Un hallazgo arqueológico revolucionario reveló que la peste ya diezmaba a grupos nómadas miles de años antes de la era medieval, un peligro que la ciencia advierte que continúa plenamente latente en la actualidad.
Un hallazgo arqueológico revolucionario reveló que la peste ya diezmaba a grupos nómadas miles de años antes de la era medieval, un peligro que la ciencia advierte que continúa plenamente latente en la actualidad.

A menudo asociamos la peste bubónica con las hacinadas ciudades de la Europa del siglo XVII, las ratas que infestaban sus calles y las emblemáticas máscaras de picudo que vestían los médicos de la época. Sin embargo, la historia de esta letal infección es mucho más antigua y oscura de lo que la ciencia imaginaba.
Este 2026, un equipo internacional de investigadores ha sacado a la luz la evidencia de brotes devastadores ocurridos hace 5,500 años en el oriente de Siberia, demostrando que este patógeno ya provocaba mortandades masivas mucho antes del origen de las grandes civilizaciones urbanas.
El descubrimiento, publicado en la prestigiosa revista Nature, no solo redefine lo que se sabía sobre la evolución de las pandemias, sino que enciende las alarmas del mundo contemporáneo.
Las autoridades sanitarias y los investigadores recuerdan que, lejos de ser un fantasma del pasado, la bacteria causante de la peste sigue presente en reservorios de animales silvestres en diversas regiones del planeta, manteniendo viva la amenaza de transmisión a los seres humanos.
La investigación, liderada por Eske Willerslev —de las universidades de Copenhague y Cambridge— junto a un equipo multidisciplinario, se centró en el análisis de ADN antiguo extraído de restos humanos hallados en cuatro cementerios prehispánicos cerca del lago Baikal, en Rusia.

Los científicos reconstruyeron además el genoma de bacterias preservadas en dientes de marmota encontrados como ofrendas funerarias, lo que condujo al hallazgo de la cepa de peste más antigua jamás registrada y calificada como «sumamente letal».
La datación por radiocarbono determinó que numerosos entierros ocurrieron de forma simultánea en un periodo sumamente breve. Los análisis genéticos confirmaron la presencia de la bacteria Yersinia pestis en el 39 % de los individuos analizados (18 de 46), una tasa de prevalencia incluso superior a la documentada en algunas fosas comunes de la peste negra medieval.
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«A partir del ADN de la peste, las relaciones genéticas entre las víctimas, el análisis arqueológico y la datación por radiocarbono, hemos reconstruido una imagen realmente clara de lo que ocurrió», explicó Ruairidh Macleod, investigador de la Universidad de Oxford y autor principal del reporte.
Hasta este hallazgo, la comunidad científica creía que las epidemias de peste habían surgido a la par de la agricultura, cuando la población comenzó a asentarse en grandes grupos y a convivir estrechamente con ganado y roedores domésticos.
Además, se asumía que las cepas más primitivas de la bacteria carecían de los genes necesarios para provocar una mortalidad aguda antes de evolucionar a la transmisión por pulgas.
«A partir del ADN de la peste, las relaciones genéticas entre las víctimas, el análisis arqueológico y la datación por radiocarbono, hemos reconstruido una imagen realmente clara y completa de lo que ocurrió durante estos brotes».
Ruairidh Macleod, autor principal e investigador en la Universidad de Oxford.
El estudio en el lago Baikal echó por tierra ambas teorías. Las pruebas demostraron que grupos pequeños y nómadas de cazadores-recolectores ya sufrían embates altamente mortales.
Más escalofriante aún fue el perfil demográfico de las víctimas: dos de los cementerios más grandes albergaban una proporción inusualmente alta de niños de entre 8 y 11 años.
El análisis genético reveló que esta cepa arcaica portaba un gen de superantígeno denominado ypm —ausente en las cepas modernas—, el cual está vinculado a graves complicaciones inflamatorias en menores, similares al síndrome de Kawasaki.
Esta característica explica por qué la plaga atacó de forma tan feroz a la infancia prehistórica.

La reconstrucción del contagio apunta a una ruta zoonótica directa. Los cazadores-recolectores consumían o desollaban marmotas, grandes roedores subterráneos que albergaban la bacteria. Al manipular o comer la carne insuficientemente cocinada, el patógeno ingresaba al organismo provocando septicemia y, posteriormente, una complicación neumónica.
Una vez alojada en los pulmones, la peste se propagó de persona a persona con vertiginosa rapidez mediante aerosoles al toser, exterminando a familias enteras.
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Este patrón de contagio animal a humano es la mayor lección del descubrimiento para la medicina del siglo XXI. Expertos como Astrid Iversen, de la Universidad de Oxford, recuerdan que la peste no ha sido erradicada.
Aunque hoy se trata eficazmente con antibióticos si se diagnostica a tiempo, la bacteria continúa circulando activamente en roedores silvestres de Asia, África y América, provocando brotes esporádicos en comunidades rurales.
El hallazgo en las gélidas tierras siberianas sirve como un severo recordatorio: los mecanismos zoonóticos que diezmaban a la humanidad hace 55 siglos son exactamente los mismos que, en la actualidad, exigen una vigilancia epidemiológica permanente para evitar que una enfermedad ancestral vuelva a convertirse en una pesadilla global.
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