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La jefa 20 años menor que yo: Mi historia de economía plateada

La belleza de la economía plateada es que va más allá de los números

En el año 2020 di cierre —sin muchas ganas— a un ciclo en un trabajo que me apasionaba. Las razones fueron muchas. Institucionalmente, se tenía que rehacer un esfuerzo de seis años y no había dinero para pagar mi plaza. Pensé en negociar un salario menor, pero entonces entraron en juego las decisiones personales que tenía que tomar. La cuarentena había complicado un cuadro de hipotiroidismo que ya era complicado, y sabía que no tenía la energía, a los cincuenta años, para volver al ritmo de trabajo con el que había iniciado. Mis padres eran ambos octogenarios y, si bien la cuarentena se había levantado, la pandemia continuaba. Por último, se había vendido el negocio familiar y mis padres me pidieron ayuda para organizar sus finanzas de tal manera que tuvieran un ingreso fijo. Así que Recursos Humanos reunió amablemente a la mayor parte del maravilloso equipo con el que había trabajado, entregué lo que había que entregar y le dije adiós a la oficina donde había planeado jubilarme y más allá.

Cuando me preguntan por qué no he escrito en los últimos meses, respondo con la verdad: he estado estudiando. El tema de la economía plateada es, para mí, ahora el equivalente del trabajo que tanto me apasionaba en 2020. Sí, soy coach (estudiada). Sí, estoy abierta a sesiones privadas. Pero también reconozco que hay momentos en los que hay que hacer país, y este es uno. Hay más personas jubilándose que personas entrando al mercado laboral. El tema de las pensiones es álgido, pero también es una realidad a la que nos tenemos que enfrentar, nos guste o no. Lo mismo sucede con temas como el edadismo, los recursos limitados, los padres que viven más tiempo, los hijos que tardan más en independizarse, una brecha digital que hay que reducir y una educación financiera deficiente. Para muchos integrantes de la Generación X, los productos financieros tradicionales son tan misteriosos como las criptomonedas.

Pero volvamos a cómo me convertí en parte de la economía plateada. No renové mi contrato y me fui a casa a pasar aquella extraña Navidad de 2020, aliviada de que el núcleo familiar estuviera completo. El 2 de enero de 2021, salí a la cochera de mi casa. Solamente una vecina y yo estábamos allí. Todo el mundo había regresado a su trabajo bajo estrictas medidas de bioseguridad. En ese momento, comencé a llorar. Mi trabajo, para mí, era más que un ingreso: era mi identidad. Había trabajado desde los dieciocho años. Me hacían falta la socialización, los retos, el horario, hasta el tráfico. Me hacía falta sentarme frente a una computadora y crear, dirigir, calcular. Me hacía falta, en esencia, lo que era yo.

Aunque mis padres me demostraron que estaban contentos con mi apoyo y mamá me repetía que ella se había jubilado a los cincuenta, yo no me resignaba a un rol de señora de Las Lomas. Tomé unos cuantos proyectos presenciales con unas ONG, fui a unas entrevistas donde amablemente me dijeron que era muy vieja e inicié un emprendimiento de ropa a la medida, un pendiente que tenía desde niña. Estaba a punto de aceptar un puesto fijo en una institución de educación superior extranjera cuando mi padre enfermó de pronto. La institución me dijo que me esperaba hasta que mi padre saliera del hospital, pero, a la semana, papá, que siempre fue un hombre práctico, expresó claramente que iba a necesitar enfermeros. Yo no sabía si iba a ser por tres meses o un año, pero sí me di cuenta de que la dinámica familiar iba a cambiar. Así que llamé, me puse a la orden para prestar servicios profesionales y retiré mi candidatura. Fue un movimiento arriesgado y, no miento, frustrante. Hubo muchas personas que me dijeron que estaba loca, que un montón de mujeres trabajaban así, etc. Sin embargo, yo sentía que era momento de apoyar a mis padres. Al final, mi padre vivió casi cuatro años más y el puesto se cerró después de uno.

Durante ese primer año después de su hospitalización, papá planificó cómo dejar protegida a mamá cuando él faltara. Después de eso, poco a poco me fui haciendo cargo de lo operativo, pero, aun así, necesitaba trabajar en lo mío. Me sentía dependiente y con todavía mucho que dar. Una amiga (sabés quién sos; te estaré eternamente agradecida) me abrió las puertas de su colegio para preparar a sus alumnos para exámenes internacionales, algo que había hecho por años. Gracias a esto, descubrí que, en ese momento de mi vida, disfrutaba dar clases más que gerenciar. A los meses, leí un artículo sobre una gerente que se había dado cuenta exactamente de lo mismo y había vuelto a las aulas universitarias. Yo había regresado brevemente en 2022, pero mi estado de salud no lo soportó y no sabía si me volverían a recibir. Llámenlo Dios o como quieran, pero ni siquiera había pasado una semana cuando recibí la llamada de una colega, jefa de cátedra universitaria, pidiéndome que diera una clase de finanzas básicas. Acepté por pena porque (confieso) no era una institución donde hubiera considerado trabajar. Lo hice por cortesía profesional. El «por cortesía» duró unas dos semanas, porque a mi jefa le salió un trabajo en el extranjero y se fue, dejándome con una cátedra y una nueva jefa veinte años menor que yo. Pensé en renunciar, pero al final me quedé y resultó ser una de las experiencias más valiosas de mi vida.

Regresar a las aulas a los cincuenta años me dio una motivación que había olvidado que tenía. Además, ya no tenía que probarme: ya había sido gerente, estaba a punto de tramitar mi pensión y mi jefa, veinte años menor que yo, resultó ser una mujer inteligente, capaz, resolutiva y con una empatía que no había sido característica de mis jefes boomer. La institución en la que yo no quería trabajar se encargó de cerrar la brecha digital que arrastraba, ofreciéndome cursos sin considerar mi edad. Tanto es así que, cuando me ofrecieron las clases virtuales (que tanto temía), no me provocaron la angustia que yo pensaba que me causarían. Pasé de «solo este curso» a «probemos uno más» y luego a «¿cree que podría enseñar Literatura Inglesa si hay cursos en línea?».

Y fue gracias a una de esas credenciales que me ofreció la universidad, con una facilitadora maravillosa, también veinte años menor que yo, que aprendí no solo sobre coaching educativo, sino también que la temida inteligencia artificial era meramente un recurso. Mi experiencia, mi conocimiento de la materia y lo que quería enseñar estaban dentro de mí, no en la computadora. De pronto, esta integrante de la Generación X, que todavía dio clases con pizarra y yeso, estaba generando diapositivas en Copilot, sacando resúmenes en Gemini, trabajando en Canvas y creando sitios en Google. Fue allí, en esas noches de finales de 2025, cuando decidí que era hora de cumplir el sueño que me faltaba: ser coach de desarrollo de vida.

Esta es mi historia de éxito dentro de la economía plateada, una historia a la que aún le faltan capítulos. Tengo cincuenta y cinco años, soy jubilada, le ayudo a mi madre con sus finanzas y con el manejo de su casa y disfruto cuidar mi jardín y llenar mi casa de plantas. También soy catedrática universitaria y columnista, tengo un pódcast acerca de economía plateada y estoy curando mi primera colección de ensayos. No era lo que esperaba ser en 2019 ni en 2021, pero es justamente lo que necesitaba ser como hija, como profesional y como mujer en 2026.

He aprendido a reinventarme y a reinvertir en mí misma. He obtenido un diplomado en Finanzas Básicas del Politécnico de Milán que enorgullece a la Carmen de hace veinte años, y una certificación en entornos virtuales que ha transformado a la licenciada Marón de hoy. Así que, seis años después de comenzar a escribir en este rotativo, reoriento mi columna para que todos aquellos salvadoreños que ya somos parte de la economía plateada podamos tener una jubilación no solo digna, sino también plena. Espero también animar a más instituciones y empresas a que valoren la experiencia y no se fijen únicamente en la edad.

La belleza de la economía plateada es que va más allá de los números: es un cúmulo de historias, experiencias y conocimientos que, compartidos, nos pueden ayudar a impulsar el desarrollo de El Salvador, si tan solo entendemos su valor.

Carmen Marón
Coach de Desarrollo de Vida
Catedrática universitaria

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