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Fantasías y fantasmas

En un instante podemos llegar a vivir lo que no vivimos en un largo tiempo

A veces llamo fantasías fantasmas, pues son etéreas y de la misma materia de las visiones. Duendes, sombras, recuerdos, añoranzas, sueños y pasiones son hechos de la misma substancia sutil e impalpable. El perfume y el sueño son hermanos. Forjados de un mismo plasma, de la ilusoria substancia de lo invisible. Pero bien —aunque inmateriales e intangibles— son seres inmateriales, presencias, sentimientos e ideas reales. Entonces tenemos que convivir con un mundo de seres y de cosas visibles e invisibles, palpables o intangibles.

Los lejanos poetas chinos del pasado creían que el hombre —junto a todo lo fugaz— era ilusión. Ilusión para ellos era lo que pasaba y lo real era lo que perduraba. Una mariposa o una flor, un sueño o un deseo eran solo ilusión, porque pasaban. (El mismo ser humano lo era, por pasajero). Los astros, los mares, los montes y el universo eran lo único permanente en aquel idílico mundo de lo eterno y lo fugaz.

Aunque lo efímero suele ser más intenso. En un instante podemos llegar a vivir lo que no vivimos en un largo tiempo. Lo fantasmagórico abarca entonces el mundo sutil de lo breve y de lo eterno. Las fantasías y las imaginaciones son —después de todo— igual de improbables que los dulces espectros del misterio.

¡Ah, felices «fantasías», que fueron nuestras tan solo la eternidad de su instante!

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