Hay países que esperan el terremoto. Y hay países que esperan que el terremoto les recuerde que debieron prepararse.
El Salvador debería pertenecer a los segundos.
Lo ocurrido recientemente en Venezuela, con dos terremotos de magnitudes 7.2 y 7.5 en junio, y ahora en Colombia, con un potente sismo de magnitud 7.4, vuelve a poner sobre la mesa una pregunta que en nuestro país debería sonar como una alarma: ¿qué estamos haciendo para cuando la tierra vuelva a sacudirnos?
No se trata de anunciar que viene un terremoto. Eso sería irresponsable. La ciencia todavía no puede decirnos el día, la hora ni el lugar exacto donde ocurrirá el próximo gran sismo.
Pero sí puede decirnos algo mucho más importante: El Salvador vive en una región sísmicamente activa y el riesgo existe.
Y eso debería ser suficiente.
Japón entendió hace mucho que un terremoto no se combate cuando comienza a moverse el suelo. Se combate décadas antes: con normas de construcción, educación, simulacros, sistemas de alerta, planificación urbana, infraestructura resistente y una ciudadanía que sabe qué hacer.
Venezuela acaba de recordarnos que un terremoto también puede convertirse en una crisis sanitaria cuando hospitales, carreteras y servicios esenciales resultan afectados. Colombia nos está mostrando nuevamente que la magnitud de una emergencia no se mide solamente por la magnitud del sismo, sino también por la vulnerabilidad de las ciudades y de las personas.
¿Y nosotros?
Nosotros seguimos teniendo una memoria sísmica extraordinaria y una capacidad preocupante para olvidarla.
Recordamos los terremotos cuando ocurren. Después reconstruimos. Después inauguramos. Después olvidamos.
Hasta que vuelve a temblar.
La prevención no debería ser una campaña de temporada. Debería ser una política permanente de Estado.
Hay que revisar edificios públicos, hospitales, escuelas, puentes, sistemas de agua, comunicaciones y rutas de evacuación. Hay que verificar que las normas sísmicas no existan solamente en documentos, sino también en las construcciones.
Y hay que enseñar algo elemental: qué hacer antes, durante y después de un terremoto.
Porque la preparación también salva vidas.
La propia experiencia internacional insiste en medidas sencillas: identificar riesgos dentro de los hogares, asegurar objetos que puedan caer, establecer planes familiares de emergencia y mantener suministros básicos disponibles.
Pero falta algo más.
Falta comprender que la prevención cuesta dinero; la improvisación cuesta mucho más.
Cada terremoto que ocurre lejos debería ser una oportunidad para revisar nuestros propios riesgos. Cada edificio que colapsa en otro país debería provocar aquí una inspección. Cada hospital que queda fuera de servicio debería llevarnos a preguntar qué pasaría con los nuestros.
No esperemos que la tierra nos dé la lección que la historia ya nos enseñó.
El Salvador tiene suficiente experiencia, suficiente memoria y suficiente evidencia para saber que el próximo gran terremoto no será una sorpresa.
La sorpresa sería que, después de tantos terremotos, todavía nos encontrara desprevenidos.
Médico.