto nació del convencimiento de que El Salvador estaba llegando a un punto de no retorno. La izquierda radical se había fortalecido a tal punto que el gobierno de Romero había perdido su capacidad de control, y sobre todo su legitimidad política. Su gobierno no tuvo un proyecto político; su mayor apuesta fue neutralizar a la guerrilla y sofocar al movimiento social por la vía de la violencia y la represión. Y fracasó.
La derecha más recalcitrante y conservadora también tenía sus convicciones y estaba decidida a defenderlas. No serían tan románticas y atractivas como las de la izquierda, pero convocaban a miembros de diferentes sectores sociales, incluyendo a los desposeídos, que eso eran la mayoría de los miembros de ORDEN y el servicio territorial que se desvelaban apoyando a los cuerpos de seguridad, según ellos combatiendo el comunismo. Y así como la izquierda estaba dispuesta a hacer la revolución por la vía de las armas, la derecha había jurado no permitirlo.
El proyecto político de octubre del 79 chocó fatalmente con esas visiones extremas. En lugar de apostar por la revolución como quería la izquierda, se apostó a las reformas. Y esas reformas atentaban contra los intereses económicos más importantes del capital salvadoreño. Por primera y única vez, desde el Estado se afectarían áreas clave como propiedad de la tierra, de la banca y el comercio exterior. Juntos, esos tres elementos sostenían el poder económico. La proclama de la FAES del 15 de octubre lo decía claro; enunciarlo de manera tan diáfana fue valiente, pero también rompía puentes frente al gran capital. Paradójicamente, esas reformas quitaban banderas a la izquierda que las descalificó tajantemente.
La primera Junta Revolucionaria de Gobierno merece un análisis aparte. A pesar de los posicionamientos contrapuestos, de los agravios y los recelos. La Junta logró armar un gabinete heterogéneo que representaba el mejor capital humano que tenían los diferentes sectores de la vida nacional. Es plausible pensar que todos entendieron la gravedad y trascendencia del momento y decidieron apostar a esa tenue luz de esperanza. Lo intentaron por tres meses; quizá los más intensos y definitorios de nuestra vida republicana. Lo intentaron, pero no lo lograron. El proyecto hizo crisis en los primeros días de enero de 1980; surgió una segunda Junta; más tarde una tercera. Cada cambio tiraba al gobierno más hacia la derecha y daba argumentos a los radicales de izquierda.
1980 fue un año de definiciones. A finales de 1979 se fundó el Frente Amplio Nacionalista (FAN) antecedente del partido ARENA. El 18 de abril se fundó el Frente Democrático Revolucionario (FDR) conformado por la izquierda democrática y parte del movimiento social. Semanas antes fue asesinado Monseñor Romero; hecho que desencadenó una intensa ola de protestas que pudo haberse convertido en una insurrección popular, al estilo sandinista, pero no había una vanguardia militar unificada. El FMLN fue fundado el 10 de octubre de 1980; lanzó su ofensiva general en enero del 81, cuando ya no había condiciones para una insurrección.
Cada hecho confirmaba el convencimiento y disposición a asumir un compromiso, pero también implicaba posicionarse frente al adversario, con lo cual se alejaban las posibilidades de diálogo y entendimiento. En esos años sobraba espíritu militante y disposición de lucha. Esa condición tuvo un lado positivo: la disposición a defender a aquello en que se creía. Pero también llevó su aspecto negativo: el radicalismo que bloqueaba acercamientos y descalificaba a todo aquel que pensara diferente. Con esas actitudes se fue a la guerra, asumiendo que sería breve y definitoria: un bando tendría que ganar.
Medio siglo después el panorama es muy diferente. Poco o nada queda de aquellas certidumbres. Las ideologías que las nutrieron se fueron debilitando con los años hasta ser políticamente insignificantes. Basta ver la situación de los dos partidos políticos históricos: ARENA y FMLN. La derecha política tradicional perdió fuerza, ideas y atractivo. La derecha económica, más práctica se acomoda a los tiempos y gobiernos; hace unas décadas se pronunciaba contra cualquier amenaza al estado de derecho, hoy calla convenientemente. El tránsito del FMLN histórico al FMLN partido político y luego partido de gobierno fue distanciando al partido — mejor dicho, a su dirigencia — de sus ideales y de su base social. Al Frente se le acabaron las ideas, se quedó con las consignas.
Durante 25 años, ARENA y FMLN disputaron política y electoralmente. En cierto modo aprendieron a convivir. Pero no pudieron, ni quisieron, construir grandes acuerdos políticos. En cierto modo se desgastaron mutuamente. No se dieron cuenta que el desencanto crecía entre la población; solo faltaba un oportunista que lo capitalizara electoralmente. Este surgió de la izquierda; fue militante, no por convicción, sino por simple cálculo.
Mucho ha cambiado el país desde 1979. Cierto que fue una oportunidad perdida. Pero dejó experiencias valiosas, que no hemos sabido capitalizar porque no hemos estudiado y reflexionado suficientemente sobre sus implicaciones. Entonces sobró espíritu militante y convicción; hoy nos hace falta, no para defender posicionamientos político partidarios, sino para defender algo más valioso: la república. A veces pareciera que los salvadoreños de 1979 eran demasiado radicales; pero ni la izquierda ni la derecha, ni los reformistas de entonces hubieran tolerado los que hoy permitimos. Entendían la política de otra forma y estaban dispuestos a asumir las consecuencias de sus actos.
| Carlos Gregorio Lopez Bernal |
Historiador, Universidad de El Salvador
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