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Sin apellidos: los resultados PISA 2025

Los resultados no son alentadores. PISA 2025 registró el promedio más bajo observado hasta ahora entre los países de la OCDE en ciencias, lectura y matemáticas. Entre 2022 y 2025, el desempeño promedio en ciencias se mantuvo aproximadamente estable, mientras lectura y matemáticas continuaron descendiendo.

Doctora y escritora Mirella de Wollants

—Quisiera hablar con el doctor Pedro Gómez Saravia, por favor.

La recepcionista se queda pensando. Mira su escritorio, escribe algo en la computadora y observa fijamente la pantalla. Un minuto después, con una amplia sonrisa, informa:

—Fíjese que el doctor Pedro no se encuentra. ¿Quisiera dejarle algún recado?

—Solo dígale, por favor, que vino a buscarlo la licenciada Rosario Ramírez Alvarado.

—Está bien, licenciada Rosario. Yo le diré, con mucho gusto.

—¿Podría darme su nombre para preguntar por usted cuando llame por teléfono a esta oficina?

—Roxana.

—¿Roxana?

—Sí. Roxana o Roxy, como usted guste.

—¿Roxana qué?

—Solo Roxana.

—Y… —dudo un momento— ¿su apellido?

—¿Mi apellido?

—Claro. Podría haber más de una Roxana en esta oficina y después no sabrían por quién estoy preguntando.

—¡Ahhh! Sí —responde, nuevamente con una amplia sonrisa—. Roxana Pérez.

Desde hace aproximadamente una década observo con creciente frecuencia un fenómeno que antes no recuerdo haber advertido de esta manera: personas, especialmente jóvenes, que prescinden del apellido al presentarse o al referirse a otros, incluso dentro de ambientes laborales y profesionales.

El doctor Gómez Saravia se convierte en “el doctor Pedro”. La licenciada Patricia Martínez pasa a ser “la Lic. Paty”. Y, cuando uno pregunta a alguien su nombre, recibe por respuesta: “Jorge”. Si insiste con un “¿Jorge qué?”, puede obtener: “Jorge Antonio”. Solo cuando se formula expresamente la pregunta “¿y su apellido?” aparece finalmente el Guzmán, el Pérez, el Hernández o el Cortez.

¿Por qué me interesa algo aparentemente tan trivial?

Porque hace pocos días, el 8 de septiembre, fueron publicados los resultados de PISA 2025, el Programa para la Evaluación Internacional de los Estudiantes de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE). La edición fue la mayor realizada hasta la fecha: participaron más de 760,000 jóvenes de 15 años de 91 países y economías, representativos de unos 33 millones de estudiantes.

Los resultados no son alentadores. PISA 2025 registró el promedio más bajo observado hasta ahora entre los países de la OCDE en ciencias, lectura y matemáticas. Entre 2022 y 2025, el desempeño promedio en ciencias se mantuvo aproximadamente estable, mientras lectura y matemáticas continuaron descendiendo.

Pero lo que más me interesa de PISA no es únicamente cuánto saben los estudiantes.

PISA intenta averiguar qué son capaces de hacer con aquello que saben.

No está diseñada simplemente para establecer cuánto contenido logró memorizar un adolescente, sino para valorar si puede utilizar sus conocimientos y habilidades frente a problemas y situaciones de la vida real. La propia OCDE explica que la evaluación examina qué saben los estudiantes y con qué eficacia pueden aplicar ese conocimiento a desafíos concretos.

Y allí los resultados de El Salvador merecen atención.

Solamente 12 % de los estudiantes salvadoreños alcanzó al menos el nivel 2 de competencia en matemáticas, frente a 65 % como promedio de la OCDE. En lectura alcanzó ese nivel o uno superior 29 %, frente a 69 % en la OCDE; y en ciencias, 35 %, frente a 74 %. En matemáticas y ciencias, prácticamente ningún estudiante salvadoreño llegó a los niveles superiores de desempeño.

Hace unos doce años, mientras estudiaba en una universidad privada, observé algo que entonces me sorprendió: estudiantes de entre 17 y 20 años tenían dificultades para aplicar la regla de tres, ese procedimiento elemental que permite encontrar un valor desconocido a partir de tres datos relacionados proporcionalmente.

Podían haberla estudiado. Incluso podían reconocerla cuando aparecía planteada como ejercicio académico. El problema surgía cuando debían identificar por sí mismos que esa era precisamente la herramienta que necesitaban para resolver una situación.

Esto resulta particularmente interesante al leer cómo describe la OCDE el nivel 2 de matemáticas. Un estudiante que alcanza ese nivel puede, como mínimo, interpretar y reconocer, sin instrucciones directas, cómo una situación sencilla puede representarse matemáticamente. La OCDE menciona ejemplos cotidianos: comparar la distancia total de dos rutas alternativas o convertir precios de una moneda a otra.

La frase clave es: sin instrucciones directas.

No basta con poseer el conocimiento. Hay que reconocer cuándo corresponde utilizarlo.

Y entonces regreso a Roxana.

No pretendo afirmar, por supuesto, que alguien que se presenta únicamente por su nombre tenga un problema educativo, ni que llamar “doctor Pedro” a otra persona sea consecuencia de los resultados de PISA. Eso sería establecer una relación causal que PISA no demuestra.

Pero ambos fenómenos sí permiten formular una pregunta.

¿Tenemos una sociedad que ha aprendido conocimientos y normas, pero que encuentra dificultades para reconocer cuándo debe aplicarlos?

El abandono progresivo del apellido en determinados ámbitos podría obedecer a varias razones.

La primera es una modificación de las convenciones lingüísticas y sociales. En el trato formal, el título profesional tradicionalmente suele acompañar al apellido —“licenciada Martínez”, “doctor López”, “ingeniero Hernández”— o al nombre completo. “Doctor Pedro” combina dos registros diferentes: uno formal, representado por el título profesional, y otro de familiaridad, representado por el nombre de pila.

La segunda podría ser una creciente simplificación de la comunicación. Recordar nombres completos, retener apellidos, distinguir los registros formales de los familiares o aplicar una convención aprendida puede parecer innecesario cuando basta con decir “Pedro”, “Paty” o “Roxy” para que todos comprendan de quién se habla.

No necesariamente se ha olvidado qué es un apellido. Tampoco necesariamente se desconoce la forma tradicional de tratamiento. Sencillamente, el conocimiento deja de activarse espontáneamente.

La tercera explicación es la familiarización de las relaciones sociales. “Doctor Pedro” acorta las distancias. Puede expresar cercanía, afecto, costumbre laboral o simplemente una nueva manera de relacionarnos. Pero produce una combinación curiosa: conservamos “doctor” para mantener la deferencia hacia el título y utilizamos “Pedro” para eliminar parte de la distancia que esa misma deferencia establece.

Solemnidad por delante; confianza por detrás.

Existe todavía otro elemento: la imitación social. Una persona escucha diariamente “Doc Pedro”, “Lic. Paty” o “Dra. Vicky” y termina reproduciéndolo sin preguntarse por qué. No necesariamente ha tomado una decisión consciente de modificar una regla o una costumbre. Sencillamente ha incorporado la forma utilizada por los demás.

Y volvemos nuevamente al mismo punto: no verificar, no cuestionar, no detenerse a pensar por qué hacemos lo que hacemos.

Tal vez allí exista un pequeño puente entre estas observaciones cotidianas y lo que PISA intenta medir.

Una cosa es haber aprendido qué es un apellido. Otra es comprender cuándo se requiere identificar a una persona por su nombre completo.

Una cosa es conocer una regla matemática. Otra es reconocer, sin que nadie lo indique, que esa regla permite resolver el problema que tenemos delante.

Una cosa es aprender una norma.

Otra muy distinta es incorporarla, relacionarla con una situación nueva y utilizarla.

Si desde la escuela aprendemos determinados conocimientos, conceptos y convenciones, pero necesitamos que alguien nos indique exactamente cuándo debemos sacarlos del archivo de la memoria y utilizarlos, quizá convenga preguntarnos no solamente cuánto estamos enseñando, sino qué estamos enseñando a hacer con aquello que se aprende.

Mientras tanto, el apellido parece ir desapareciendo de nuestra presentación cotidiana.

Quizá sea una simple transformación del lenguaje y de las relaciones sociales.

O quizá valga la pena preguntarnos qué nos está diciendo.

Mirella Schoenenberg Wollants

Médica, Nutrióloga y Abogada

mirellawollants2014@gmail.com

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