A finales de julio, un individuo identificado como «radical musulmán» arremetió con su vehículo contra un desfile en Berlín, Alemania, y mató a una mujer y causó lesiones a otras 29 personas.
El hombre, que decía llamarse Abdul Ballout, fue abatido a tiros de inmediato en el parque Tiergarten, cerca de la Puerta de Brandeburgo.
Según las autoridades alemanas, el atacante tenía «vínculos islamistas» y contaba con una condena previa dictada en mayo de 2026 por preparar un acto grave de violencia, pena que había quedado en suspensión.
El conocer esta grave omisión abrió un fuerte debate político en Alemania sobre que se debe extremar la vigilancia a sospechosos de terrorismo.
Por otra parte, si hubiera sobrevivido, el individuo seguramente sería condenado a cadena perpetua, lo que lo hubiera dado la oportunidad en un momento de su encierro a recapacitar sobre si perder su juventud, toda su vida, tiene sentido; si la intolerancia a las ideas o costumbres de otros, en su mayoría personas pacíficas que se esfuerzan por llevar sus vidas acatando la ley y cuidando a sus familias, es una «afrenta a su dios», como si pudiesen existir deidades que alienten el odio hacia otros o que promuevan el sectarismo.
De allí la sabia máxima que fundamenta la moral: no hagas a otros lo que no quieres que te hagan a ti.
Nunca ha sucedido que un cristiano, ya sea católico o evangélico, o un budista, lance su vehículo contra musulmanes, aunque hay muchos casos de enloquecidos que arremeten contra grupos de personas, como ocurrió en una celebración hace poco tiempo en Nueva Orleáns.
Muchas ciudades europeas han colocado pesadas barreras en las vías precisamente para evitar que esta clase de hechos sucedan, como en Roma, en la vía que va desde el Coliseo hasta la Plaza Venecia, allí donde, desde un balcón, Il Duce Benito Mussolini arengaba al «Popolo d’Italia»…
Los vecinos de una rambla en Barcelona pidieron a los encargados del tránsito en esa vía que colocaran retenes para evitar agresiones, pero estos respondieron que «estaban estudiando el asunto». Por «estudiarlo», un fundamentalista se llevó de encuentro a varias personas, incluyendo a un niño, hace algún tiempo…
La exaltación de grupos anclados en una creencia medieval, incluyendo a los que perpetraron los ataques a las Torres Gemelas, ha llevado a que varias naciones europeas digan a esos fanáticos que o se adaptan a los modos de ser de sus países o se largan.
La primera ministra Meloni ya echó de Italia a un pakistaní que, después de vivir 40 años en una nación civilizada, comenzó por arengar contra «los infieles». Ahora está de vuelta en Pakistán, donde está sin trabajo, pero los enloquecidos nunca escarmientan.
En Afganistán han llegado al extremo de prohibir la educación de las niñas, además de que toda mujer no puede hablar en público ni quitarse la «sábana» que cubre su cuerpo, llamada «burka».
Como hemos señalado muchas veces, la «revolución islámica iraní» no fue tal, sino la consecuencia de que el expresidente Jimmy Carter, quien se presentaba como defensor de los «derechos humanos», abandonó al Sha de Irán, amigo de Estados Unidos y que tenía bajo control a los movimientos radicales del Medio Oriente.
La caída del Sha permitió instalar en el poder al siniestro ayatola Jomeini, quien hasta ese momento estaba exiliado en Francia, donde nadie prestaba mayor atención a sus tonterías.
Las consecuencias son los vendavales de sangre derramada desde entonces en Medio Oriente y otras latitudes, como Argentina…