A los catorce, que una novia te dejara no era una mala tarde. Era el fin de una civilización. El colegio seguía abierto, tu mamá preguntaba si querías más frijoles y el planeta giraba con una falta de respeto admirable, pero para vos todo había terminado. La vida era exactamente ese salón, ese grupo de amigos y la persona que acababa de decidir que ya no quería darte la mano.
Años después uno recuerda aquello y se ríe. “Qué tontos éramos”, dice, como si la adultez hubiera llegado a instalar en nuestra cabeza un departamento de análisis, un sistema de alarmas y una señora que lee las letras pequeñas antes de firmar. También decimos que de niños llamábamos problema a cualquier cosa. Como si hubiéramos fingido el dolor para conseguir permiso de faltar a clases. El adulto se ríe desde la comodidad de saber que aquello no duró para siempre.
Hay una trampa en esa risa: confundimos no saber resolver algo con no tener motivos para sufrirlo. Que hoy podamos mirar atrás y pensar “qué dramática”, no demuestra que el problema fuera pequeño. Demuestra que sobrevivimos, crecimos y ahora conocemos capítulos que aquella versión de nosotros ni siquiera podía imaginar.
A los catorce, que te abandonara tu novia podía ser la peor pérdida de tu vida. No porque fuera el amor definitivo ni porque el resto del mundo se hubiera extinguido en secreto, sino porque era la primera vez que tu mundo conocido se abría por la mitad. No tenías diez rupturas anteriores para armar un comité de evaluación. No sabías que el duelo también se aburría y que un día ese nombre dejaría de aparecer en cada canción como si el cantante recibiera instrucciones tuyas.
Lo mismo pasaba con perder una materia. Ciencias podía convertirse en una condena de trabajos, regaños y miradas de decepción, todo antes de descubrir que la tabla periódica no iba a preguntarte por tu futuro laboral. El colegio era el escenario entero; reprobar una asignatura era el equivalente adolescente a que te embargaran la casa. Nadie te avisaba que, en la adultez, uno iba a extrañar la época en que el mayor acreedor era una maestra.
Ahora los problemas sí vienen con uniforme de adulto: perder el empleo, pagar una deuda, cuidar a alguien enfermo, recibir una notificación judicial o temer ir preso. Hay consecuencias más graves, por supuesto. Pero esa comparación no convierte la angustia adolescente en una versión de juguete del sufrimiento. Solo revela que hoy tenemos más herramientas, más experiencia y, con suerte, más de una persona a quien llamar antes de declararle la guerra al universo.
Un niño no tiene menos problemas porque su mundo mida menos kilómetros; su mundo es el tamaño que puede comprender. Una pelea puede dejarlo sin lugar donde sentarse, una mala nota sentirse como profecía familiar y una ruptura convertir el recreo en audiencia pública. La madurez nos presta perspectiva y una memoria descarada que recorta el miedo y conserva la anécdota graciosa.
Por eso conviene desconfiar de “ay, uno de joven es tonto”. Sirve para reírnos de la ropa, los mensajes kilométricos y la certeza de que nadie sufrió como nosotros. Usada para despachar lo que alguien siente hoy, se vuelve superioridad barata: yo ya pasé por eso; vos deberías superarlo a mi ritmo.
No hace falta fingir que toda pena adolescente era una tragedia griega. Algunas eran ridículas; casi todas parecían definitivas. Un adulto puede reírse de que lloró por una novia de catorce años y recordar que entonces no tenía otra versión de sí mismo a quien pedirle perspectiva.
Tal vez crecer consista también en dejar de burlarnos de quien fuimos cuando todavía no sabíamos cuánto podía doler la vida. A esa persona le tocó estrenar cada problema sin manual, sin experiencia y sin la seguridad de que al día siguiente el mundo seguiría ahí. Para ella, el examen, el rechazo o la pelea eran la noticia completa.
Qué fácil es llamar exageración al dolor ajeno cuando ya tenemos edad para pagar recibos. Lo difícil —y quizá lo más adulto— es recordar que alguna vez también necesitamos que alguien nos dijera: sí, esto duele; no, no sos tonto por sentirlo.
Alejandra Gavidia
Consultora política y Miss Universo El Salvador 2021