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IUSA: «Hasta siempre» a una empresa que fue parte clave de nuestra historia reciente

IUSA llegó a El Salvador cuando Japón comenzaba a levantarse de las ruinas de una guerra devastadora. Aquí encontró un país pequeño que también atravesaría profundas transformaciones. El Salvador fue el segundo país en el mundo que puso toda su confianza y comenzó a distribuir también automóviles japoneses después de la Segunda Guerra Mundial. Durante siete décadas, ambas historias se cruzaron.

Hay cierres empresariales que trascienden las cifras de producción, las plazas de trabajo o los balances financieros. El cierre definitivo de Industrias Unidas S. A. (IUSA), después de 71 años de presencia en El Salvador, es uno de esos casos.

La empresa japonesa anunció que el próximo 30 de noviembre pondrá fin a sus operaciones textiles en el país. La decisión, según explicó, responde a una estrategia global de reestructuración de su casa matriz, Toyobo, y no a una pérdida de expectativas sobre el mercado salvadoreño ni sobre la industria textil nacional.


Conviene tomar nota de esa aclaración. Pero también conviene detenerse en lo que significa para el país la partida de una compañía que llegó en 1955, apenas una década después del fin de la Segunda Guerra Mundial, y que hizo de El Salvador su primera plataforma de operaciones fuera de Japón, además de ser una de las marcas que ayudaron al desarrollo del país desde la segunda mitad del Siglo XX. No se trata simplemente de una fábrica que cierra sus puertas. Se despide una institución empresarial que acompañó buena parte de la historia económica y social de nuestro país.

IUSA atravesó épocas muy distintas. Sobrevivió a las dificultades políticas y económicas de décadas pasadas y, de manera particularmente significativa, resistió los embates de la guerra de los años Ochenta, cuando empresas y ciudadanos japoneses fueron también víctimas de la violencia. Permaneció cuando otros se marcharon y continuó apostando por producir en El Salvador.

Su presencia tampoco se limitó a la fabricación de hilaza y tejidos. IUSA representó una forma de hacer empresa asociada a la disciplina, la calidad, la innovación tecnológica y una relación estrecha con la comunidad. Sus actividades sociales y la promoción de la cultura japonesa dejaron una huella que va más allá de los productos que salían de sus instalaciones.

Por eso, su cierre merece algo más que una nota pasajera.

También debería llevarnos a preguntarnos qué estamos haciendo como país para conservar, atraer y renovar la inversión productiva de largo plazo. La globalización obliga a las grandes compañías a tomar decisiones que muchas veces responden a estrategias corporativas definidas a miles de kilómetros de distancia. Eso es una realidad que debemos reconocer. Pero también es cierto que cada empresa que se instala, invierte, capacita trabajadores y construye proveedores representa un activo para la economía nacional.

El comunicado de IUSA contiene, en ese sentido, un mensaje que no debería pasar inadvertido: la compañía afirma que la industria salvadoreña está entrando en una nueva etapa de desarrollo y expresa su deseo de que continúe creciendo.

Ese reconocimiento debe convertirse en un compromiso.

El Salvador no puede conformarse con celebrar la llegada de inversión extranjera ni lamentar su partida. Necesita construir las condiciones para que las empresas encuentren razones para quedarse, reinvertir y ampliar sus operaciones. Eso supone seguridad jurídica, reglas claras, infraestructura adecuada, energía competitiva, talento humano preparado, facilitación del comercio y una relación seria y previsible entre el sector público y el privado.

La industria textil, además, enfrenta una transformación profunda. La competencia internacional, los cambios tecnológicos, las exigencias ambientales y las nuevas cadenas globales de suministro obligan a elevar permanentemente la productividad y el valor agregado. El desafío no es regresar al modelo industrial del pasado, sino aprovechar la experiencia acumulada durante décadas para construir una industria más moderna, especializada y competitiva.

Japón y El Salvador, dos historias que se cruzaron por el desarrollo

El cierre de IUSA no debe interpretarse, por tanto, como el certificado de defunción de la industria salvadoreña. Tampoco sería sensato minimizarlo. Es, más bien, una señal que merece ser escuchada.

Setenta y un años de historia empresarial no desaparecen el día que una planta deja de operar. Quedan trabajadores formados, conocimientos acumulados, relaciones comerciales, experiencias y una memoria empresarial que forma parte del patrimonio económico del país.

IUSA llegó a El Salvador cuando Japón comenzaba a levantarse de las ruinas de una guerra devastadora. Aquí encontró un país pequeño que también atravesaría profundas transformaciones. El Salvador fue el segundo país en el mundo que puso toda su confianza y comenzó a distribuir también automóviles japoneses después de la Segunda Guerra Mundial. Durante siete décadas, ambas historias se cruzaron.

Hoy llega la hora del adiós.

El mejor homenaje que El Salvador puede hacer a esa larga presencia japonesa no es únicamente agradecerla. Es aprender de ella. Que la salida de IUSA nos recuerde que atraer inversión es importante, pero crear las condiciones para que la inversión productiva eche raíces y se renueve durante generaciones es todavía más importante.

Una empresa puede cerrar por decisión de su casa matriz. Pero un país no debería cerrar nunca la puerta a la industria, al trabajo productivo, a la innovación ni a la inversión de largo plazo.

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