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De «Río de cenizas» a batalla de fuego, Nejapa transforma su historia volcánica cada agosto

Cada 31 de agosto, el norteño pueblo de Nejapa revive su herencia volcánica y ancestral en una trepidante batalla donde el fuego ardiente une la historia, la devoción y la adrenalina comunitaria.

Bolas de fuego de Nejapa
Cada 31 de agosto, Nejapa arde con su tradición de las Bolas de Fuego. Foto EDH / Archivo

Caminar por las calles de Nejapa cuando se acerca el 31 de agosto es sentir cómo la tierra susurra su propia memoria.

Mucho antes de que el asfalto ocupara las vías principales y el turismo internacional pusiera los ojos en esta localidad, la zona ya llevaba en su nombre náhuat la marca indeleble de la naturaleza: Nixapa, el «Río de cenizas».

Aquel nombre no era casualidad. El profesor de filosofía y literatura Carlos Saracay, oriundo del lugar y residente en Colombia, recuerda que los pueblos indígenas precolombinos crecieron rodeados por la ceniza volcánica que fertilizó la tierra.

Para estas comunidades el fuego no representaba el mal, sino el símbolo de la vida, la constante transformación y el devenir.

Bolas de Fuego de Nejapa
Al inicio de la tradición, los pobladores disfrutaban viendo las bolas volar como cometas en una Nejapa totalmente a oscuras. Foto EDH / archivo

Con el paso de los siglos, la memoria de las erupciones del volcán de San Salvador se entrelazó con el mito y la fe.

La tradición religiosa atribuida por la Iglesia católica narra que San Jerónimo Doctor protegió al pueblo de la lava ardiente, mientras que la leyenda popular afirma que el santo batalló contra el diablo dentro de una gruta.

Tras la erupción de 1917, los jóvenes comenzaron a elaborar bolas de algodón impregnadas con gas o gasolina para conmemorar el evento volcánico, dando inicio a una vivencia que evolucionaría de forma radical.

Tanto se enraizó la ardiente tradición, que incluso el agosto que la Guardia Nacional trató de prohibir la fiesta, los mismos pobladores los acorralaron en su puesto lanzándoles las bolas de fuego. Así lo recordó René Canjura, quien se desempeñó por 15 años como alcalde del entonces municipio.

Escritor nejapense Carlos Saracay
Escritor y gestor cultural Carlos Saracay. Foto Jessica Orellana / El Diario de Hoy

Él asegura que antes del conflicto armado, la fiesta no era como se vive en la actualidad. A los habitantes les gustaba ver las formas que dibujaban las bolas ardientes al volar por los aires, en un un pueblo totalmente a oscuras.

«Con la guerra, surgieron dos bandos y comenzó la batalla que hoy se ha popularizado», agregó.

La nostalgia de las calles iluminadas

Quienes vivieron la celebración a mediados del siglo pasado recuerdan un ambiente impregnado de intimidad doméstica y nostalgia.

En aquellos años, cuando la luz eléctrica apenas alumbraba las esquinas, las madres intentaban frenar a sus hijos para evitar que participaran en el peligroso combate. Algunas, los amarraban para evitar que se les escaparan, como le ocurrió al también poeta y gestor cultural Carlos Saracay.

Hilda Nerio, ciudadana originaria de Nejapa
Hilda Nerio recuerda con emoción «La Recuerda», la bandita y la adrenalina de todos corriendo para no quemarse con las bolas. Foto EDH / Archivo

Hilda Nerio, vecina que vivió su infancia en el pueblo, recuerda cómo se escapaba con su hermano para presenciar la preparación.

«Las amarraban con alambre de amarre de trapos de uniformes viejos del Ingenio La Cabaña, las dejaban bien seguras en botes de leche con gas y las guardaban días antes», relata Nerio sobre el proceso artesanal.

A las ocho de la noche, la ciudad se dividía entre «los de arriba» y «los de abajo». Y mientras la primera bola cruza el cielo como un cometa, en el atrio de la iglesia se cocinaba otro pilar de esta popular fiesta: la repartición de tamales calientes, café y chocolate, amenizados por «la bandita de cuero».

En la cuenta de Facebook Bolas Fuego Nejapa Histórico, se publicó un clip con la historia de esta banda que Hilda Nerio guarda en sus memorias de infancia.

Tamales para la Recuerda en las fiestas de las Bolas de Fuego.
La repartición de tamales sigue siendo parte de la tradición, pero ahora se saborean otros platillos nacionales. Foto EDH / Archivo

En el audiovisual se detalla que en esa época existía una regla no escrita: los tamales no se entregaban hasta que caía la última bola encendida.

Al finalizar la batalla, los combatientes paseaban con orgullo sus ropas ahumadas y los guantes asomados en las bolsas traseras del pantalón como un orgullo.

Hoy en día, la vestimenta ha evolucionado y los guerreros han retomado figuras de la cultura internacional para enfrentarse en la batalla ardiente, alejándose de la identidad nacional.

Otro dato importante es que hace muchos años, la fiesta se realizaba sin la presencia de cuerpos de socorro o los bomberos. «Las mamás nos esperaban con los huacales de agua, nada más», enfatizó Saracay.

Bolas de fuego de Nejapa
Las bolas de trapos se preparan al menos un mes antes de la batalla. Foto EDH / Archivo

De la hermandad de barrio al desafío internacional

Hoy en día, la celebración ha dejado de ser una vivencia exclusivamente local para convertirse en un fenómeno de alcance global.

La dinámica contemplativa de lanzar las esferas hacia lo alto para verlas volar mutó en una vibrante y extrema confrontación cuerpo a cuerpo entre cerca de 200 jóvenes ataviados con ropa de algodón, máscaras y guantes húmedos.

El olor a gas para candiles cedió su lugar a combinaciones de gasolina, mientras los paramédicos y cuerpos de socorro despliegan operativos para atender las inevitables quemaduras entre participantes y espectadores desafiantes.

Pese a la mercantilización y la masificación del espectáculo, el espíritu indomable del pueblo se mantiene vivo, como resaltó Carlos Saracay.

Carlos Saracay, René Canjura e Hilda Nerio, ciudadanos de Nejapa
Carlos Saracay (i), René Canjura e Hilda Nerio están orgullosos de esta tradición que puesto en el mapa internacional a su amada Nejapa. Foto Jessica Orellana / El Diario de Hoy

Quienes ingresan a la batalla de fuego no buscan victorias ni trofeos; los mueve el impulso directo de soltar la adrenalina, desafiar el peligro y llevar en la piel una cicatriz que sirva como recuerdo eterno de su valentía.

Cada 31 de agosto, cuando la primera bola incandescente surca las sombras de Nejapa, la modernidad se apaga por un instante.

El humo denso, los gritos de la multitud y el resplandor de las llamas recuerdan a los presentes que, sin importar cuánto cambie el mundo, los habitantes de Nejapa seguirán siendo dignos hijos del volcán, celebrando la vida sobre la misma ceniza que los vio nacer.

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