Estos días tienen un significado especial: son una oportunidad de escuchar, de conversar y sobre todo, de recordar que la fe no necesita ruido para transformar la vida
Estos días tienen un significado especial: son una oportunidad de escuchar, de conversar y sobre todo, de recordar que la fe no necesita ruido para transformar la vida

Hay visitas que llegan con estruendo, con cámaras, discursos y titulares. Y hay otras que, precisamente por su discreción, terminan hablando mucho más profundo.
La visita a El Salvador del Prelado del Opus Dei pertenece a esas segundas.
Para muchos quizá haya pasado casi inadvertida. Para quienes tenemos la dicha de ser amigos de la Obra, en cambio, estos días tienen un significado especial: son una oportunidad de escuchar, de conversar y sobre todo, de recordar que la fe no necesita ruido para transformar la vida.
Tuve el privilegio de participar en una tertulia con él. Y me quedó la certeza de que, detrás de sus palabras, había algo mucho más importante que un discurso: una invitación a volver a lo esencial.
Habló de la familia. Ese lugar donde aprendemos a amar, pero también donde más necesitamos aprender a pedir perdón. Porque una familia no se construye con personas perfectas, sino con personas capaces de comprenderse, corregirse, perdonarse y volver a empezar.
Habló del perdón, quizá una de las palabras más difíciles de pronunciar cuando el orgullo pesa más que el amor.
Perdonar no significa olvidar lo sucedido; significa impedir que aquello que nos hirió tenga la última palabra sobre nuestra vida.
Habló también de la comunión. No solamente como expresión religiosa, sino como una manera de entender la existencia: nadie camina verdaderamente solo.
Necesitamos al otro, necesitamos escuchar, acompañar y dejar que también nos acompañen.
Y apareció una de las enseñanzas que más identifica al Opus Dei: la santificación del trabajo. Esa extraordinaria posibilidad de encontrar a Dios en lo cotidiano, en el escritorio, en el hospital, en la escuela, en la oficina, en la empresa, en la casa; allí donde cada persona convierte su responsabilidad diaria en una oportunidad para servir.
Quizá ese sea uno de los grandes mensajes de esta visita: que la santidad no necesariamente vive lejos de nosotros.
Puede estar en la manera en que tratamos a nuestros padres, en la paciencia con nuestros hijos, en la honestidad de nuestro trabajo, en el perdón que ofrecemos y en la mano que tendemos cuando nadie nos está mirando.
Por eso esta visita, aunque silenciosa para muchos, ha sido profundamente significativa para algunos.
Porque hay presencias que no necesitan llenar plazas para llenar el corazón.
Hay palabras que no necesitan convertirse en noticia para convertirse en enseñanza.
Y hay encuentros que terminan cuando todos se marchan, pero comienzan verdaderamente cuando cada uno regresa a su casa y se pregunta qué debe cambiar.
El Salvador recibió al Prelado del Opus Dei casi en silencio. Pero quienes tuvimos la gracia de escucharlo sabemos que no fue una visita silenciosa: fue una invitación a volver a la familia, al perdón, a la comunión y a la santidad de cada día.
Porque al final, quizá la verdadera grandeza de una visita no se mide por cuánto ruido deja detrás, sino por cuánto bien comienza a hacer en silencio dentro de nosotros.
Médico
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