Los paños tibios nunca han curado nada. Es hora de enfrentar esta pandemia de accidentes con la medicina amarga que se requiere
Los paños tibios nunca han curado nada. Es hora de enfrentar esta pandemia de accidentes con la medicina amarga que se requiere
Desde esta columna, al igual que con las de otras de mis colegas, hemos abogado siempre por una educación integral. Es decir, que no solamente provea al estudiante de conocimientos académicos, indispensables, sino también de conocimientos y herramientas útiles para el día a día.
Por ejemplo, hemos pedido que se incluya en el currículo escolar una educación básica en finanzas, para que, desde niños, se aprenda que muchas veces la pobreza o la riqueza no provienen del monto de ingresos que se puedan tener, sino de cómo se hace uso de esos ingresos, y cómo, cada quien, debería velar por su futuro desde que ganan su primer salario, haciéndose cargo de sí mismos y sin tener que depender de lo que otros le den. Por supuesto que deberán tener, adicionalmente, una pensión bien ganada a través de sus años de trabajo. Pero, lo dicho: adicionalmente. Eso incluye, también, el saber distinguir dónde y a quién confiar los ahorros que se vayan acumulando. Importantísimo, cuando desafortunadamente hemos visto la terrible experiencia sufrida por tantos ciudadanos responsables, que ahorraron durante toda su vida para tener una vejez digna, y que han sido vilmente estafados. Bien por las enseñanzas sobre finanzas que se reciban desde la niñez.
Pero otra educación que hemos reclamado siempre como urgente e importante, es la educación vial, desde la más tierna infancia. Porque a través de la vida, todos seremos peatones, motoristas, o ambos. Y debemos actuar de acuerdo a lo legal, por supuesto, pero principalmente, de acuerdo a la seguridad de todos. Y, desafortunadamente, los últimos y gravísimos accidentes sucedidos, son un grito de alerta que no podemos desoír.
Estamos hartos de escuchar “es que fíjese que se me fueron los frenos”. Es una irresponsabilidad imperdonable que eso suceda. Las revisiones que actualmente la autoridad ha impuesto en las carreteras, me parecen muy bien: sin duda ayudan mucho, ya que sacan de circulación a motoristas bolos, drogados o sin licencia. Pero no creo que esa miradita que pueden echar al vehículo pueda detectar el mantenimiento dado a los frenos, por ejemplo. Entonces, ¿cuál es el remedio?
El Ministro de OO.PP. decía que las revisiones efectuadas en talleres particulares, e incluso en talleres gubernamentales, son susceptibles de ser aprobadas, aunque el vehículo no esté en buen estado, “mordida” de por medio. De nuevo, ¿cuál es el remedio?
Por supuesto que los remedios punitivos ayudan, por lo que deben ser grandes y ejemplares. Pero el verdadero remedio está en que todos los habitantes de nuestro país tomemos conciencia de que un vehículo (bicicleta, moto, carro, camión, bus, volqueta o rastra), absolutamente todos, son artículos de mucha utilidad, pero también de mucho peligro. Y, esto es lo que debemos aprender: pueden convertirse en armas letales, MATAN, convirtiendo a su conductor, cuando menos, en homicida. O en asesino, si es que está conduciendo ese vehículo mientras está borracho o drogado, o a sabiendas de que el vehículo tiene problemas que, en un momento dado, puede transformarlo en una máquina para matar.
Y, por favor, no me vengan a decir que a un niño no se le puede hablar con esa crudeza porque “pobrecito, se va a traumar”. Traumado quedará cuando, porque nunca le hicieron ver su grave responsabilidad, él provoque un accidente o tenga que sufrir en su conciencia, por siempre, la muerte de un inocente. O, por desgracia, él mismo sufra heridas y golpes que lo incapaciten.
Los paños tibios nunca han curado nada. Es hora de enfrentar esta pandemia de accidentes con la medicina amarga que se requiere: para los adultos transgresores, aplicarles lo más severo de la ley. Y para los niños y jóvenes, educarlos desde siempre en la responsabilidad que adquieren al tener en sus manos el manubrio o el timón de cualquier vehículo.
Ojalá en el futuro El Salvador pueda lucir, con la verdad y con orgullo, el título de “País sin accidentes viales”. Ojalá, pero eso depende de lo que hagamos desde hoy mismo.
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