El verdadero poder de uno no consiste en convertirse en caudillo ni en creer que una persona salvará a todos. Consiste en recordar que una sola voz puede impedir que el silencio se vuelva costumbre.
El verdadero poder de uno no consiste en convertirse en caudillo ni en creer que una persona salvará a todos. Consiste en recordar que una sola voz puede impedir que el silencio se vuelva costumbre.

Bryce Courtenay publicó en 1989 The Power of One, una novela que después llegaría al cine. Su protagonista, Peekay, es un muchacho marcado por la soledad, educado intelectualmente por un profesor alemán conocido como Doc y formado en el boxeo por Geel Piet, un prisionero de Barberton. Entre los presos negros comienza a crecer alrededor de él una leyenda: Onoshobishobi Ingelosi, el “Ángel Renacuajo”. No importa tanto la traducción como el significado. Peekay deja de ser solamente un joven que aprende a pelear; se convierte en símbolo de esperanza para personas sometidas a un sistema que buscaba separarlas, clasificarlas y mantenerlas en su sitio.
El apartheid sudafricano fue precisamente eso llevado al extremo: la institucionalización de la separación racial. No vivimos un apartheid. Afirmarlo sería histórica y moralmente irresponsable. Pero tal vez sí deberíamos preguntarnos si estamos normalizando otras formas de separación: entre quienes pueden hablar y quienes prefieren callar; entre quienes pueden pagar y quienes deben resignarse; entre quienes avanzan y quienes apenas sobreviven.
Hace poco, una paciente me dijo que había leído mi artículo “ENAR 2026: ¿la nueva esclavitud?” y me pidió que dejara de escribir. Su argumento fue sencillo: “Doctor, algo le puede pasar”. No ha sido la única. Pacientes, colegas, amigos e incluso familiares han repetido la misma advertencia.
La frase debería inquietarnos.
Porque en un país cuya Constitución reconoce expresamente el derecho a expresar y difundir libremente el pensamiento, ¿en qué momento cuestionar comenzó a sentirse peligroso? El problema no es solamente que exista censura formal. Existe también algo más silencioso: la autocensura nacida del miedo. Cuando una sociedad comienza a pensar primero en las consecuencias de hablar que en la veracidad de lo que dice, algo se ha deteriorado. Una sociedad libre no necesita unanimidad; necesita ciudadanos capaces de disentir sin temor.
La separación también puede ser económica.
En salud, por ejemplo, el discurso oficial habla de construir el mejor sistema público del mundo. Ojalá sea así. Pero un sistema verdaderamente bueno no se mide por anuncios, tecnología o edificios, sino por su capacidad de garantizar atención digna a quien no puede pagarla. Si el acceso efectivo termina dependiendo de la billetera, entonces la enfermedad también se convierte en frontera social. Y cuando vemos campañas para recaudar fondos para pacientes que necesitan sobrevivir, la pregunta no debería ser únicamente cuánto podemos donar, sino por qué fue necesario hacerlo.
Con la alimentación ocurre algo parecido. El Programa Mundial de Alimentos reconoce que en El Salvador persisten dificultades de acceso a alimentos y que algunos hogares enfrentan la escasez reduciendo el tamaño de las comidas. Estudios recientes han documentado salvadoreños que comen solamente una o dos veces al día. Comer menos, comer peor o sacrificar la dieta para que alcance el dinero también es una forma cruel de quedar del otro lado de la línea.
El trabajo tampoco escapa. La OCDE señaló que la productividad laboral salvadoreña creció apenas 0.1 % entre 2010 y 2019 y que buena parte del empleo se concentra en sectores de bajo valor agregado. La Encuesta de Hogares de 2025 añadió otro dato incómodo: entre hogares en pobreza multidimensional, el subempleo y la inestabilidad laboral aumentaron. Sin trabajo productivo y estable, hablar de movilidad social se vuelve cada vez más difícil.
Y está la vivienda. Mientras admiramos proyectos inmobiliarios de lujo, el Banco Mundial estimó que en 2023 el 72 % de los hogares experimentó alguna forma de privación habitacional. El problema no es que alguien pueda comprar una vivienda de millones de dólares. El problema aparece cuando comenzamos a considerar normal que otros nunca puedan aspirar siquiera a una vivienda adecuada.
Tal vez por eso me sigue gustando The Power of One. Porque el verdadero poder de uno no consiste en convertirse en caudillo ni en creer que una persona salvará a todos. Consiste en recordar que una sola voz puede impedir que el silencio se vuelva costumbre.
En El Hobbit, Gandalf explica que no siempre son los grandes poderes los que contienen la oscuridad, sino los actos cotidianos de la gente común. Quizá escribir sea apenas uno de esos actos.
Yo también tengo miedo.
Y quizá por eso quisiera escuchar, alguna vez, aquellas palabras de Galadriel:
“No debes tener miedo, Mithrandir. No estás solo”.
Dr. Danilo Alfonso Arévalo Sandoval
Ginecólogo Oncólogo
Programa de Gerencia de Hospitales e Instituciones de Salud, INCAE.
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